El señor Laubepin se levantó; sus espesas pestañas cayeron sobre sus ojos, y recorrió la habitación á grandes pasos durante algunos minutos; luego, deteniéndose ante mí, y tomándome la mano con fuerza:
—Joven—me dijo—es cierto, le amo como á un hijo; pero aun cuando debiera despedazar su corazón y el mío con el suyo, jamás transigiré con mis principios. Mejor es ultrapasar el honor que quedarse atrás de él: en materia de juramentos, todos los que no son exigidos bajo la punta de un puñal ó ante la boca de una pistola, es menester no hacerlos ó cumplirlos: esa es mi opinión.
—Y también la mía. Mañana partiré con usted.
—No, Máximo, permanezca aquí algún tiempo todavía. Yo no creo en milagros, pero creo en Dios, que rara vez permite que sucumbamos por nuestras virtudes... Demos un plazo á la Providencia... Sé que le pido un gran esfuerzo de valor, pero lo reclamo formalmente de su amistad. Si en un mes no recibe noticias mías, entonces partirá.
Hace dos días que puedo salir de mi retiro y pasar al castillo. No había visto á la señorita Margarita desde el instante de nuestra separación en la torre d'Elven. Cuando entré, estaba sola en el salón; al reconocerme hizo un movimiento involuntario como para levantarse, pero permaneció inmóvil y su fisonomía se coloreó repentinamente de una púrpura ardiente. Esta fué contagiosa, por que yo mismo sentí que me enrojecía hasta la frente.
—¿Cómo está usted, señor?—me dijo al tenderme la mano, pronunciando estas simples palabras con un tono de voz tan dulce, tan humilde, ¡ay! tan tierno, que habría querido arrojarme de rodillas ante ella. Sin embargo, fué preciso contestarla en el tono de una política helada. Me miró dolorosamente: luego bajó sus grandes ojos con aire de resignación y continuó su trabajo.
Casi en el mismo instante, su madre la hizo llamar al lado de su abuelo, cuyo estado se agravaba notablemente. Hacía muchos días que había perdido la voz y el movimiento; la parálisis le había invadido casi entero. Los últimos destellos de su vida intelectual se habían extinguido: únicamente persistía la sensibilidad con el sufrimiento. No podía dudarse que el fin del anciano se aproximaba, pero la vida había tomado posesión muy fuertemente de aquel enérgico corazón, para desprenderse de él, sin una lucha obstinada. El doctor había anunciado que la agonía sería larga. Desde la aparición del peligro, la señora de Laroque y su hija le habían prodigado sus esfuerzos y sus vigilias con la abnegación apasionada y el entusiasmo del sacrificio, que son la virtud especial y la gloria de su sexo. Anteayer en la noche, sucumbían ya á la fatiga y á la fiebre; el doctor Desmarest y yo, nos ofrecimos para suplirlas al lado del señor Laroque durante la noche que comenzaba. Consintieron en descansar algunas horas. El doctor muy fatigado también, no tardó en anunciarme que iba á recostarse en un lecho que había en la pieza vecina.
—Yo no sirvo aquí para nada—me dijo;—todo está hecho, usted lo ve, ya ni sufre el pobre hombre... Es un estado de letargo que no tiene nada de desagradable, y cuyo despertar será la muerte... de consiguiente puede uno estar tranquilo. Si nota algún cambio, me llama, pero creo que esto no sucederá hasta mañana. Entre tanto yo me muero de sueño.—Lanzó un bostezo sonoro y salió. Su lenguaje y su sangre fría ante el moribundo me chocaron. Es, sin embargo, un hombre excelente, pero para tributar á la muerte el respeto que le es debido, es necesario no ver únicamente la materia bruta que ella disuelve, sino también creer en el principio inmortal que desliga.
Una vez solo en la cámara fúnebre, me senté al pie del lecho cuyas cortinas habían sido levantadas, y traté de leer á la claridad de una lámpara que había cerca de mí, en una pequeña mesa. El libro cayó de mis manos: no podía separar mi pensamiento de la singular combinación de acontecimientos, que después de tantos años, daba á este culpable anciano al nieto de su víctima por testigo y protector de su último sueño. Luego en medio de la calma profunda, de la hora y del lugar, evocaba á mi pesar las escenas tumultuosas y las sanguinarias violencias que habían llenado esta existencia que acababa. Buscaba impresión lejana de ellas, en la fisonomía de aquel agonizante secular, sobre sus grandes rasgos cuyo pálido relieve se dibujaba en la sombra, como el de una máscara de yeso, y sólo veía en ellos la gravedad y el reposo prematuros de la tumba. Por intervalos me aproximaba á la cabecera, para asegurarme si el soplo vital movía aún aquel pecho destruido.