—Amigo mío—me respondió el señor Laubepin;—la unión proyectada presentaba todas las ventajas deseables, y habría asegurado, á no dudarlo, la felicidad común de los cónyuges, si el matrimonio fuera una asociación puramente comercial, pero está muy lejos de serlo. Mi deber, cuando mi concurso fué exigido en esta circunstancia interesante, era pues, consultar la inclinación de los corazones y las conveniencias de los caracteres, no menos que la proporción de las fortunas; pero creí observar desde luego, que el matrimonio que se preparaba tenía el inconveniente de no satisfacer á nadie, ni á mi excelente amiga la señora de Laroque, ni á la interesante novia, ni á los amigos más ilustrados de estas damas; á nadie, en fin, sino probablemente al novio, de quien me cuido mediocremente. Es verdad (debo esta nota á la señorita de Porhoet), es verdad—decía—que el novio es gentilhombre.

Gentleman, si le parece—interrumpió la señorita de Porhoet con un acento severo.

Gentleman—continuó el señor Laubepin, aceptando la enmienda:—pero es una especie de gentleman que no me gusta.

—Ni á mí—dijo la señorita de Porhoet.—Bellacos de esta especie, palafreneros sin costumbres, como éste, que vimos salir en el último siglo, dirigidos por el entonces Duque de Chartres, de las caballerizas inglesas para preludiar la revolución.

—¡Oh, si no hubieran hecho más que preludiarla!—dijo sentenciosamente el señor Laubepin—se les perdonaría.

—Le pido un millón de excusas, mi querido señor, pero hable. Por lo demás, no se trata de eso; tenga usted á bien continuar.

—Pues bien—prosiguió el señor Laubepin,—viendo que en general se marchaba á esta boda como á un convoy fúnebre, busqué algún medio á la vez honorable y legal, si no de volver al señor de Bevallan su palabra, al menos de hacérsela recoger. El proceder era tanto más lícito, cuanto que en mi ausencia el señor de Bevallan había abusado de la inexperiencia de mi excelente amiga la señora de Laroque, y de la inexperiencia de mi colega de la villa vecina, para hacerse asegurar ventajas exorbitantes. Sin separarme de la letra de las convenciones, conseguí modificar sencillamente su espíritu. Sin embargo, el honor y la palabra dada me imponían límites que no pude ultrapasar. El contrato, á pesar de todo, quedaba aún suficientemente ventajoso para que un hombre dotado de alguna elevación de espíritu y animado de una verdadera ternura por su futura, pudiese aceptarlo con confianza. ¿El señor de Bevallan, sería hombre capaz de ello? Debimos correr riesgo. Le aseguro que no dejaba de hallarme conmovido, cuando comencé esta mañana, ante un imponente auditorio, la lectura de esta acta irrevocable.

—Por mi parte—interrumpió la señorita de Porhoet—no tenía una sola gota de sangre en las venas. La primera parte del contrato, era tan conveniente para el enemigo, que lo creí todo perdido.

—Sin duda, señorita; pero como decimos nosotros entre augures, el veneno está en la cola, in cauda venenum. Era verdaderamente agradable, amigo mío, ver la fisonomía del señor de Bevallan y la de mi colega de Rennes, que le acompañaba, cuando llegué á descubrir bruscamente mis baterías. Al principio se miraron en silencio: luego cuchichearon; se levantaron por fin y aproximándose á la mesa ante la cual me hallaba sentado, me pidieron en voz baja explicaciones.

—Hablen alto, si gustan, señores—les dije:—no hay aquí necesidad de misterios. ¿Qué quieren?