Dejó mi mano con cólera.—¡Ah, qué duro es usted!—me dijo—habla de salvarme y es usted quien me pierde. Después de haber fingido amarme, me rechaza usted... me ha humillado, desesperado... ¡Usted es la única causa de lo que sucede!
—Señorita, no es usted justa; jamás he fingido amarla; he sentido por usted una afección muy sincera que le profeso aún. Confieso que su belleza, su ingenio y sus talentos le dan un perfecto derecho á esperar de los que viven cerca de usted algo más que una fraternal amistad; pero mi situación en el mundo, los deberes de familia que me están impuestos, no me permitían ultrapasar esta medida para con usted sin faltar completamente á la probidad. Le digo francamente, que la hallo encantadora y le aseguro que manteniendo mis sentimientos hacia usted en el límite que la lealtad me lo exigía, no he dejado de contraer un gran mérito. No veo en esto nada de muy humillante para usted; lo que podría humillarla con muy justo título, señorita, es verse amada por un hombre muy resuelto á no casarse con usted.
Arrojóme una mirada diabólica.—¿Qué sabe usted de eso?—dijo.—No todos los hombres son corredores de fortuna.
—¡Ah! ¿será usted acaso una perversa, señorita Helouin?—le dije con mucha calma.—Siendo eso así, tengo el honor de saludarla...
—¡Señor Máximo!—exclamó precipitándose repentinamente para detenerme.—¡Perdóneme! ¡Tenga piedad de mí!... compréndame... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Figúrese lo que puede ser el pensamiento de una pobre criatura como yo, á quien se ha tenido la crueldad de darle un corazón, un alma y una inteligencia... y que no puede usar de todo esto sino para sufrir... y para odiar! ¿Cuál es mi vida?... ¿Cuál es mi porvenir?... Mi vida es el sentimiento de mi pobreza, exaltado sin cesar por los refinamientos del lujo, que me rodea... ¡Mi porvenir será sentir, llorar amargamente algún día esta misma vida, esta vida de esclava por odiosa, que ella sea!... Habla usted de mi juventud, de mi ingenio, de mi talento... ¡Ah! Yo querría no haber tenido otro talento que romper piedras por las calles... ¡Sería más dichosa!... ¡Mis talentos! ¿y habré pasado el mejor tiempo de mi vida en adornar con ellos á otra mujer, para que sea más bella, más adorada y más insolente aún?... Y cuando lo más puro de mi sangre, haya pasado á las venas de esa muñeca, ella saldrá de aquí apoyada en el brazo de un esposo feliz á tomar parte en las más bellas fiestas de la vida, en tanto que yo, sola, vieja y abandonada iré á morir en algún rincón, con una pensión de doncella... ¿Qué es lo que he hecho al Cielo para merecer este destino? Veamos. ¿Por qué no he de ser feliz como esas mujeres? ¿No valgo tanto como ellas? Si soy tan mala, es porque la desgracia me ha ulcerado, es porque la injusticia me ha ennegrecido el alma... Yo nací tan dispuesta como ellas, más acaso, para ser buena, amante y caritativa... ¡Oh! ¡Dios mío, los beneficios cuestan poco, cuando uno es rico, y la benevolencia es fácil á los dichosos! ¡Si yo estuviera en su lugar, y ellas en el mío, me odiarían, como yo las odio! ¡Nadie ama á sus amos! ¡Ah! esto es horrible, ¿no es verdad? Yo también lo sé y eso es lo que me anonada... Siento mi abyección, me sonrojo de ella... ¡y la conservo! ¡Ay! Va usted á despreciarme ahora más que nunca, señor... ¡Usted, á quien habría amado tanto, si me lo hubiera permitido! Usted, que podría volverme todo lo que he perdido, la esperanza, la paz, la bondad, la estimación de mi misma... ¡Ah! hubo un momento en que me creí salvada... en que tuve por la primera vez un pensamiento de dicha, de porvenir, de orgullo... ¡Desgraciada!
Habíase apoderado de mis dos manos; sumergió en ellas la cabeza, en medio de sus largos y flotantes rizos, llorando desesperadamente.
—Mi querida niña—le dije,—comprendo mejor que nadie los pesares y las amarguras de su situación; pero permítame decirle que los aumenta mucho, nutriendo en su corazón los tristes sentimientos que acaba de expresarme. Todo eso es muy feo, no se lo oculto, y acabará por merecer todo el rigor de su destino; pero veamos, su imaginación exagera singularmente ese rigor. En cuanto al presente, usted es tratada aquí, diga lo que quiera, como una amiga, y en el porvenir, no veo nada que impida que también salga de esta casa apoyada en el brazo de un esposo feliz. Por mi parte, estaré toda mi vida reconocido á su afección; pero quiero decirle otra vez más, para acabar con este asunto: tengo deberes sagrados que llenar, y no quiero, ni puedo casarme.
Miróme repentinamente.—¿Ni aun con Margarita?—dijo.
—No veo lo que aquí significa el nombre de la señorita Margarita.
Rechazó con una mano los cabellos que inundaban su fisonomía y tendiendo la otra hacia mí, con gesto amenazador.—Usted la ama—dijo con voz sorda,—ó más bien ama su dote; pero no la obtendrá.