—Hasta este día—me dijo la señorita Margarita, á quien yo trataba de comunicar mis impresiones,—ahí tiene usted todo lo que conozco de ella, pero si le interesa despertar á la princesa, podemos entrar. Por lo que he averiguado, hay siempre en estos alrededores un pastor ó pastora, que tiene la llave. Atemos nuestros caballos y pongámonos en su busca, usted del pastor y yo de la pastora.

Los caballos fueron encerrados en un pequeño cercado vecino á las ruinas, y la señorita Margarita y yo nos separamos un momento para hacer una especie de batida en los alrededores. Tuvimos el pesar de no hallar ni al pastor ni á la pastora. Nuestro deseo de visitar el interior de la torre, creció entonces naturalmente con el atractivo del fruto prohibido, y pasamos á la ventura un puente echado sobre los fosos. Con viva satisfacción nuestra, la maciza puerta de la torre no estaba cerrada: sólo tuvimos que empujarla para penetrar en un reducido vestíbulo, obscuro, obstruído por las ruinas y que podía en otro tiempo haber servido de cuerpo de guardia; de allí pasamos á una vasta sala casi circular, cuya chimenea conserva aún sobre su escudo las armas de las cruzadas; una ancha ventana abierta á nuestro frente y atravesada por la cruz simbólica, netamente cortada en la piedra, iluminaba la región interior de aquel recinto, en tanto que la mirada se perdía en la sombra incierta de las altas bóvedas casi hundidas. Al ruido de nuestros pasos, voló de esta obscuridad una multitud de pájaros invisibles y sacudieron sobre nuestras cabezas el polvo de los siglos. Subiendo sobre los bancos de granito que se hallan dispuestos á uno y otro lado de la pared en forma de gradas, pudimos desde el alféizar de la ventana echar una ojeada al exterior sobre la profundidad de los fosos y partes arruinadas de la fortaleza; pero habíamos notado desde nuestra entrada las primeras gradas de una escalera practicada en el espesor de la muralla, y sentíamos una prisa infantíl por llevar adelante nuestros descubrimientos. Emprendimos la ascensión; yo abrí la marcha y la señorita Margarita me siguió valientemente, entendiéndose, como podía, con sus largos vestidos. De lo alto de la plataforma, el panorama es inmenso y delicioso. Las suaves tintas del crepúsculo sombreaban en ese mismo instante el océano de follaje medio dorado por el otoño; los sombríos pantanos, los verdes prados y los horizontes de entrecruzadas pendientes que se mezclaban y sucedían bajo nuestros ojos hasta la más lejana extremidad. En presencia de este paisaje grandioso, triste é infinito, sentíamos la paz de la soledad, el silencio de la noche y la melancolía de los tiempos pasados, descender á la vez como un encanto poderoso sobre nuestros espíritus y nuestros corazones. Esa hora de contemplación común, de emociones divididas, de profunda y pura voluptuosidad era, sin duda, la última que me fuera dado vivir á su lado, y me extasiaba con una violencia de sensibilidad casi dolorosa. Por lo que hace á Margarita, no sé lo que pasaba: habíase sentado sobre el borde del parapeto, miraba á lo lejos y callaba. Yo no oía sino el soplo un poco precipitado de su aliento.

No podré decir cuántos instantes se pasaron de este modo. Cuando los vapores se condensaron en la parte superior de las praderas más bajas, y los últimos horizontes comenzaron á borrarse en la sombra creciente, Margarita se levantó.

—¡Vamos—dijo á media voz, y como si una cortina hubiese caído sobre algún sentido espectáculo—esto acabó!—Luego, comenzó á descender y yo la seguí.

Cuando quisimos salir de la torre, grande fué nuestra sorpresa al hallar cerrada la puerta. Al parecer, el joven guardián, ignorando nuestra presencia, había dado vuelta á la llave, mientras nos hallábamos en la plataforma. La primera impresión fué la de la alegría. La torre era decididamente una torre encantada. Hice algunos esfuerzos vigorosos para romper el encanto; pero el pestillo enorme de la antigua cerradura estaba sólidamente asegurado en el granito y tuve que renunciar á desprenderlo. Volví entonces mis ataques contra la puerta misma; pero los goznes macizos y los tableros de encina chapeados de hierro, opusiéronme la resistencia más invencible. Dos ó tres morrillos que tomé de los escombros y lancé contra el obstáculo, no consiguieron sino hacer vacilar la bóveda y destacar de ella algunos fragmentos, que vinieron á caer á nuestros pies. Corrí entonces á la ventana y dí algunos gritos, á los que nadie respondió. Durante diez minutos, los renové de instante en instante con el mismo éxito, al mismo tiempo que aprovechábamos apresuradamente las últimas luces del día para explorar minuciosamente todo el interior de la torre; pero excepto la puerta, que se hallaba como murada para nosotros, y la gran ventana, que un abismo de cerca de treinta pies separaba del fondo de los fosos, no pudimos descubrir salida alguna.

Entretanto, la noche acababa de caer sobre los campos, y las tinieblas habían invadido la vieja torre. Algunos reflejos de luna penetraban solamente por el alféizar de la ventana y blanqueaban oblicuamente la piedra de las gradas. La señorita Margarita, que poco á poco había perdido toda apariencia de buen humor, dejó aún de responder á las conjeturas más ó menos verosímiles con que trataba de engañar sus inquietudes. Mientras ella se mantenía en la sombra, silenciosa é inmóvil, yo estaba sentado en plena claridad sobre la grada más próxima á la ventana: desde allí arrojaba aún por intervalos un grito de llamada; pero para decir la verdad, á medida que el éxito de mis esfuerzos se hacía más incierto, me sentía presa de una alegría irresistible. Veía en efecto, realizarse, para mí, repentinamente, el sueño más eterno y más imposible de los amantes; me hallaba encerrado en el fondo de un desierto y en la más estrecha soledad, con la mujer que amaba. ¡Por largas horas no habría allí, sino ella y yo en el mundo, sino su vida y la mía! Pensaba en todos los testimonios de dulce protección y de tierno respeto, que iba á tener el derecho y el deber de prodigarla; representábame, sus temores calmados, su confianza, su sueño; me decía con un encanto profundo, que aquella noche afortunada, si no podía darme el amor de aquella criatura querida, iba al menos á asegurarme para siempre su más inquebrantable estimación.

Cuando me abandonaba con todo el egoísmo de la pasión á mi secreto éxtasis, del que es fácil se dibujara algún reflejo en mi fisonomía, fuí despertado repentinamente por estas palabras, que me eran dirigidas con voz sorda y en un tono de afectada tranquilidad:

—¿Señor Marqués de Champcey, ha habido muchos cobardes en su familia antes que usted?

Levantéme y volví á caer de nuevo sobre el banco de piedra, clavando una mirada estúpida en las tinieblas en que entreveía vagamente el contorno de la joven. Una sola idea se me ocurrió, pero una idea terrible; era que el miedo y el pesar la turbaran el cerebro y que fuera á enloquecer.

—¡Margarita!—exclamé sin saber lo que decía.