Oh tú, á quien está confiado el cuidado de guardar á tu señora, escucha, Bagoas, no tengo más que dos palabras que decirte, pero estas dos palabras son importantes. Ayer la ví pasear bajo el pórtico de las hijas de Dánae. Luego, prendado de sus gracias, le dirigí por escrito una súplica. A su vez, ella me escribió con mano trémula: Imposible. ¿Y por qué, imposible? le pregunté. Ella me respondió que tu vigilancia era muy severa.
Si quieres ser cuerdo créeme, guardian importuno, deja de merecer el odio; hacerse temer, es hacerse desear la muerte. Su marido mismo es un loco: ¿por qué tanto atormentar en defender un bien que, para quedar intacto, no necesita vigilancia? Le es permitido, sin duda, dejarse llevar furioso por los transportes de su amor; le es permitido creer casta á una mujer que gusta á todo el mundo. Por tu bien déjala en secreto un poco de libertad: la que tú la darás sabrá bien agradecértela. Consiente en que exista con ella complicidad, y la señora esté bajo las leyes de su esclavo. ¡Esta complicidad te horroriza! ya tú puedes cerrar los ojos. ¿Lee ella un billete aparte? supón que lo recibe de su madre. ¿Llega á ella un desconocido? Tómale por un antiguo amigo. ¿Vá á ver á una amiga enferma que no lo está? Figúrate que lo está en efecto. ¿Tarda en volver? Para no aburrirte en esperar puedes apoyar tu cabeza sobre tus rodillas y roncar á tu contento. No he de inquirir lo que puede hacer en el templo de Isis, lo que pueda pasar en los teatros.
Un cómplice discreto obtendrá siempre honores, y por tanto ¿qué hay menos difícil que callarse? Entonces es amado, gobierna toda la casa; no tiene que temer las entrevistas; para él omnipotencia; para los otros, vil rebaño, la servidumbre. Por ocultar á un marido la verdad, le embauca con quimeras, y, dueños ambos, encuentran bueno lo que no habia de gustar mas que á la mujer. De un marido, por más que frunza la ceja, por más que arrugue la frente, obtiene lo que quiere una mujer cariñosa. Pero es menester que de tiempo en tiempo te busque querella, que vierta lágrimas fingidas, que te trate de verdugo. Tú, entónces, suponle faltas de que pueda con facilidad justificarse: acusándole falsamente, alucina á su marido sobre la verdad. A este precio los honores, á este precio los escudos lloverán sobre tí. Obra de esta suerte, y al instante obtendrás tu libertad.
Ves á los delatores con el cuello cargado de estrechas cadenas; ves á los hombres de pérfido corazon encerrados en oscuros calabozos. Tántalo busca el agua entre aguas y coje los fugaces frutos: el agua y el fruto escapan á sus lábios: vé ahí lo que le ha valido su indiscrecion. Por haber seguido demasiado severamente las órdenes de Juno, el guardian de Io perece en la flor de la edad, Io es una diosa.
He visto cargar de hierro, que le magullaban las piernas, á un indiscreto que habia revelado á un marido los amores incestuosos de su mujer. Merecia un castigo más severo: porque su lengua ruin habia hecho dos víctimas: sumergia al marido en el dolor, y ajaba el honor de la esposa.
Créeme: no es el marido quien quiere semejantes acusaciones; puede oirlas, pero nunca con placer. Si es indiferente, su indiferencia hace inútil vuestra delacion; si ama, os debe su infelicidad. Por otra parte, por evidente que sea la falta de una mujer, no es fácil de probar: tiene en su pro la indulgencia de su juez. Aunque él mismo lo hubiese visto todo, admitirá la negativa, acusará á sus propios ojos, se atormentará á sí mismo. Cuando vea á su mujer llorar, llorará con ella, diciendo: «¡Este maldito hablador me lo pagará caro!» ¡Es desigual la lucha en que te empeñas! Vencido, pasas por azotes, mientras que la bella reposa sobre las rodillas de su juez.
No queremos un crímen: no deseamos vernos para componer bebidas emponzoñadas: en nuestras manos no brilla una espada amenazadora. Lo que pedimos es que por tu mediacion nos podamos amar sin peligro.
¿Hay ruego más inocente?
ELEGIA TERCERA.
ARGUMENTO.
Al mismo, que se mostraba inflexible.