—Señor, voy á decírselo—respondí.—Una joven que con justo orgullo se estima á sí misma, había concebido el temor de que sus pretensiones amorosas sólo se dirigían á su fortuna; ha querido cerciorarse de ello, y no le cabe duda alguna. Tengo el honor de saludarle.

En seguida, amigo mío, fuí á reunirme con las señoras, que me saltaron al cuello. Un cuarto de hora después, el señor de Bevallan dejaba el castillo con mi colega de Rennes. Su partida y su desgracia han tenido por efecto inevitable desencadenar contra él todas las lenguas de los criados, y su imprudente intriga con la señorita Helouin ha estallado muy luego. La joven, sospechosa hacía algún tiempo por otros motivos, ha pedido permiso para retirarse, y no se le ha negado. Inútil es agregar, que las señoras le aseguran una existencia honorable... ¡Y bien, hijo mío! ¿qué dice de todo esto? ¿Le hace sufrir más? Está tan pálido como un muerto...

La verdad es, que estas noticias inesperadas habían excitado en mí tantas emociones agradables y penosas á la vez, que me sentía próximo á desfallecer.

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El señor Laubepin que debe partir mañana al amanecer, volvió esta noche á despedirse de mí. Después de algunas palabras embarazosas de parte á parte:

—¡Ah, mi querido niño!—me dijo—no le interrogo sobre lo que aquí pasa: pero si tiene usted necesidad de un confidente y un consejero, le pediría la preferencia.

Yo no podía efectivamente desahogarme en un corazón más amigo, ni más seguro. Hice al digno anciano un relato detallado de todas las circunstancias que han señalado desde mi llegada al castillo, mis relaciones particulares con la señorita Margarita. Hasta le he leído algunos trozos de este diario, para precisar mejor el estado de esas relaciones y también el estado de mi alma. Excepto el secreto que había descubierto la víspera en los archivos del señor Laroque, nada le he ocultado.

Cuando terminé, el señor Laubepin cuya frente se había puesto recelosa hacía un momento, tomó la palabra.

—Es inútil disimular, amigo mío—dijo—que al enviarle aquí, premeditaba unirlo con la señorita Laroque. Al principio todo marchó conforme á mis deseos. Los dos corazones, que según mi opinión, son dignos el uno del otro, no han podido aproximarse sin entenderse: pero ese extravagante acontecimiento, cuyo teatro romántico ha sido la torre d'Elven, confieso que me desconcierta enteramente. ¡Qué diantre! querido joven, saltar por la ventana, á riesgo de romperse la cabeza, era, permítame que se lo diga, una demostración muy suficiente de su desinterés; fué, pues, muy supérfluo agregar á este paso honorable y delicado, el juramento solemne de no casarse jamás con esa pobre niña á no ser eventualidades que es absolutamente imposible esperar. Yo me tengo por hombre de recursos, pero me reconozco enteramente incapaz de dar á usted doscientos mil francos de rentas ó de quitárselos á la señorita Laroque.

—Entonces, señor, déme un consejo. Tengo más confianza en usted, que en mí mismo, pues conozco que el infortunio expuesto siempre á la sospecha, ha podido irritarme hasta el exceso las susceptibilidades de mi honor. Hable. Me inducirá usted á olvidar el juramento indiscreto pero solemne, sin embargo, que en este momento es, según creo, lo único que me separa de la dicha, que había soñado para su hijo adoptivo.