Llegado que hubimos al desnudo arenal que formaba la meseta, observé á alguna distancia una iglesia de aldea cuyo campanario dibujaba en el cielo sus vivos contornos.

—Aquí es—me dijo la joven conductora, acelerando el paso.

Detrás de la iglesia había un cementerio cercado de pared. Abrió la puerta y se dirigió penosamente á través de las altas hierbas y de las zarzas extendidas, especie de gradas en forma de hemiciclo que ocupaban su extremidad. Dos ó tres escalones separados por el tiempo y muy singularmente adornados por macizas esferas, conducen á una estrecha plataforma levantada al nivel del muro; una cruz de granito se levanta en el centro. Apenas llegó la señorita Margarita á la plataforma y arrojó una mirada en el espacio que se abrió entonces ante ella, cuando la vi colocar oblicuamente la mano sobre sus ojos, como si sintiese un súbito desvanecimiento. Apresuréme á llegar á su lado. Este bello día al aproximarse á su fin alumbraba con sus últimos resplandores una escena grande, asombrosa y sublime, que jamás olvidaré. Frente á nosotros y á una inmensa profundidad de la plataforma, se extendía hasta perderse de vista, una especie de pantano sembrado de placas luminosas y que ofrecía el aspecto de una tierra abandonada por el reflujo de un diluvio. La ancha bahía avanzaba bajo nuestros pies hasta la base de las sesgadas montañas. Sobre los bancos de arena y de fango, una vegetación confusa de cañas y de hierbas marinas, se teñía de mil matices igualmente sombríos y sin embargo distintos, que contrastaban con la brillante superficie de las aguas. A cada uno de sus rápidos pasos hacia el horizonte, el sol iluminaba ó sumergía en la sombra alguno de los numerosos lagos que salpicaban aquel golfo medio seco; parecía sacar sucesivamente de su celeste tesoro las más preciosas materias, la plata, el oro, el rubí y el diamante, para hacerlas relumbrar sobre cada punto de aquella magnífica llanura. Cuando el astro tocó al término de su carrera, una banda vaporosa y ondeada que bordaba á lo lejos el límite del extremo de los pantanos, purpureóse de repente con la luz del incendio y guardó por un momento la irradiada transparencia de una nube surcada por el rayo; hallábame entregado todo entero á la contemplación de este cuadro verdaderamente sellado por la grandeza divina, y que atravesaba como un rayo más el recuerdo de César, cuando una voz baja como oprimida murmuró cerca de mí:—¡Dios mío, esto es magnífico!

Muy lejos estaba yo de esperar de mi joven compañera esta efusión simpática. Me volví hacia ella con la prontitud de una sorpresa que no disminuyó cuando la alteración de sus facciones y el ligero temblor de sus labios, me manifestaron la sinceridad profunda de su admiración.

—¿Confiesa usted que esto es bello?—le dije.

Ella sacudió la cabeza; pero en el mismo instante dos lágrimas destacábanse lentamente de sus grandes ojos: sintiólas correr sobre sus mejillas; hizo un gesto de despecho, luego arrojándose repentinamente sobre la cruz de granito, cuya base le servía de pedestal, abrazóla con sus dos manos, apoyó fuertemente su cabeza contra la piedra, y la oí sollozar convulsivamente.

No creí deber turbar con ninguna palabra el curso de aquella súbita emoción, y alejéme algunos pasos con respeto. Después de un momento, viéndola levantar la frente y con mano distraída arreglar sus sueltos cabellos, me aproximé á ella.

—¡Qué avergonzada estoy!—murmuró.

—Esté usted más bien gozosa y renuncie, créamelo, á secar la fuente de esas lágrimas, porque es sagrada. Jamás las sacará usted de otra parte.

—Es preciso—exclamó la joven con una especie de violencia.—Además ya no tiene remedio. Este acceso no ha sido sino una sorpresa... Todo lo que es bello y todo lo que es amable... quiero odiarlo y lo odio.