Esta palabra acabó sin duda de irritarla.

—¡Dios mío! qué odioso es esto—replicó.—¡Qué cobarde, sí, lo repito, qué cobarde!

La verdad empezaba á manifestarse á mi espíritu. Descendí uno de los escalones.

—¿Qué es lo que hay, pues?—le dije fríamente.

—Es usted—respondió con una brusca vehemencia—quien ha pagado á ese hombre, á ese niño, ó lo que sea, para que nos aprisione en esta miserable torre. Mañana estaré perdida... deshonrada en la opinión y no podré pertenecer sino á usted. He ahí su cálculo, ¿no es verdad? Pero éste, se lo aseguro, no tendrá mejor éxito que los otros. Me conoce aún muy imperfectamente si cree que no preferiría el deshonor, el claustro, la muerte, todo, á la abyección de ligar mi mano y mi vida con la suya. Y aun cuando este ardid infame tuviera éxito, aun cuando tuviese la debilidad, que ciertamente no tendré, de entregarle mi persona, y lo que le importa más, mi fortuna, en cambio de ese bello rasgo de astucia, ¿qué especie de hombre es usted? Dígame, ¿de qué fango ha salido, para querer una fortuna y una mujer adquiridos á ese precio? ¡Ah! hasta gracias debe darme de que no acceda á sus deseos. Son imprudentes, créamelo, pues si alguna vez la vergüenza pública me arrojara en sus brazos le despreciaría de tal modo, que aplastaría su corazón. Sí, aun cuando fuese tan duro, tan helado como estas piedras, yo le sacaría sangre... yo le haría brotar lágrimas.

—Señorita—dije con toda la calma de que pude disponer—le suplico que se recobre, que vuelva á la razón. Le aseguro por mi honor, que me ultraja. Tenga á bien reflexionarlo. Sus suposiciones no reposan sobre ninguna verosimilitud. Yo no he podido preparar de ninguna manera la perfidia de que me acusa, y sobre todo, aunque lo hubiera podido, ¿cuándo le he dado el derecho de creerme capaz de ello?

—Todo cuanto sé de usted me da ese derecho—exclamó cortando el aire con su látigo.—Es menester que le diga una vez por todas, lo que tengo en el alma, hace largo tiempo. ¿Qué ha venido á hacer á nuestra casa bajo un nombre, y bajo un carácter supuesto? Mi madre y yo éramos dichosas, estábamos tranquilas; usted nos ha traído una confusión, un desorden y pesares, que nosotras no conocíamos. Para alcanzar su fin, para reparar las brechas de su fortuna, ha usurpado nuestra confianza, ha hecho trizas nuestro reposo, ha jugado con nuestros sentimientos más puros, más verdaderos y más sagrados, ha estropeado y destrozado nuestros corazones sin piedad. Vea ahí lo que ha hecho, ó querido hacer, poco importa. Pues bien, debo decir que estoy profundamente cansada y herida de todo esto; se lo aseguro. Y cuando en este momento acaba de ofrecerme en prenda, su honor de gentilhombre, que le ha permitido hacer tantas cosas indignas, tengo sin duda el derecho de no creer en él, y no creo.

Yo estaba fuera de mí: tomé sus dos manos en un transporte de violencia que la dominó:

—¡Margarita, pobre hija mía!... ¡escúcheme! ¡La amo, es cierto, y jamás amor más ferviente, más desinteresado, ni más santo, ardió en el corazón de un hombre! Pero usted también me ama... ¡Me ama, desgraciada! y sin embargo, me mata... Habla de corazón triturado y destrozado... ¡Ah! ¿y qué hace usted con el mío? Él le pertenece: yo se lo abandono, pero en cuanto á mi honor, lo guardo... está intacto... y antes de poco le forzaré á reconocerlo... Y sobre ese honor, le juro que si muero me llorará; y que si vivo, jamás... por mucho que la adore... aun cuando la viese de rodillas ante mí, jamás sería mi esposa, á menos que usted fuese tan pobre como yo, ó yo tan rico como usted. Y ahora, proceda. ¡Pida á Dios milagros porque ya es tiempo!

La rechacé entonces bruscamente lejos del alféizar de la ventana y me lancé sobre las gradas superiores: había concebido un proyecto desesperado que ejecuté en el instante con la precipitación de una verdadera demencia. Como he dicho antes, la cima de las hayas y de las encinas, que se levantan en los fosos de la torre se elevan hasta el nivel de la ventana. Con ayuda de mi látigo doblado, atraje á mí la extremidad de las ramas más próximas, tomé una á la ventana y me lancé en el vacío. Oí mi nombre, arriba de mi cabeza ¡Máximo! proferido repentinamente con un grito desgarrador. Las ramas de que me había agarrado se inclinaron en toda su largura hacia el abismo: hubo un crujido siniestro; estallaron bajo mi peso, y caí rudamente sobre el suelo.