—¿Para qué, madre mía?—dijo vivamente la señorita Margarita, que hasta entonces no había parecido prestar atención alguna al incidente.

—Pero, hija mía, no puede ser que esa niña no comprenda bien todo el placer que yo tendría y que debe tener ella en correr con los pies desnudos sobre el polvo, y creo conveniente por lo que pueda suceder, dejarle un pequeño recuerdo.

—¡Dinero!—respondió la señorita Margarita;—¡oh! madre mía, no haga usted eso. ¡No mezcle el dinero en la dicha de esa niña!

La expresión de este refinado sentimiento que, entre paréntesis, la pobre Cristina es probable no hubiera apreciado del todo, no dejó de asombrarme en boca de la señorita Margarita, que no peca en general de ese puritanismo. Hasta creí que se burlaba, aun cuando su fisonomía no indicara ninguna disposición á la jovialidad. Sea lo que sea, broma ó no, fué tomada muy á lo serio por su madre y se decidió con entusiasmo á dejar á aquel idilio su inocencia y sus pies desnudos.

Después de este bello rasgo, la señora de Laroque, evidentemente muy contenta de sí misma, volvió á caer en éxtasis sonriendo, y la señorita Margarita continuó de nuevo manejando el abanico con más gravedad. Una hora después llegábamos al término de nuestro viaje. Como la mayor parte de los cortijos de este país, donde las alturas y las mesetas están cubiertas de áridos arenales, la granja de Langot está situada en el hueco de un valle atravesado por un riachuelo. La arrendataria, que se hallaba mejor, se ocupó sin retardo de los preparativos de la comida, cuyos principales elementos habíamos tenido cuidado de llevar. Nos fué servida sobre el césped de una pradera, á la sombra de un enorme castaño. La señora de Laroque, instalada sobre uno de los cojines del carruaje en una actitud sumamente incómoda, no parecía por eso menos contenta. Nuestra reunión, decía le recordaba esos grupos de segadores que suelen verse en verano, oprimiéndose al abrigo de los cercados y cuyos rústicos banquetes nunca había podido contemplar sin envidia. En cuanto á mí, es probable que en otros tiempos hubiera hallado una dulzura singular en la estrecha y fácil intimidad que esta comida sobre el césped, como todas las escenas de este mismo género, establecen siempre entre los convidados; pero alejaba, con un penoso sentimiento de violencia, este encanto demasiado sujeto al arrepentimiento, y el pan de fugitiva fraternidad me parecía amargo.

Cuando acabamos de comer:—¿Ha subido usted alguna vez allá arriba?—me dijo la señora de Laroque designando la cumbre de una colina muy elevada que domina la pradera.

—No, señora.

—Ha hecho usted muy mal. Vese desde allí un magnífico horizonte. En tanto que se pone el tiro, Margarita puede acompañarle, ¿no es así Margarita?

—¿Yo, madre mía? No he ido sino una vez y hace largo tiempo... pero hallaré el camino. Venga, señor, y prepárese para una ruda ascensión.

Comenzamos en el momento á subir una escarpadísima senda que serpenteaba sobre el flanco de la montaña, atravesando aquí y allá algún bosquecillo. La joven se detenía de tiempo en tiempo en su rápida y ligera ascensión para mirar si la seguía, y un poco jadeante de su carrera me sonreía sin hablar.