En estos términos es como se exhalaba mi despecho: el color de la vergüenza cubrió bien pronto sus culpables mejillas. Así se colora el cielo al nacer de la esposa de Titon, ó la jóven virgen á la vista de su prometido: así brillan las rosas en medio de los lirios que las rodean: tal enrojece la luna, detenida en su curso por algun encantamiento; tal aun el marfil asirio, que tiñe una mujer de Meome para impedirle se vuelva amarillo con los años. Tal ó poco menos, era el color de la pérfida, y quizás jamás habia estado más bella. Miraba á tierra y esta mirada era hechicera: la tristeza estaba pintada en su cara y esa misma tristeza la agraciaba. Sus cabellos, y nada era tan bello como sus cabellos, estuve á punto de arrancárselos; sus mejillas delicadas, estuve por abofetearlas.

Cuando mis ojos encontraron los suyos, mis nerviosos brazos cayeron á pesar mio, y mi señora encontró su seguridad en sus armas. Al ver que ella venia amenazante, yo me arrojé á sus rodillas, y la supliqué no me diera menos tiernos besos. Sonrió y me dió de todo su corazon el más dulce beso, uno de esos besos que arrancarian á la mano irritada de Júpiter su rayo luminoso. Lo que me atormenta hoy es el temor de que mi rival habrá recibido de tan deliciosos: yo no quiero que los suyos hayan podido ser del mismo género.

Ciertamente habia en aquel beso mucho más arte del que debe á mis lecciones: me parece que ella habia aprendido algo nuevo. Ese refinamiento de voluptuosidad nada bueno me presagia; tengo por mal lo que más plugo; nuestras lenguas, cruzándose mútuamente, fueron todas enteras estrechadas por nuestros lábios, y con todo no es esto solo lo que me apena: no es solamente de aquellos besos voluptuosos de lo que me quejo, aunque no obstante me compadezco; pero tales lecciones no se dan más que en la cama, y no sé qué maestro ha recibido la inestimable paga.

ELEGIA SEXTA.
ARGUMENTO.

Deplora la muerte del papagayo que habia regalado á su señora.

El ave imitador venido de las Indias Orientales, aquel papagayo no existe. ¡Llegad en tropel á sus funerales; venid todos, piadosos habitantes de los aires; herid vuestro pecho con las alas, y surcad con aguzadas uñas vuestras cabezas delicadas! En defecto de plañideras que se arranquen los cabellos, despedazad vuestras plumas erizadas; en defecto de los acentos del clarin que resuena á lo lejos, haced oir funerarios cantos.

¿Por qué te quejas, Filomela, de la maldad del tirano ismario? el tiempo ha debido poner término á tus lamentos. Resérvalos para la muerte del ave más rara. La suerte de Itis fué un gran motivo de dolor, pero es un asunto muy antiguo.

Vosotras que os balanceais dulcemente en las llanuras de los cielos, y tú más que otra, tórtola querida, exhalad vuestras lúgubres quejas. Estuvo toda su vida en perfecta inteligencia con vosotras, y su fidelidad á toda prueba no se desmintió jamás. Lo que fué el griego Pílades para su amigo Orestes, la tórtola, oh papagayo, lo fué para tí, mientras viviste.

¿De qué te ha servido esa fidelidad? ¿De qué te ha servido el brillante explendor de tu raro plumaje? ¿De qué te ha servido esa voz tan hábil para imitar nuestro lenguaje? ¿De qué te ha servido haber agradado á mi señora desde que le fuiste regalado? ¡infeliz! ¡eras la gloria de las aves, y ya no existes! Tú podrias, por el brillo de tu plumaje, eclipsar la verde esmeralda, y el rojo color de tu pico igualaba al brillo de la púrpura. Ninguna ave en la tierra hablaria tan bien como tú: ¡tan grande era tu habilidad en repetir tartajeando los sonidos que no habias entendido!

La muerte envidiosa te ha herido; tú no declarabas la guerra á ninguna ave, tú eras á la vez hablador y amigo de las dulzuras de la paz. Vemos las codornices, siempre en guerra, y por esto mismo quizás, alcanzar frecuentemente la vejez. Los menores alimentos te bastaban; el placer que encontrabas en hablar no te permitía tomar un frecuente alimento. Una nuez constituia tu comida; algunas adormideras le invitaban al sueño; algunas gotas de agua pura extinguian tu sed. Vemos vivir al insaciable buitre, y al milano, el que en su vuelo, describe grandes círculos en medio de los aires, y al grajo, que pronostica la lluvia. Vemos á la corneja, odiosa á la belicosa Minerva: apenas muere al cabo de nueve siglos. ¡Y ha muerto el pájaro que sabia imitar tan bien la voz del hombre, aquel papagayo, raro presente traido de las extremidades del mundo! Casi siempre las manos avaras de la muerte hieren desde luego lo que hay de mejor en la tierra, y las cosas más malas cumplen su destino. Thérsistes vió los tristes funerales de Phylácides: Héctor estaba reducido á cenizas, cuando sus hermanos aun vivian.