—¿Y por qué? gran Dios.
Miróme á la cara y agregó con un gesto de dignidad y de dolor indecible:
—Porque soy bella y no puedo ser amada.
Entonces como un torrente largo tiempo contenido que rompe en fin sus diques, continuó con un arrebato extraordinario:
—Es verdad, sin embargo—y deponía su mano sobre su palpitante pecho.—Dios había puesto en este corazón todos los tesoros de que me burlo, de que blasfemo á cada hora del día. Pero cuando me ha castigado con la riqueza, ¡ah, me ha quitado con una mano lo que me prodigaba con la otra! ¿Para qué me sirve la belleza, para qué el desinterés, la ternura y el entusiasmo en que me siento consumida? ¡Ah! no es á estos encantos á los que se dirigen los homenajes de tantos viles que me importunan. Lo adivino, lo sé, lo sé demasiado. Y si alguna vez una alma desinteresada, generosa, heroica, me amara por lo que soy, no por lo que tengo, ¡yo no lo sabría, no lo creería! La desconfianza siempre... Ved ahí mi dolor y mi suplicio. Por esto estoy resuelta... no amaré jamás; jamás me arriesgaré á confiar á un corazón vil, indigno y venal la pura pasión que abrasa el mío. Mi alma morirá virgen en mi seno... Estoy resignada á ello; pero todo lo que es bello, todo lo que hace pensar, todo lo que me habla de los Cielos prohibidos, todo lo que agita en mí estas llamas inútiles, lo aparto, lo odio, no quiero nada de él.
Detúvose temblorosa de emoción; en seguida, con una voz más baja, continuó:
—Señor, no he buscado este momento... no he calculado mis palabras... no le había destinado toda esta confianza; pero en fin, he hablado; usted lo sabe todo, y si alguna vez he podido herir su sensibilidad, creo que ahora me lo perdonará.
Tendióme su mano. Cuando mis labios se posaron sobre aquella mano aún tibia y húmeda por las lágrimas, me pareció que una languidez mortal corría por mis venas. Margarita volvió la cabeza, arrojó una mirada sobre el sombrío horizonte; luego, descendiendo lentamente las gradas:—Partamos, dijo.
Un camino más largo, pero más fácil, que la pendiente escarpada de la montaña, nos llevó al patio de la granja, sin que una sola palabra se hubiera pronunciado entre nosotros. ¡Ay, que podría decir! Yo era más sospechoso que nadie. Sentía que cada palabra escapada de mi corazón, demasiado lleno, no hubiera hecho sino aumentar más y más la distancia que me separa de aquella alma tempestuosa y adorable.
La noche entraba ya, ocultaba las huellas de nuestra común emoción. Partimos. La señora de Laroque después de haberme expresado el contento que dejaba en ella aquel día, púsose á dormitar. La señorita Margarita, invisible é inmóvil en la espesa sombra del carruaje, parecía adormecida como su madre: pero cuando alguna vuelta del camino dejaba caer sobre ella un rayo de pálida claridad, sus ojos abiertos y fijos manifestaban que velaba silenciosamente, frente á frente con su inconsolable pensamiento. En cuanto á mí, apenas puedo decir que pensaba; una extrema sensación, mezcla de una alegría profunda y de una profunda amargura, había invadido todo mi ser, y me abandonaba á ella, como suele uno abandonarse á un sueño, del que tiene conciencia, pero no fuerza para sacudir su encanto.