Aproveché las últimas horas de la noche para hacerme conducir secretamente á la pequeña ciudad vecina, donde tomé el carruaje de Rennes. Mañana en la noche estaré en París. ¡Pobreza, soledad, desesperación, que allí os dejé, voy á hallaros de nuevo! ¡Ultimo sueño de mi juventud, sueño del Cielo, adiós!

París.

Al día siguiente por la mañana, cuando iba á montar en el ferrocarril, entró en el patio del hotel un carruaje de posta, y vi descender de él al viejo Alain. Cuando me vió, su fisonomía se iluminó.

—Ah, señor, ¡qué fortuna que no haya partido! Tome esta carta.

—Reconocí la letra del señor Laubepin. Me decía en dos líneas que la señorita de Porhoet estaba gravemente enferma y que me llamaba. No me tomé sino el tiempo necesario para mudar caballos y me arrojé en la silla, después de haber decidido á Alain, no sin trabajo, á que se sentara frente á mí. Entonces lo aturdí á preguntas. Le hice repetir la noticia que me trajo y que me parecía inconcebible. La señorita Porhoet había recibido la víspera, de manos del señor Laubepin, un pliego ministerial, que le anunciaba que era puesta en plena y entera posesión de la herencia de sus parientes de España.—Y parece—agregaba Alain—que se lo debe al señor, que ha descubierto en el palomar algunos papeles viejos, en los que nadie soñaba y que han probado el buen derecho de la anciana señorita. Yo no sé lo que hay de verdadero en esto, pero sí es lástima—me dijo—que á esta respetable señora se le haya metido en la cabeza ideas de catedral y que no quiere abandonarlas... porque, note usted, que está más aferrada que nunca. Al principio, cuando recibió la noticia, cayó redonda en el pavimento y se le creyó muerta; pero una hora después empezó á hablar, sin fin ni tregua, de su catedral, del coro, de la nave, del cabildo y de los canónigos, del ala del Norte y del ala del Sur, de tal modo que para calmarla ha sido necesario traerle un arquitecto, albañiles, y poner sobre su lecho los planos del malhadado edificio. En fin, después de tres horas de conversación sobre el asunto se amodorró un rato; al despertarse, ha pedido ver al señor... al señor Marqués (Alain se inclinó cerrando los ojos) y se me ha hecho correr en su busca; parece que quiere consultarle sobre el coro alto.

Este extraño acontecimiento me causó la más viva sorpresa. Sin embargo, con ayuda de mis recuerdos y de los detalles confusos, que me daba Alain, llegué á darme una explicación de ellos, que noticias más positivas debían confirmar muy luego. Como ya he dicho, el negocio de la sucesión de la rama española de los Porhoet había pasado por dos fases. Había habido primero, entre la señorita de Porhoet y una gran casa de Castilla, un largo proceso que mi vieja amiga había acabado por perder en última instancia; luego un nuevo proceso, en el que la señorita de Porhoet no figuraba, se había suscitado, á propósito de la misma sucesión, entre los herederos españoles y la corona, que pretendía que los bienes volvían á ella por derecho de fundación del mayorazgo. Mientras esto tenía lugar, continuando siempre mis indagaciones en los archivos de los Porhoet había puesto la mano como dos meses antes de mi salida del castillo sobre una pieza singular, cuyo texto literal era el siguiente:

«Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón; de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, islas y tierras firmes del mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, señor de Vizcaya y de Molina, etc., etc.

»A ti Herve Juan Joselyn, señor de Porhoet Gaél, Conde de Torrenueva, etc., que me has seguido en mis reinos y servido con una fidelidad ejemplar, prometo, por favor especial, que en caso de extinción de tu descendencia directa y legítima, los bienes de tu casa volverán, aun con detrimento de los derechos de mi corona, á los descendientes directos y legítimos de la rama francesa de los Porhoet-Gaél, mientras ella exista, y hago este compromiso, por mí y mis sucesores sobre mi fe y palabra de rey.

»Dado en el Escorial el 10 de abril de 1716.

Yo el Rey.»