—¡Señorita Helouin!
—¡Ah!—respondió—es usted demasiado niño si creyó abusar de una mujer que tenía la locura de amarle. Leo claramente sus maniobras, créame. Por otra parte, sé quién es usted... No estaba lejos cuando la señorita de Porhoet transmitió á la señora de Laroque vuestra política confidencia...
—¡Cómo! ¿Usted escucha á las puertas, señorita?
—No me cuido de sus ultrajes... Por otra parte, me vengaré, y muy pronto... ¡Ah! es usted seguramente muy hábil, señor de Champcey y no puedo menos de cumplimentarle... Representa admirablemente el papel de desinterés y de reserva, que su amigo Laubepin no habrá dejado de recomendarle al enviarle aquí... Él sabía con quién tendría que entenderse. Conocía demasiado la ridícula manía de esta muchacha. Cree usted tener ya su presa ¿no es verdad? Los bellos millones, cuya fuente es más ó menos pura, según se dice, pero que serían sin embargo muy á propósito para restaurar un marquesado y volver á dorar un escudo... Pues bien. Desde este momento puede renunciar á ellos. Porque le juro que no conservará usted un día más su máscara, vea aquí la mano que se la arrancará.
—Señorita Helouin, es tiempo de poner fin á esta escena, porque ya raya en melodrama. Me ha hecho usted una buena jugada para prevenirme sobre el terreno de la delación y de la calumnia; pero puede descender á él en plena seguridad, pues le doy mi palabra de no imitarla. Después de esto, soy su servidor.
Dejé aquella infortunada criatura con un profundo sentimiento de disgusto, pero también de piedad.
Aunque haya sospechado siempre que la organización mejor dotada, debe irritarse y torcerse, en proporción á sus dones, encontrándose en la situación equívoca y mortificante, que ocupa la señorita Helouin, nunca mi imaginación hubiera podido sondear hasta el fondo, el abismo lleno de hiel que acaba de abrirse ante mis ojos. Ciertamente, cuando se piensa en ello, no puede concebirse género de existencia, que someta un alma á más envenenadas tentaciones, ni que sea más capaz de desenvolver y de aguzar en el corazón las concupiscencias de la envidia, de sublevar á cada instante las convulsiones del orgullo, de exasperar todas las vanidades y todos los celos naturales en la mujer. Es indudable que el mayor número de desgraciadas criaturas á quienes sus necesidades y talentos, obligan á profesar este empleo, tan honorable en sí, no escapan sino por la moderación de sus sentimientos, con la ayuda de Dios, ó por la firmeza de sus principios, á las deplorables agitaciones de que no había podido garantirse la señorita Helouin; pero la prueba es temible. Algunas veces se me había ocurrido el pensamiento de que mi hermana podría hallarse destinada por nuestras desgracias á entrar en alguna familia rica en calidad de preceptora: hice entonces juramento, sea cual fuere el porvenir que nos estuviera reservado, de dividir con Elena la más pobre boardilla, el pan más amargo del trabajo, antes que dejarla sentarse al festín envenenado de esa opulenta y odiosa servidumbre.
Entretanto, si tenía la firme determinación de dejar el campo libre á la señorita Helouin y de no entrar por ningún precio en las recriminaciones de una lucha degradante, no podía contemplar sin inquietud las consecuencias probables de la guerra desleal que acababa de declararme. Estaba evidentemente amenazado en lo que tengo de más sensible, en mi amor y en mi honor. Dueña del secreto de mi vida, y del secreto de mi corazón, mezclando, con la pérfida habilidad de su sexo, la verdad y la mentira, la señorita Helouin podía fácilmente presentar mi conducta bajo un aspecto sospechoso, volver contra mí hasta las precauciones y los escrúpulos de mi delicadeza, y presentar mis acciones más inocentes bajo el color de una intriga meditada. Me era imposible saber con precisión qué giro daría á su malevolencia, pero la conocía lo bastante para estar seguro que no se engañaría en la elección de los medios. Conocía mejor que nadie los puntos débiles de las imaginaciones que trataba de herir. Poseía sobre el espíritu de la señorita Margarita y sobre el de su madre, el imperio natural del disimulo sobre el candor; gozaba cerca de ellas de toda la confianza que nace de un largo hábito y de una intimidad cotidiana y sus amas, para emplear su lenguaje, no podrían sospechar bajo las exterioridades de graciosa jovialidad y de obsequioso agasajo, de que se rodea con un arte consumado, el frenesí de orgullo y de ingratitud que roe á aquella alma miserable. Era demasiado verosímil que una mano tan segura y tan sabia vertería sus venenos con éxito completo en corazones así preparados. A la verdad, la señorita Helouin podía temer, cediendo á su resentimiento, volver á colocar la mano de la señorita Margarita en la del señor Bevallan y apresurar su casamiento, que sería la ruina de su propia ambición; pero yo sabía que el odio de una mujer no calcula nada y que se atreve á todo. Esperaba, pues, de su parte, la más pronta y la más ciega de las venganzas, y tenía razón.
Pasé en una penosa ansiedad las horas que había destinado á más dulces pensamientos. Todo lo que la dependencia puede tener de más punzante para una conciencia recta, y el desprecio de más desgarrador para un corazón que ama, me oprimía en aquellos momentos. La adversidad en mis peores días no me sirvió jamás una tan rebosada copa. Traté, sin embargo, de trabajar como de costumbre. A eso de las cinco me trasladé al castillo. Las señoras habían vuelto al mediodía. Hallé en el salón á la señorita Margarita, á la señora de Aubry y al señor Bevallan, con dos ó tres huéspedes transeuntes. La señorita Margarita pareció no apercibirse de mi presencia, y continuó conversando con el señor de Bevallan en un tono de animación, que no le es habitual. Se trataba de un baile improvisado, que debía tener lugar aquella misma noche en el castillo vecino. Ella debía concurrir con su madre, é instaba al señor de Bevallan, para que las acompañara: éste se excusaba alegando que había salido de su casa por la mañana, antes de haber recibido la invitación y que su toilette no era á propósito. La señorita Margarita, insistiendo con una coquetería afectuosa y solícita de la que parecía sorprendido su mismo interlocutor, le dijo, que indudablemente tenía aún tiempo de ir á su casa, vestirse y volver á buscarlas. Se le aguardaría á comer. El señor de Bevallan objetó, que todos sus caballos de tiro estaban en el pajar, y que no podía volver á caballo en traje de baile. Entonces—repuso la señorita,—irá usted en la americana. Al mismo tiempo dirigió por primera vez sus ojos hacia mí, y lanzándome una mirada en que vi estallar el rayo:—Señor Odiot—dijo con una voz breve de mandato,—vaya á decir que preparen el carruaje.
Esta orden servil estaba tan fuera de la medida de las que acostumbraba dirigirme y de las que puede creérseme dispuesto á sufrir, que la atención y la curiosidad de los más indiferentes se despertó al instante. Hubo un embarazoso silencio: el señor de Bevallan arrojó una mirada de asombro sobre la señorita Margarita; luego me miró, tomó un aire grave y se levantó. Si se esperaba de mi parte alguna loca inspiración de cólera, gran decepción sufrieron. Ciertamente las insultantes palabras que acababan de caer sobre mí, de una boca tan bella, tan amada y tan bárbara, habían hecho penetrar el frío de la muerte hasta las fuentes más profundas de mi vida, y dudo que una lámina de acero, abriéndose paso á través de mi corazón, me hubiera causado una sensación más horrible; pero jamás me hallé tan tranquilo. El timbre de que se sirve habitualmente la señora de Laroque para llamar á sus criados se hallaba á mi alcance sobre la mesa: apoyé el dedo en él. Un criado entró casi al momento.—Creo—le dije,—que la señorita Margarita tiene órdenes que darle.