A estas palabras que había escuchado con una especie de estupor, la joven hizo violentamente con la cabeza un signo negativo y despidió al criado. Tenía mucha prisa en salir de aquel salón en que me ahogaba; pero no pude retirarme ante la actitud provocativa que afectaba el señor de Bevallan.

—A fe mía—murmuró,—que es cosa bastante particular.

Fingí no oirlo. La señorita Margarita le dijo dos palabras bruscas en voz baja.—Me inclino, señorita—respondió entonces en tono más elevado:—séame permitido solamente expresar el pesar sincero que siento en no tener el derecho de intervenir en esto.

Levantéme al instante.—Señor de Bevallan—dije colocándome á dos pasos de él,—ese pesar es enteramente supérfluo, pues si no he creído deber obedecer las órdenes de la señorita, estoy enteramente á las vuestras, y voy á esperarlas.

—Muy bien, muy bien, señor; inmejorable—replicó el señor de Bevallan, agitando con gracia la mano para serenar á las mujeres.

Nos saludamos y salí.

Comí solitariamente en mi torre, servido como de costumbre por el viejo Alain, instruído sin duda por los rumores de antecámara de lo que había pasado, pues no cesó de clavarme miradas insinuantes, arrojando por intervalos profundos suspiros y observando contra su costumbre un taciturno silencio. Sólo interrogado por mí, me hizo saber que las señoras habían decidido no ir al baile aquella noche.

Terminada mi breve comida, ordené un poco mis papeles y escribí dos palabras al señor Laubepin. Para en todo caso le recomendaba á Elena. La idea del abandono en que la dejaría en caso de una desgracia, me laceraba el corazón, sin alterar en lo más mínimo mis inmutables principios. Puedo engañarme, pero he pensado siempre que el honor, en nuestra vida moderna, domina toda la jerarquía de los deberes. Suple hoy á tantas virtudes medio borradas en las conciencias, á tantas creencias casi muertas, juega en el estado de nuestra sociedad un papel tan tutelar, que jamás pasará por mi imaginación la idea de debilitar sus derechos, de discutir sus decretos ni de subordinar sus obligaciones. El honor, en su carácter indefinido, es alguna cosa superior á la ley y á la moral: no se le razona, se lo siente. Es una religión. Si no tenemos ya la locura de la cruz, conservemos la locura del honor.

Además, no hay sentimiento profundamente infiltrado en el alma humana, que si bien se medita, no sea sancionado por la razón. Es mejor, en todo caso, una niña ó una mujer solas en el mundo, que protegida por un hermano ó por un marido deshonrado.

Esperaba de un momento á otro algún mensaje del señor de Bevallan. Preparábame á pasar á la casa del preceptor de la villa, que es un oficial joven, herido en Crimea, y pedirle su concurso, cuando llamaron á mi puerta. El que entró fué el señor de Bevallan. Su fisonomía expresaba como un débil matiz de embarazo, una especie de bonhomía franca y alegre.