En fin, hacia la media noche, me invadió una somnolencia irresistible y me dormí con la frente apoyada sobre la mano. Repentinamente fuí despertado por no sé qué lúgubres estremecimientos; levanté los ojos y sentí pasar un escalofrío por la médula de mis huesos. El anciano se hallaba medio levantado en su lecho, y tenía fija sobre mí una mirada atenta, asombrada, en que brillaba la expresión de una vida y de una inteligencia que hasta entonces me habían sido desconocidas. Cuando mi mirada encontró la suya, el espectro se estremeció; abrió sus brazos en cruz, y me dijo con una voz suplicante, cuyo timbre extraño suspendió el movimiento de mi corazón.
—¡Señor Marqués, perdóneme!
Quise levantarme, quise hablar, pero en vano. Me hallaba petrificado en mi sillón.
—¡Señor Marqués—continuó,—dígnese perdonarme!
Hallé en fin la fuerza suficiente para acercarme á él; á manera que yo me aproximaba, él se retiraba penosamente hacia atrás como para escapar á un contacto pavoroso. Levanté una mano, y bajándola suavemente ante sus ojos desmesuradamente abiertos y desesperados de terror.
—¡Morid en paz!—le dije—¡Yo le perdono!
No había aún acabado estas palabras cuando su fisonomía marchita se iluminó con un relámpago de alegría y de juventud. Al mismo tiempo brotaron dos lágrimas de sus hundidas órbitas. Extendió sus manos hacia mí: repentinamente, aquella mano se cerró con violencia y se extendió en el espacio con un gesto amenazador: vi revolverse y rodar sus ojos entre sus órbitas dilatadas, como si una bala le hubiera herido el corazón.
—¡Oh! inglés—murmuró.
Volvió á caer sobre la almohada como una masa inerte. Estaba muerto.
Llamé apresuradamente, y todos acudieron. Muy luego fué rodeado de piadosas lágrimas y oraciones. Yo me retiré con el alma profundamente conmovida por aquella escena extraordinaria, que debía permanecer secreta para siempre, entre aquel muerto y yo.