¿Á qué recordar los tiernos votos que hizo por tí mi señora alarmada, votos que el tempestuoso Noto llevó al medio de los mares? Habias alcanzado el séptimo dia, que debia ser el último para tí: ya la Parca habia enteramente dividido su huso: sin embargo, tu lengua tuvo el valor de hacerse oir aun y exclamaste muriendo: «¡Corina, adios!»

En el Elíseo, en la pendiente de una colina hay una selva á la que dan sombra las apiñadas encinas; allí la tierra húmeda está siempre ornada de un verde césped. Aquel lugar, si se dá crédito á la fábula, se dice es la mansion de las aves piadosas: las aves de augurios malos no penetran en él. Es donde habitan los inocentes cisnes y el eterno fénix, siempre único entre las aves. Es donde el pavo real ostenta con orgullo su brillante plumaje, y donde la paloma cariñosa prodiga sus besos á su ávido esposo. Recibido en medio de ellas, en esta riente floresta, nuestro papagayo llama por su lenguaje la atencion de esas piadosas aves.

Sus huesos están cubiertos por una tumba, y esta tumba, pequeña como su cuerpo, presenta una pequeña piedra con esta corta inscripcion: «Por este monumento se puede juzgar cuánto gusté á mi señora: mi boca para hablarla sabia más que un pico de ave.»

ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.

A Corina: niega haber tenido jamás ningun comercio con Cipasis.

¿He de ser siempre el blanco de tus nuevas acusaciones? por más que hagas, tengo que salir victorioso de esta lucha que se repite á cada momento. Si dirijo la vista á las más elevadas gradas del teatro, tú elijes, entre mil, la mujer que debe servir de pretesto á tus quejas. Si los inocentes ojos de una bella se fijan por casualidad en los mios; según tú, mi silencio dice bastante, yo me entiendo con ella. Si alabo á esta, tus uñas acometen sin piedad á tu cabellera; si vitupero á aquella, entonces es para mejor ocultar mi crímen. Si tengo buen color, es que estoy frio contigo; si estoy pálido, es que yo muero de amor por otra.

¡Si al menos tuviera algunas faltas que reprocharme! en este caso se sufre más pacientemente la pena que se tiene merecida. Pero tú me acusas sin razon, y por tu inclinacion en creerlo todo intencionado, destruyes tú misma el efecto que podria causar tu ira. Ves ese animal con largas orejas, ves al pobre pollino: á pesar de los golpes de azote con que se le abruma, no va más lijero.

Ve ahí un nuevo motivo de acusacion. Hoy es Cipasis tu hábil peinadora y dices tú que habrá mancillado conmigo el lecho de su señora. Presérvenme los dioses, ¡si el deseo me diese de ser culpable, de querer serlo con una mujer de vil condicion! ¿Qué hombre libre querria unirse á una esclava, y entre sus brazos apretar un cuerpo magullado de golpes de azote? Añade que es ella quien pone la última mano á tu tocado, y que sus hábiles dedos te lo han vuelto precioso. ¿Y yo insultaria á una muchacha que te es tan adicta? ¿Qué ganaria yo en ello, sino el ser denunciado, despues de haber sufrido una negativa? Te lo juro por Vénus y por el arco de su veleidoso hijo, no soy culpable de este crímen de que me acusas.

ELEGÍA OCTAVA.
ARGUMENTO.

A Cipasis le pregunta cómo Corina ha podido saber el secreto de sus amores.