Llegamos á media noche. Descendí del carruaje á la entrada de la avenida para llegar á mi habitación, atravesando el parque por el camino más corto. Al entrar en una obscura alameda, un débil ruido de pasos y de voces hirió mi oído y distinguí vagamente dos sombras en las tinieblas. La hora era bastante avanzada para justificar la precaución que tomé de permanecer oculto en la espesura de un bosque y observar aquellos nocturnos rondadores. Pasaron lentamente delante de mí: reconocí á la señorita Helouin apoyada en el brazo del señor de Bevallan. En el mismo instante el ruido del carruaje los puso en alarma, y después de un apretón de mano, se separaron apresuradamente, marchando la señorita en dirección al castillo y el señor de Bevallan por la parte de los bosques; habiendo entrado en mi habitación y estando aún preocupado con este encuentro, me preguntaba con cólera si dejaría al señor de Bevallan proseguir libremente sus amores por partida doble, y buscar al mismo tiempo y en la misma casa, una novia y una querida. Seguramente soy muy de mi edad y de mi tiempo para sentir contra ciertas debilidades el odio vigoroso de un puritano, y no tengo tampoco la hipocresía de afectarlo; pero pienso que la inmoralidad más libre y más relajada desde este punto de vista admite aún algunos grados de dignidad, de elevación y de delicadeza. Puede marcharse más ó menos rectamente por estos extraviados caminos. Antes que todo, la excusa del amor es amar, pero la profusión venal de las ternuras del señor de Bevallan excluye toda apariencia de arrebato y de pasión. Tales amores no son ni aun faltas, pues no tienen el valor moral de tales, no son sino cálculos y apuestas de chalán embrutecido. Los diferentes incidentes de este día reuniéndose en mi espíritu acababan de probarme hasta qué punto era indigno de la mano y del corazón que osaba ambicionar. Esta unión sería monstruosa, y sin embargo, pronto comprendí que no podía usar para romper su intento de las armas que la casualidad acababa de proporcionarme. El mejor fin no podría justificar los medios bajos, y no hay delación honorable. ¡Este casamiento se efectuará, pues! ¡El Cielo dejará caer una de las más nobles criaturas que haya formado, en los brazos de este frío libertino! ¡Sufrirá esta profanación! ¡Ay, sufre tantas! Luego, trataba de explicarme por qué extravío de la falsa razón esta joven había escogido entre todos á este hombre. Creo adivinarlo. El señor de Bevallan es muy rico, debe traer una fortuna casi igual á la suya, esto parece ser una especie de garantía; él podría pasarse sin este aumento de riqueza: se le presume más desinteresado porque es menos necesitado. ¡Triste argumento! ¡Enorme engaño es medir por el grado de la fortuna, el grado de venalidad de los caracteres! Las tres cuartas partes del tiempo, la avidez se hincha con la opulencia, ¡y los más mendigos no son los más pobres!
¿No había, sin embargo, ahora alguna apariencia de que la señorita Margarita pudiera por sí sola abrir los ojos sobre la indignidad de su elección y hallar en alguna inspiración secreta de su propio corazón el consejo, que me era prohibido sugerirle? ¿No podía levantarse repentinamente en aquel corazón un sentimiento nuevo, inesperado, que de un soplo redujera á la nada las vanas resoluciones de la razón? ¿Este mismo sentimiento no había nacido ya, y no había recogido yo irrecusables testimonios de él? Tantos caprichos extravagantes, tantas dudas, combates y lágrimas de que desde algún tiempo había sido el objeto ó el testigo, denunciaban, sin duda, una razón vacilante y poco dueña de sí misma. No era tan novicio en la vida para ignorar que una escena como aquella de que la casualidad me había hecho en esa noche misma el confidente y casi el cómplice, por poco premeditada que sea no estalla jamás en una atmósfera de indiferencia. Tales emociones, tales sacudimientos suponen dos almas alteradas ya por una tempestad común, ó que van á serlo.
Pero si era verdad, si me amaba, como era demasiado cierto que yo la amaba á ella, podía decir de este amor lo que ella de su belleza:—¿Para qué me sirve?—pues no podía esperar que tuviera jamás bastante fuerza para triunfar de la eterna desconfianza, que es el error y la virtud de esta noble niña; desconfianza cuyo ultraje rechaza mi carácter, pero que mi situación más que la de otro alguno es á propósito para inspirarla. Entre estas terribles dudas y la reserva más grande aún, que ellas me exigen ¿qué milagro podría colmar el abismo?
Y en fin, si aun interviniendo este milagro, se dignara ofrecerme esa mano por la que yo daría mi vida, pero que jamás pediría ¿sería dichosa nuestra unión? ¿No debería yo temer tarde ó temprano en aquella inquieta imaginación el sordo despertar de una mal sofocada desconfianza? ¿Podría evitarme yo mismo una cavilación penosa, en el seno de una riqueza prestada? ¿Podría gozar, sin malestar, de un amor infestado por un beneficio? Nuestro papel de protección para con las mujeres, nos está impuesto tan formalmente por todos los sentimientos del honor, que no puede ser invertido un solo instante, ni aun de la manera más prohibida, sin que se esparza sobre nosotros no sé qué sombra de duda y de sospecha. A la verdad, la riqueza no es una ventaja tal que no pueda hallar en este mundo ninguna especie de compensación, y supongo que un hombre que lleva á su mujer, en cambio de algunos sacos de oro, un nombre que ha hecho ilustre, un mérito eminente, una gran posición, un porvenir, no debe hallarse ahogado por la gratitud; pero yo tengo las manos vacías, y no tengo más porvenir que el presente; de todas las ventajas que el mundo aprecia, una sola poseo: mi título, y me hallaría demasiado resuelto á no llevarlo para que no pudiera decirse que él era el premio de la compra; en pocas palabras, yo recibiría todo y no daría nada: un rey puede casarse con una pastora, esto es generoso y encantador y puede felicitársele con razón; pero un pastor no puede casarse con una reina, porque no tendría el mismo efecto.
He pasado la noche revolviendo todas estas cosas en mi pobre cabeza, buscándoles una conclusión, que busco aún. Puede ser que debiera dejar sin retardo esta casa y este país. La prudencia lo querría así. Esto no puede acabar bien. ¡Cuántos mortales pesares se evitarían á menudo con un solo instante de valor y decisión! Debería al menos hallarme abrumado de tristeza; jamás he tenido una ocasión tan bella. ¡Pues bien! ¡No puedo!... En el fondo de mi trastornado y torturado espíritu hay un pensamiento que lo domina todo y que me llena de una alegría sobrehumana. Mi alma es libre como un pájaro del cielo. Veo sin cesar y veré siempre aquel pequeño cementerio, aquella mar lejana, aquel inmenso horizonte, y sobre la radiosa cumbre, aquel ángel de belleza bañado en lágrimas divinas. Siento aún su mano bajo mis labios; siento sus lágrimas en mis ojos, en mi corazón. ¡La amo!... mañana si es preciso tomaré una resolución... ¡Hasta entonces, por Dios, déjeseme en reposo! ¡Hace tanto tiempo que no hago uso de la dicha! ¡Es probable que muera de este amor: pero al menos quiero vivir en paz un día entero!
Este día, único que imploraba, no me ha sido concedido. Mi debilidad no ha esperado mucho tiempo la expiación, que será larga. ¿Cómo lo había olvidado? En el orden moral, como en el físico, hay leyes que jamás quebrantamos impunemente, cuyos efectos forman en este mundo la intervención permanente de lo que se llama la Providencia. Un hombre débil y grande, escribiendo con mano casi loca el evangelio de un sabio, decía de las pasiones mismas que hicieron su miseria, su oprobio y su genio: «Todas son buenas cuando uno las domina, todas son malas cuando uno se deja dominar por ellas. Lo que nos prohibe la naturaleza es extender nuestras afecciones más allá de nuestras fuerzas; lo que nos prohibe la razón, es querer lo que no podemos obtener; lo que nos prohibe la conciencia no es ser tentados, sino dejarnos vencer por las tentaciones. No depende de nosotros tener ó no tener pasiones, pero sí depende reinar sobre ellas. Todos los sentimientos que dominamos son legítimos; todos los que nos dominan son criminales... No ligues tu corazón sino á la belleza que no perece; que tu condición limite tus deseos; que tus deberes vayan antes que tus pasiones; extiende la ley de la necesidad á las cosas morales; aprende á perder lo que puede serte arrebatado; ¡aprende á dejarlo todo cuando la virtud lo ordene!» Sí, tal es la ley, yo la conocía; la he violado, y he sido castigado. Nada más justo.
Apenas había puesto el pie sobre la nube de este loco amor, cuando era violentamente precipitado de ella, y he recobrado después de cinco días, apenas, el valor necesario para trazar las circunstancias casi ridículas de mi caída. La señora de Laroque y su hija habían partido por la mañana para hacer una nueva visita á la señora de Saint-Cast y traer en seguida á la señora de Aubry. Hallé á la señorita Helouin sola en el castillo. Le llevaba un trimestre de su pensión; pues si bien por mis funciones soy, en general, completamente extraño al orden y disciplina interiores de la casa, las señoras han deseado, sin duda por miramientos á la señorita Carolina y á mí, que sus sueldos y los míos sean excepcionalmente pagados por mí mismo. La joven se hallaba en el pequeño gabinete contiguo al salón. Recibióme con una dulzura pensativa, que me conmovió. Yo mismo sentía en aquel momento esa tranquilidad de corazón que dispone á la confianza y á la bondad. Resolví, echándolas de Quijote, tender una mano caritativa á aquella pobre abandonada.
—Señorita—le dije repentinamente—me ha retirado usted su amistad, pero la mía le ha quedado entera. ¿Me permite darle una prueba de ella?
Miróme, y murmuró un tímido sí.