—¿Estuvo bueno?

—Muy bueno, tía, muy bueno.

—¿Mucha gente?

—Toda la ciudad, mi tía, toda la ciudad.

—¿Las tropas?

—Sí, mi tía; toda la guarnición con la música.

La señora de Saint-Cast hizo oir un gemido y agregó:

—¿Y los bomberos?

—Los bomberos también, mi tía, sin duda alguna.

Ignoro lo que este último detalle podría tener de particularmente desgarrador para el corazón de la señora de Saint-Cast, pero no pudo resistir á él; un desmayo súbito, acompañado de un vahido infantíl llamó á su alrededor todos los recursos de la sensibilidad femenil y nos proporcionó la ocasión de retirarnos. Yo por mi parte no tuvo reparo en aprovecharme de ella. Me era insoportable ver aquella ridícula furia ejecutar sus hipócritas farsas sobre la tumba del hombre débil, pero bueno y leal, cuya vida había emponzoñado y muy indudablemente acortado.