—Sin duda, le habrían llamado la atención otras particularidades si hubiera usted, como yo, vivido desde hace quince años en su intimidad cotidiana. Así es que á menudo he sorprendido entre ellas los signos de una inteligencia secreta, de una misteriosa complicidad. A más, sus hábitos se han modificado sensiblemente. La señora de Laroque ha echado á un lado su brasero, su garita, y todas sus inocentes manías de criolla; se levanta á una hora fabulosa y se instala desde la aurora con Margarita delante de la mesa de trabajo. A ambas les ha entrado un gusto apasionado por los bordados, y se informan del dinero que una mujer puede ganar por día con este género de labor. Para terminar, hay en esto un misterio cuya palabra en vano me desesperaba por encontrar. Ella acaba de serme revelada y sin deber entrar en los secretos de usted antes de lo que le convenga, he creído deber transmitírsela sin retardo.
Después de las protestas de absoluta confianza, que me apresuré á dirigirle, la señorita de Porhoet continuó en su lenguaje dulce y firme:
—La señora de Aubry fué á verme esta noche á hurtadillas; comenzó por arrojarme sus horribles brazos al cuello, lo que no me gustó nada, y luego, á través de mil jeremiadas personales, que excuso repetir, me ha suplicado que detenga á sus parientes sobre el borde de su ruina.
—He aquí lo que ha oído escuchando á través de las puertas, según su graciosa costumbre; me dijo que esas señoras solicitan en estos momentos autorización para abandonar todos sus bienes á una congregación de Rennes, á fin de suprimir entre Margarita y usted los inconvenientes que les separan. No pudiendo hacerle rico, ellas se hacen pobres. Me ha parecido imposible, primo, dejar á usted ignorar esta determinación, igualmente digna de esas dos almas generosas y de esas dos cabezas quiméricas. Me excusará agregar que su deber es desbaratar á toda costa ese proyecto. Me parece inútil hablar del arrepentimiento que infaliblemente se prepara á nuestras amigas, y de la responsabilidad terrible que las amenaza; usted lo comprende tan bien como yo. Si pudiera, amigo mío, aceptar en el instante la mano de Margarita, el asunto terminaría del modo más feliz; pero se halla ligado á este respecto por un compromiso que, por muy ciego, por muy imprudente que haya sido, no es por eso menos obligatorio para su honor. Sólo le queda un partido que tomar: dejar este país sin demora y cortar resueltamente todas las esperanzas que entretiene su permanencia aquí. Cuando haya partido, me será más fácil volver á esas dos niñas á la razón.
—Pues bien, estoy pronto; partiré esta misma noche.
—Muy bien—continuó:—cuando le doy este consejo amigo mío, yo misma obedezco á una ley de honor bien rigurosa. Usted endulza los últimos momentos de mi larga soledad; me ha vuelto la ilusión de los más dulces encantos de la vida, perdidos por mí hace tantos años. Alejándose usted hago mi último sacrificio... es inmenso.
Se levantó y me miró un momento sin hablar.
—A mi edad no se abraza á los jóvenes—continuó, sonriendo tristemente,—se les bendice. Adiós, querido hijo, y gracias... Que Dios le ayude... Yo besé sus manos temblorosas, y ella me dejó precipitadamente.
Hice á toda prisa mis aprestos para la partida: luego escribí algunas líneas á la señora de Laroque. La suplicaba renunciara á una resolución cuyo alcance no había calculado, y de la que por mi parte, estaba firmemente determinado á no hacerme cómplice. Le daba mi palabra, y ella sabía que podía contarse con ella, que no aceptaría jamás mi felicidad á costa de su ruina. Al terminar, para apartarla mejor de su insensato proyecto, le hablaba vagamente de un porvenir cercano en que fingía entrever esperanzas de fortuna.
A media noche, cuando todos dormían, di un adiós, un cruel adiós á mi retiro, á aquella vieja torre ¡en que tanto había sufrido, donde tanto había amado! y me deslicé en el castillo por una puerta excusada, cuya llave me había sido confiada. Atravesé furtivamente, como un criminal, las galerías vacías y sonoras, guiándome lo mejor que pude en las tinieblas; llegué al fin al salón, donde la había visto por primera vez. Ella y su madre lo habían dejado, hacía apenas una hora; su presencia reciente se manifestaba aún por un perfume dulce y tibio, que me embriagó súbitamente. Busqué y toqué la cesta en que su mano había colgado pocos instantes antes su bordado, comenzado. ¡Ay, pobre corazón! Caí de rodillas ante el lugar que ocupaba, y allí, con la frente sobre el mármol, lloraba y sollozaba como un niño. ¡Dios mío, cómo la amo!