Y este hombre galante, que es una especie de español de los que ya no se ven, me abandonó á mis reflexiones.
¡Singular acontecimiento! Aunque sus consecuencias no hayan sido hasta aquí de las más felices, me ha producido mucho bien. Después del duro golpe que me hirió, había quedado como entorpecido por el dolor. Esto me ha devuelto al menos al sentimiento de la vida y por la primera vez, después de tres largas semanas, tengo el valor suficiente para abrir estas hojas y tomar de nuevo la pluma.
Habiéndoseme dado toda clase de satisfacciones, pensé que no tenía razón alguna para dejar, á lo menos bruscamente, una posición y ventajas que después de todo me son necesarias, y cuyo equivalente me sería muy difícil hallar inmediatamente. La perspectiva de los sufrimientos enteramente personales que me quedaban para afrontar y que, por otra parte, yo mismo me había atraído por mi debilidad, no podía autorizarme á abandonar deberes en los cuales no eran sólo mis intereses los que se hallaban comprometidos. Además, no quería que la señorita Margarita pudiese interpretar mi súbita retirada, por el despecho que causa la pérdida de una buena partida y me hacía un punto de honor en mostrarle hasta el pie del altar una frente impasible; en cuanto al corazón, ella no lo vería. En fin, me contenté con escribir al señor Laubepin, que mi situación podía hacérseme intolerable, bajo ciertas faces, de un instante á otro, y que ambicionaba ávidamente cualquier empleo, si menos retribuído, más independiente.
Desde el día siguiente, me presenté en el castillo, donde el señor de Bevallan me acogió con cordialidad. Saludé á las señoras con toda la naturalidad de que puedo disponer. No hubo, bien entendido, ninguna explicación. La señora de Laroque parecióme conmovida y pensativa; la señorita Margarita algo vibrante aún, pero política. En cuanto á la señorita Helouin, hallábase muy pálida y mantenía los ojos inclinados sobre su bordado. La pobre niña no podía felicitarse mucho del resultado final de su diplomacia. De tiempo en tiempo trataba de lanzar al triunfante señor de Bevallan miradas llenas de desdén y de amenaza; pero en esa atmósfera tempestuosa que hubiera inquietado seguramente á un novicio, el señor de Bevallan respiraba, circulaba y revoloteaba con la más perfecta facilidad. Este aplomo soberano irritaba visiblemente á la señorita Helouin, pero, al mismo tiempo, la domaba; sin embargo, si sólo hubiera arriesgado perderse con su cómplice, no dudo que le hubiera prestado inmediatamente, y con más razón, un servicio análogo al que me había dispensado la víspera; pero era probable que, cediendo á su celosa cólera y confesando su ingrata duplicidad, se perdiera sola; y tenía toda la inteligencia necesaria para comprenderlo. El señor de Bevallan, en efecto, no era hombre para haberse franqueado contra ella sin reservarse alguna arma severa, que, en caso necesario, usaría con inhumana sangre fría. La señorita Helouin podía decirse en verdad, que la víspera se había dado fe, bajo su sola palabra, á denuncias mucho más falsas; pero no ignoraba, que una mentira que adula ó hiere el corazón, halla crédito más fácilmente que una verdad indiferente. Resignábase, pues, no sin sentir amargamente, lo supongo, pues comprendía que el arma de la traición se vuelve algunas veces contra la mano que la dirige.
Durante este día y los que le siguieron me vi sometido á un género de suplicio, que había previsto, pero cuyos punzantes detalles no había podido calcular. El casamiento había sido fijado para dentro de un mes; deben hacerse, pues, sin retardo y apresuradamente todos los preparativos. Los ramos de la señora Prevost llegaron regularmente cada mañana; los encajes, las telas, los dijes afluyeron en seguida y fueron expuestos noche á noche en el salón, á los ojos de las alborotadas y celosas amigas. Fué preciso dar sobre todo esto, mi opinión y mis consejos. La señorita Margarita lo solicitaba con una especie de afectación cruel. Yo obedecía con agrado; luego entraba en mi torre, tomaba de un cajón secreto el despedazado pañuelo que con riesgo de mi vida había salvado y enjugaba mis ojos. ¡Cobardía aún! pero ¿qué hacer? La amo. La perfidia, la enemistad, errores irreparables, su orgullo y el mío, nos separaban para siempre. ¡Sea! ¡pero nada impedirá á este corazón vivir y morir por ella!
Por lo que respecta al señor de Bevallan, no sentía odio alguno contra él; no lo merece. Es un alma vulgar pero inofensiva. Podía, á Dios gracias, recibir sin hipocresía las demostraciones de su trivial benevolencia y poner con tranquilidad mi mano entre las suyas; pero si su nula personalidad escapaba á mi odio, sentía con una angustia profunda, desgarradora, hasta qué punto aquel hombre era indigno de la encantadora criatura que poseería muy luego, y á quién jamás comprendería. Expresar el cúmulo de pensamientos amargos, de sensaciones sin nombre que sublevaban mi alma y que sublevan aún la imagen próxima de esta odiosa y desigual alianza, no lo podré, ni lo osaré jamás. El amor verdadero tiene algo de sagrado, que imprime un carácter sobrehumano á los dolores como á las alegrías que nos da. Hay en la mujer que se ama no sé qué divinidad, cuyo secreto parece que uno solo posee, que sólo á uno pertenece y cuyo velo no puede ser tocado por una mano extraña, sin hacernos sentir un horror que no se parece á otro alguno: el estremecimiento de un sacrilegio. ¡No es solamente un bien precioso que se nos arrebata; es un altar que se profana en nosotros, un misterio que se viola, un Dios que se ultraja! ¡Ved ahí los celos, al menos los míos! Creía muy sinceramente, que sólo yo en el mundo tenía ojos, inteligencia y corazón, capaces de ver, de comprender y de adorar en todas sus perfecciones la belleza de ese ángel, que con cualquier otro se hallaría como extraviada y perdida, que estaba destinada á mí solo, en cuerpo y alma, por toda la eternidad. Sentía este orgullo inmenso, bastante expiado ya por un inmenso dolor.
Sin embargo, un demonio burlón murmuraba á mi oído que según todas las previsiones de la humana discreción, Margarita hallaría más paz y felicidad real en la amistad templada de un marido razonable, que en la pasión real de un esposo caballeresco. ¿Será esto verdad, será esto posible? ¡Yo no lo creo! Tendrá la paz: sea; pero al fin la paz no es la última palabra de la vida, el símbolo supremo de la felicidad. Si bastara no sufrir y petrificarse el corazón para ser dichoso, muchas gentes que no lo merecen lo serían. A fuerza de razón y de prosa, se acaba por difamar á Dios y degradar su obra. Dios da la paz á los muertos, la pasión á los vivos. Hay en la vida, al lado de la vulgaridad de los intereses cotidianos, á la que no tengo la niñería de pretender escapar, una poesía permitida. ¿Qué digo?... ordenada. Es la revelación del alma dotada de la inmortalidad. Es preciso que esa alma se sienta y se revele algunas veces, sea por transportes más allá de lo real, por aspiraciones más allá de lo posible, ó por tempestades ó por lágrimas. Si hay un sufrimiento que vale más que la dicha, ó más bien que es la dicha misma, es el de una criatura viviente que conoce todas las turbaciones del corazón y todas las quimeras del pensamiento, y que divide estos nobles tormentos con un corazón igual, y un fraternal pensamiento... Ved ahí el drama que cada uno tiene el derecho, ó para decirlo todo, el deber, de introducir en su vida, si tiene el título de hombre y quiere justificarlo.
Por lo demás, la pobre niña no gozará esta misma paz tan ponderada. Que la unión de dos corazones inertes y de dos imaginaciones heladas engendre el reposo de la nada, lo concedo; pero la unión de la vida y de la muerte no puede sostenerse sin una violencia horrible y sin perpetuas amarguras.
En medio de estas íntimas miserias, cuya intensidad se redobla cada día, sólo hallaba algún consuelo al lado de mi pobre y vieja amiga la señorita de Porhoet. Ella ignoraba ó fingía ignorar el estado de mi corazón, pero, en alusiones encubiertas, y tal vez involuntarias, posaba ligeramente sobre mis llagas sangrientas la mano delicada é ingeniosa de la mujer.