¡Ay de mí! pues guardas mi señora, tú que no eres ni hombre, ni mujer, tú que no puedes conocer los placeres que saborean juntamente dos amantes! El que primero mutiló vergonzosamente la infancia, merecia sufrir á su vez el mismo suplicio. Serias más complaciente, más sensible á mis ruegos, si hubieras amado á alguna mujer. No estás hecho para montar á caballo, para llevar las pesadas armas, para cargar tu mano con la belicosa lanza. Es menester ser hombre para esto; tú, renuncia á todo acto viril. No sigo otras banderas que las de tu señora. A ella es á quien debes servir; aprovecha sus buenas gracias. Si tú la pierdes, ¿para qué servirias? Su figura, su edad, invitan al placer: su belleza no debe marchitarse y perecer en perezoso abandono. Por severo que parezcas, ella no necesita mucho para engañarte. Lo que han resuelto dos amantes, jamás deja de tener efecto: pero como es más fácil valerse de los ruegos, te dirigimos los nuestros, mientras aun tienes tiempo de complacernos.
ELEGIA CUARTA.
ARGUMENTO.
Su inclinacion al amor; por qué todas las bellas, sin distincion, le agradan.
No pretendo justificar el relajamiento de mis costumbres, ni recurrir jamás á pretextos engañosos para excusar mis desvaríos. Confieso mis faltas por si tal declaracion puede ser útil para algo. Ahora que me reconozco culpable, quiero revelar todas mis locuras. Reniego de mis errores, y no puedo dejar de complacerme en los errores que maldigo. ¡Oh! ¡Cuán pesado es de llevar el yugo que se querria sacudir! Yo no tengo ni la fuerza ni el poder de domar mis pasiones: ellas me atraen, como las rápidas olas llevan la lijera barca.
No es tal ó cual belleza la que me inflama: cien motivos me obligan á amar siempre. Si alguna tiene sus ojos modestamente inclinados, mi corazon se enciende, y su pudor es el cepo en que caigo. Si es incitativa, me dejo apresar porque no es novicia, y porque promete ser viva y eficaz sobre un mullido lecho. Si veo una cuyo aire arisco recuerda la severidad de las Sabinas, me figuro que tiene deseos, pero que sabe disimularlos. ¿Eres sábia? me gustas por tus raros talentos: ¿eres ignorante? me gusta tu simplicidad. Esta halla los versos de Calímaco sin gracia en comparacion á los mios; lo agradezco y me gusta al momento: aquella criticando mis versos, me disputa el título de poeta; á pesar de sus críticas quisiera tocarla de cerca. Esta marcha muellemente, su suavidad me encanta: aquella, pesadamente; la aproximidad de un amante le prestará tal vez agilidad. La una canta con gracia, y su garganta flexible exhala los acentos más melodiosos; yo quisiera robar un beso á su boca medio abierta; la otra recorre con un dedo lijero las temblorosas cuerdas de su lira: ¿quién podria dejar de amar manos tan diestras? Esta otra, en fin, me seduce por su danza: amo al ver sus lascivas posiciones, el movimiento cadencioso de sus brazos, su destreza en responder al compás por el contoneo de todo su cuerpo. No hablemos de mí, que todo me inflamo: colocad á Hipólito delante de ella; se volvería un Priapo. Tú que eres alta no cedes á las heroinas de la antigüedad, y tienes tu puesto á lo largo del lecho. Tú que eres baja sabes gustarme tambien. Ambas me arrebatan; la grande y la pequeña me convienen igualmente. ¿Esta está sin adorno? pienso en lo que la compostura podria aumentar sus encantos; ¿aquella está engalanada? brilla con todos sus atractivos. Soy esclavo de la rubia y de la morena, que tambien es agradable Vénus bajo atezado color. ¿Flotan negros cabellos sobre un cuello de nieve? La belleza de Leda consistia en su negra cabellera. ¿Veo blondos cabellos? Una cabellera dorada hace la belleza de la Aurora. En todas partes la historia me ayuda para justificar mi amor. La juventud me encanta, la madurez me seduce: la una tiene en su favor la belleza del cuerpo, la otra su espíritu. En una palabra, de todas las bellas que se admiran en Roma, no hay una que no le apetezca á mi amor.
ELEGIA QUINTA.
ARGUMENTO.
Dirije reproches á su señora, quien, á su vista, mientras fingía dormir, habia dado á otro convidado señales inequívocas de su amor.
¡Cupido; huye con tu carcax! el Amor no tiene bastante precio, para que yo invoque tan frecuentemente la muerte. Sí, yo invoco la muerte cuando sueño en tu perfidia, ingrata belleza, nacida para mi eterna desgracia. No son tus tablitas mal borradas las que me descubren tu conducta: no son los presentes recibidos furtivamente los que revelan tu crímen. Quieran los dioses que acusándote yo, no pueda convencerte. ¡Infeliz de mí! ¿por qué mi causa es tan buena? Dichoso el amante que puede defender valientemente lo que él ama, y á quien su señora puede decir: «¡Yo no soy culpable!» Tiene un corazon de hierro y se abandona demasiado á su ira, aquel que quiere adquirir un laurel ensangrentado por la condenacion de una pérfida.
Desgraciadamente lo he visto todo, cuando tú me creias dormido. Sí, he visto por mis ojos, que el vapor del vino no perturbaba, he visto vuestra traicion. Os he visto entenderos por el movimiento de vuestras cejas: vuestros signos de cabeza, lenguaje bastante claro, eran como palabras. Tus ojos no fueron mudos: se trazaron letras con el vino sobre la mesa: tus propios dedos no estaban sin hablar su lenguaje. A pesar de todos vuestros esfuerzos para ocultarle, he penetrado el sentido de vuestras palabras: he comprendido el valor de los signos convenidos entre vosotros. Ya la mayor parte de los convidados se habian alejado; no quedaban más que dos jóvenes, dormidos por la embriaguez. Yo os ví entonces cambiar culpables besos, besos en los cuales, yo lo he visto, vuestras dos lenguas se confundian; no de los besos que recibia de una hermana un hermano virtuoso, sino de los que dá una tierna mujer á su ávido amante; no de los besos que Febo podia dar á Diana, sino de los que Vénus prodigaba á su querido Marte.
«¿Qué haces tú? exclamaba yo, ¿á quién das los favores que me pertenecen? Es mi derecho, es mi bien; yo la vindico y yo la defenderé. Solo para mí tus caricias, solo para tí las mias; ¿por qué un tercero quiere tener una parte en lo que no pertenece mas que á nosotros dos?»