—Sépalo, pobre hija mía: se pierde usted.

Levantóse bruscamente.

—¡Me vió la otra noche en el parque!—exclamó.

—Sí, señorita.

—¡Dios mío!—dijo dando un paso hacia mí.—Señor Máximo, le juro que soy honrada.

—Lo creo, señorita; pero debo decirle que en esa historieta, muy inocente sin duda de parte suya, pero que probablemente lo será menos de la otra, aventura usted muy gravemente su reputación y su reposo. Suplícole que lo reflexione, y al mismo tiempo, que esté muy segura de que nadie sino usted oirá jamás una palabra de mi boca sobre este asunto.

Iba á retirarme: ella cayó de rodillas cerca, de un canapé, y estalló en sollozos, con la frente apoyada sobre mi mano que había cogido. Yo había visto correr, hacía poco tiempo, lágrimas más bellas y más dignas; sin embargo, me hallaba conmovido.

—Veamos, mi querida señorita—le dije,—aún no es tarde, ¿es cierto?

Ella sacudió con fuerza la cabeza.

—Pues bien, mi querida niña, tenga valor. Nosotros la salvaremos. ¿Qué puedo hacer por usted? Veamos. ¿Hay en poder de ese hombre alguna prenda ó alguna carta, que pueda reclamarle de parte de usted? Disponga de mí como de un hermano.