Supongo que la naturaleza fangosa del terreno amortiguó la violencia del choque, pues me sentí vivo aunque herido. Uno de mis brazos había dado sobre el declive de material del cimiento y sentía un dolor tan agudo, que mi corazón desfallecía. Experimenté un corto aturdimiento. Fuí despertado por la voz desesperada de Margarita.
—¡Máximo! ¡Máximo! por favor, por piedad, en nombre de Dios, hábleme, perdóneme.—Me levanté y la vi en el hueco de la ventana, en medio de una aureola de pálida luz, con la cabeza desnuda, los cabellos caídos, la mano crispada sobre el travesaño de la cruz, y los ojos ardientemente fijos sobre el sombrío precipicio.
—No tema nada—le dije.—No me he hecho mal alguno. Tenga solamente paciencia por una ó dos horas. Deme el tiempo de ir hasta el castillo, es lo más seguro. Esté cierta que guardaré el secreto, y salvaré su honor, como acabo de salvar el mío.
Salí penosamente de los fosos y fuí á tomar mi caballo. Servíme de mi pañuelo para suspender y fijar mi brazo izquierdo, que me era enteramente inútil y me hacía sufrir mucho. Gracias á la claridad de la noche hallé fácilmente el camino. Una hora después llegaba al castillo. Se me dijo que el doctor Desmarest estaba en el salón. Me apresuré á presentarme á él, y hallé allí como una docena de personas, cuyo continente acusaba su estado de preocupación y de alarma.
—Doctor—dije alegremente al entrar—mi caballo acaba de asustarse de su sombra, me ha tirado en el camino, y creo tener el brazo izquierdo estropeado. ¿Quiere usted verlo?
—¿Cómo estropeado?—dijo el señor Desmarest, después de desatar el pañuelo—si lo tiene completamente roto, ¡pobre hijo mío!
La señora de Laroque arrojó un débil grito y se aproximó á mí.—Vaya, que esta es una noche de desgracias—dijo.
Fingí sorprenderme.
—¡Pues qué! ¿hay alguna otra cosa aún?—exclamé.
—Dios mío, temo que haya sucedido alguna desgracia á mi hija. Salió á caballo a las tres, son las ocho, y aún no ha vuelto.