Así, aunque el tiempo mine los peñascos, aunque destroce el diente de la dura esteva, los versos escapan á la muerte. ¡El cetro con sus conquistas, cedan, pues, el paso á la poesía! ¡Cédanselo tambien, las riberas afortunadas del Tajo, que arrastra el oro con sus aguas!

En buen hora que el vulgo se entusiasme por cosas de poco más ó menos: yo lo que pido es que Apolo me vacie á copa llena el agua de Castalia; que el mirto que teme el frio orne mi cabeza, y que mis versos no dejen de ser leidos por el agitado amante. Viviendo, se sirve de pasto á la Envidia; muerto, se disfruta del reposo á la sombra de la gloria que se ha merecido. Cuando la pira fúnebre me habrá consumido, viviré, y la mejor parte de mí mismo habrá triunfado de la muerte.

LIBRO SEGUNDO.

ELEGIA PRIMERA.
ARGUMENTO.

Por qué en lugar de la Gigantomaquia que tenia comenzada, canta sus Amores.

Vé ahí aun una obra de Ovidio, nacido en la húmeda comarca de los Sabinos, de Ovidio, el cantor de sus propios devaneos. El Amor es aun quien lo ha querido. ¡Lejos de aquí, sí, lejos de aquí bellezas demasiado severas! no sois el auditorio que necesita para sus tiernos acentos. No quiero para lectores más que á la vírgen que se inflama á la vista de su prometido, y el novicio adolescente tocado del primer amor. Quiero que el jóven Romano, herido por el mismo arco que yo, reconozca en mis versos la imágen del fuego que le quema, y que despues de un largo aturdimiento exclame: «¿Cómo, pues, este poeta ha sabido el secreto de mis amores?»

Yo habia osado, me acuerdo, celebrar las guerras de los cielos y el jigante de cien manos; y no es la fuerza lo que me hubiera faltado. Iba á borrar la funesta venganza de la Tierra, y la caida del Pelion rodando con la Ossa desde lo alto del Olimpo donde estaban amontonados. Yo tenia en mis manos las nubes, Júpiter y su rayo, con el cual no hubiese dejado de defender su imperio. Mi dueño me cerró su puerta: inmediatamente dejé allí á Júpiter con su rayo; sí, el mismo Júpiter salió de mi espíritu. ¡Perdon, Júpiter! para nada me sirven tus flechas; esta puerta cerrada podia más sobre mí, que tu rayo. Vuelvo á mis burlas, á mis lijeras elegías; estas son mis únicas armas: la dulzura de mis cantos ablandó bien pronto la dureza de las puertas.

Los versos hacen descender hácia nosotros el disco ensangrentado de la Luna: ellos páran, en medio de su curso, los blancos corceles del Sol. Los versos arrancan á la serpiente su dardo emponzoñado; hacen remontar las aguas hácia su orígen. Los versos han hecho caer puertas; han forzado la cerradura, por bien clavada que estuviese sobre un grueso roble. ¿Qué hubiese yo ganado en cantar al impetuoso Aquiles? ¿Qué hubieran hecho por mí los dos hijos de Atrida, y este rey á quien la guerra ocupó diez años, y que diez años vagó en la ventura, y ese Héctor, inhumanamente arrastrado por los corceles de un príncipe de Hemonia? Pero yo he cantado apenas la belleza de una tierna jóven cuando ella misma viene al encuentro del poeta para sus versos. Es una gran recompensa. ¡Adios, pues, héroes de nombres ilustres! vuestros favores no son los que yo ambiciono. Hermosas niñas, fijad, echad una dulce mirada sobre los versos que me dicta el purpúreo Amor.

ELEGIA SEGUNDA.
ARGUMENTO.

Al eunuco Bagoas, para que le procure fácil acceso junto á la belleza confiada á su guarda.