Tal era tambien su flexibilidad, que se prestaban á mil colocaciones, sin causarte jamás el menor dolor. Jamás la punta de la aguja, jamás el diente del peine los partió, jamás tu peinadora tuvo nada que temer. Muchas veces he asistido á su tocador, y jamás tomó la aguja para pincharle los brazos. Más de una vez tambien, por la mañana, con sus cabellos aun desordenados, quedó hasta medio dia acostada en su cama de púrpura, y su descuido no carecia de gracia: se la hubiese tomado entónces por una bacante de la Tracia, muellemente recostada sobre el verde césped para reparar sus fatigas.

Aunque sus cabellos fueran tan flexibles como el vello, ¡cuántas veces, ay fueran puestos en tortura! ¡cuántas veces sufrieron pacientemente el hierro y el fuego, para sujetarse en torneadas trenzas! «Un crímen es, exclamaba yo, sí, es un crímen quemar estos cabellos: ellos mismos se arreglan con gracia: ¡cruel, conserva tu cabeza! Lejos de tí esa violencia: no son cabellos para quemar: muestran ellos mismos su sitio á la aguja.»

Ya no existe aquella bella cabellera de que Apolo y Baco hubieran estado celosos, aquella cabellera comparable á la que Dione, saliendo desnuda de la espuma de las olas, sostenia con sus húmedas manos.

¿Por qué, si no te gustaban, deplorar la pérdida de tus cabellos? Insensata, ¿por qué con mano enojada rechazas el espejo? tus ojos no se fijan en él tan á gusto como otras veces: para gustar aun, tienes necesidad de olvidar lo que eras.

Su caida no es debida á las yerbas encantadas de una enemiga, ni al agua sacada de las fuentes de Hemonia por un pérfido hechicero. No es efecto tampoco de una enfermedad grave (de que el cielo te preserve), ni de los celos de una rival, envidiosa de su hermosura. No, la falta está en tí; á tu propia mano debes la pérdida que te desola, tú misma derramabas el veneno sobre tu cabeza. Entretanto la Germanía te enviará cabellos de esclavos: una nacion vencida se encargará de tu compostura. ¡Cuántas veces, cuando oirás alabar la belleza de tus cabellos, te dirás abochornada: «Hoy dia es un adorno comprado que me hace parecer bella; no sé que Sicambro se admira en mí. Y sin embargo, recuerdo hubo un tiempo en que estos homenajes no se dirigian mas que á mí misma!»

¡Infeliz! ¿qué he dicho? Apenas puede contener sus lágrimas; con sus manos oculta su frente, y el rubor ha pintado sus mejillas hechiceras. Tiene el valor de contemplar sobre sus rodillas los cabellos que no eran hechos para hallarse en este puesto. Calma la perturbacion de tu corazon y de tu mirada: el mal no es irreparable: presto embellecerás aun, con tu primera cabellera.

ELEGIA DECIMAQUINTA.
ARGUMENTO.

Contra los adversarios de la poesía.

¿Por qué me acusas, maldiciente Envidia, de consumir mis años sin hacer nada? ¿por qué llamas á mis versos la obra de un perezoso? ¿por qué reprocharme de no seguir las huellas de nuestros antepasados, de no aprovechar las fuerzas de mi edad para cojer los laureles empolvados del dios de la guerra; de no estudiar la prosa de nuestras leyes, de no prostituir mi palabra en las luchas fastidiosas del foro? Estas obras que alabas, son perecederas; aspiro á una gloria inmortal, á fin de ser celebrado siempre y en todos lugares.

El cantor de Meonia vivirá mientras subsistan Tenedos é Ida, mientras lleve el Simois al mar sus veloces aguas. Vivirá tambien el poeta de Ascra, mientras la uva granará en la viña, mientras los dones de Céres caerán bajo el cortante de la hoz. Siempre hablará el mundo entero del hijo de Batto, aunque en este poeta el arte domine al génio. El coturno de Sófocles no se usará, pero vivirá Arato tanto como el sol y la luna. Tanto como la falacia caracterizará al esclavo; tanto como el padre será severo, la alcahueta pérfida, la cortesana cariñosa, vivirá Menandro. Ennio, que no conoció el arte; Accio, cuyos acentos eran tan varoniles, tienen un nombre que el tiempo no destruirá. ¿Qué siglo no conocerá á Varron, y el primer marinero, y el Vellocino de oro conquistado por un jefe ausonio? Los versos del sublime Lucrecio, no perecerán, sino el dia en que el mundo perezca. Títyro y los segadores, Eneas y sus combates serán leidos, en tanto que Roma sea la reina del mundo que ha conquistado. Mientras el arco y el fuego sean las armas del Amor, se aprenderán tus cantos melodiosos, elegante Tibulo. Galo será conocido por los pueblos de Occidente; Galo será conocido por los pueblos de Oriente; en todas partes, con Galo, será conocida su querida Lycoris.