—Señor—me dijo en tanto que yo le contemplaba con una sorpresa bastante viva,—este paso le parecerá un poco irregular; pero por suerte tengo una hoja de servicios, que á Dios gracias, pone mi valor al abrigo de toda sospecha. Por otra parte, tengo motivo para sentir esta noche un contento tal, que no deja lugar alguno en mi corazón para la hostilidad ó el rencor. En fin, obedezco á órdenes, que deben serme más que nunca sagradas. En resumen, vengo á tenderle la mano.
Saludéle con gravedad, y le tomé la mano.
—Ahora—agregó, sentándose—me hallo más desahogado para desempeñar mi embajada. No ha mucho, señor, la señorita Margarita le ha dado en un momento de distracción, algunas instrucciones, que no eran seguramente del deber de usted. La susceptibilidad de usted se ha sublevado muy justamente, lo reconocemos, y las señoras me han encargado le haga aceptar sus disculpas. Sentirían mucho que un error momentáneo les privara de sus buenos oficios, apreciados por ellas en todo su valor, y rompiera relaciones que consideran de un precio infinito. Por mi parte, señor, he adquirido esta noche con gran alegría, el derecho de unir mis instancias á las de aquellas señoras; los votos que desde hace largo tiempo hacía, acaban de ser aceptados, y le estaré personalmente reconocido si no mezcla á los recuerdos dichosos de esta noche, el de una separación que sería á la vez perjudicial y dolorosa á la familia en que tengo el honor de entrar.
—Señor, no puedo menos que ser muy sensible á los testimonios que me rinde en nombre de esas señoras y en el suyo. Pero me perdonará que no responda inmediatamente á ellos, por tratarse de una formal determinación que exige más libertad de espíritu de la que aún puedo gozar.
—Me permitirá al menos llevarles alguna esperanza. Veamos, señor; puesto que la ocasión se presenta, rompamos para siempre la sombra de hielo que ha existido hasta aquí entre los dos. Por mi parte, estoy muy dispuesto á ello. Desde luego, la señora de Laroque, sin desprenderse de un secreto que no le pertenece, no me ha dejado ignorar que las circunstancias más honorables para usted se ocultan bajo la especie de misterio de que se rodea. Además, le debo un reconocimiento particular; sé que ha sido usted consultado á propósito de mis pretensiones á la mano de la señorita Laroque, y que puedo jactarme de su apreciación.
—¡Dios mío! señor, pienso no haber merecido...
—¡Oh! sé—replicó riendo—que no ha abundado en mi favor; pero en fin, no me ha perjudicado. Confieso también que me ha dado pruebas de una sagacidad real. Ha dicho que si la señorita Margarita no debía ser absolutamente dichosa conmigo, no sería tampoco desgraciada. Muy bien, el profeta Daniel no habría hablado con más verdad. Lo cierto es que esa niña querida no sería absolutamente dichosa con nadie, pues no hallaría en el mundo entero un marido que le hablara en verso desde por la mañana hasta la noche... ¡porque eso no se encuentra! Convengo que en este punto no soy de más calibre que otro cualquiera; pero, como me ha hecho el honor de decir, soy un hombre galante. Verdaderamente, cuando nos conozcamos mejor no lo dudará. No soy un diablo malo; soy un buen chico... ¡Dios mío!... tengo defectos... ¡los he tenido siempre!... he sido loco para las mujeres lindas... ¡eso no puedo negarlo! pero es esa precisamente la prueba de que uno tiene buen corazón. Por otra parte, véome ya en el puerto... y me felicito de ello, porque, entre nosotros, comenzaba á fatigarme. Por fin, no quiero pensar sino en mi mujer y en mis hijos. De lo que deduzco con usted, que Margarita será perfectamente dichosa, es decir, tanto como puede serlo en este mundo con una cabeza como la suya: porque seré bien galante para ella, no le rehusaré nada, y aun prevendré todos sus deseos. ¡Pero si me pide la luna y las estrellas no puedo ir á descolgarlas para serle agradable!... ¡eso es imposible!... ahora mi querido amigo, déme una vez más su mano.
Se la dí. Levantóse.
—Espero que ahora se quedará... Veamos, desarrúgueme un poco esa frente... Nosotros le haremos la vida tan dulce como sea posible, pero es preciso condescender un poco. ¡Qué diablo!... gusta á usted mucho su tristeza... Vive, perdóneme la palabra, como un verdadero buho. ¡Es usted una especie de español de esos que ya no se ven!... ¡Sacuda, pues, todo eso! Es usted joven, agradable, tiene entendimiento y talento; aprovéchese un poco de todas esas cosas... ¿Por qué no hace usted la corte á la señorita Helouin? Eso le divertirá... es bonita, y se dejaría decir... ¡pero diantres! ¡Yo olvido mi promoción á las grandes dignidades!... Vamos, adiós; hasta mañana. ¿No es así?
—Hasta mañana, ciertamente.