El público empezaba á prestar atención. El señor de Bevallan sin alzar la voz me insinuó, que este contrato era una obra de desconfianza.

—¡Una obra de desconfianza, señor!—respondí en el tono más elevado de mi garganta.—¿Qué pretende decir con eso? ¿Es contra la señora de Laroque, contra mí, ó contra mi colega aquí presente, que dirige semejante imputación?...

—¡Chit, silencio! nada de bulla,—dijo entonces el notario de Rennes, con el acento más discreto; pero veamos, estaba convenido al principio que el régimen dotal sería separado.

—¿El régimen dotal, señor? ¿Y en dónde se trata aquí de régimen dotal?

—Vamos, compañero, bien ve que lo restablece por un subterfugio.

—¿Subterfugio, colega? ¡Permítame que como más antiguo le pida borrar esa palabra de su vocabulario!

—Pero, en fin—murmuró el señor de Bevallan,—se me ligan las manos de todos lados, se me trata como á un chiquillo.

—¿Cómo, señor, qué es lo que hacemos en este momento? ¿Es esto un contrato ó un testamento? ¿Olvida usted que la señora de Laroque vive, que su padre vive, que se casa, señor, pero que no hereda? ¡Un poco de paciencia; qué diablo!

A estas palabras la señorita Margarita se levantó.—Basta ya—dijo;—señor Laubepin, arroje usted al fuego ese contrato. Madre mía, haga usted volver al señor sus presentes,—saliendo en seguida con un paso de reina ultrajada. La señora de Laroque la siguió. Al mismo tiempo lancé el contrato en la chimenea.

—Señor—me dijo entonces el señor de Bevallan con tono amenazador—hay aquí una intriga cuyo secreto sabré.