Cipasis, tú que tan bien sabes componer de mil maneras un peinado, tú que eres digna de no peinar mas que á las diosas, tú cuyo mérito conozco por un dulce latrocinio; tú, tan estimada por tu señora, pero más por mí, dime ¿quién ha podido revelar el secreto de nuestros amores? ¿Cómo Corina ha podido sospechar nuestros placeres? Esto me abochorna. ¿Acaso se me ha escapado una sola palabra que pueda descubrir nuestras furtivas voluptuosidades? Por el contrario, ¿no tengo jurado que para querer ser culpable con una sirvienta, era menester no tener sentido comun?

Y por tanto el héroe de Thesalia se ha consumido de amor por la bella Briseidos, que no era más que una sirvienta. Una sirvienta fué la sacerdotisa que supo conquistar al rey Miceno. ¿Soy, pues, más grande que Aquiles, más grande que el descendiente de Tántalo? ¿Lo que fué conveniente para los reyes seria para mí un asunto vergonzoso?

Sin embargo, cuando ella fijó en tí sus airadas miradas, ví colorearse tus mejillas. Para mayor seguridad, si no lo has olvidado, ¡he tomado en testimonio de mi inocencia á la augusta Vénus! Y tú misma, sí, tú, bella diosa, ordena que ese perjurio de un corazon inocente, sea por el ardiente aliento del Noto, llevado más allá de las olas carpathianas.

Por tal servicio, otórgame, morena Cipasis, el dulce favor de encontrarme hoy á solas contigo. ¿Por qué rehúsas? ¿por qué, ingrata, finges nuevas alarmas? Basta haber bien merecido de uno de tus amos. Si eres bastante necia para rechazarme, referiré lo que hemos hecho; yo me convertiré en mi propio acusador, y diré, Cipasis, sí, yo diré á tu señora el lugar y el número de nuestras citas, y también el número y naturaleza de nuestros placeres.

ELEGIA NOVENA.
ARGUMENTO.

A Cupido: le exhorta para que no gaste todas sus flechas contra él solo.

Cupido, oh tú, que siempre te me muestras irritado, tú que nunca permites el descanso á mi corazon, ¿por qué soy objeto de tus golpes, yo que nunca he abandonado tu bandera? ¿por qué herirme en mi propio campo? ¿por qué tu hacha quema á tus amigos? ¿por qué tu arco les traspasa con sus flechas? Habria más gloria en vencer á un rebelde. ¡Qué! ¿el héroe hemoniano despues de haber pasado á Telefo con su lanza, no curó con su lanza la herida de su enemigo? El cazador persigue al animal que huye; y una vez alcanzado le deja para ir siempre á la pista de una nueva presa. ¡Reservas para nosotros, que somos tus semejantes, la fuerza de tus armas; y tu brazo entorpecido no sabe herir al enemigo que te resiste! ¿A qué viene embolar tus afiladas flechas en los huesos descarnados? porque el amor solo me ha dejado el hueso. ¡Sin amor hay tantas jóvenes! ¡Hay tantos jóvenes sin amor! En ellos pues alcanzarás un triunfo glorioso.

Si Roma no hubiese desplegado sus fuerzas por todo el universo, hoy no seria aun sino un conjunto de chozas. El fatigado soldado abandona la guerra por el campo que acaba de dársele. El corcel, libre de su prision, corre á brincar en los prados; extensos muelles resguardan el buque vuelto de nuevo al puerto, y el gladiador recibe en cambio de sus armas, la varilla que le libra de los combates, y yo que puedo contar tantas campañas al servicio del Amor, ¿no seria tiempo de que viviese tranquilo?

Y sin embargo, si un dios me dijese: «En adelante vive sin amor;» yo me defenderia; ¡tan dulce es el mal de amor! No sé qué vértigo arrastra mi mal aconsejada alma cuando estoy bien repuesto de amor, cuando no experimento sus fuegos. Como el caballero, recogiendo en vano las riendas blanqueadas por la espuma, se vé arrebatado en el precipicio por su corcel que no siente el freno; como el esquife, cerca de tocar la tierra y de llegar al puerto, se vé á un tiempo arrojado por un golpe de viento; así yo soy arrastrado aquí y allá por el soplo incierto de Cupido, y el Amor de color de rosa vuelve á tomar contra mí sus acostumbradas tretas.

Tira, niño, he depuesto las armas, y me ofrezco desnudo á tus tiros. Desplega aquí tus fuerzas, y haz ver aquí tu destreza. Vé ahí el punto en que, sin oir tus órdenes, vienen las mismas flechas á clavarse: apenas el carcax le es tan conocido como mi corazon. ¡Triste de quien puede descansar una noche entera, y comprar á gran precio el sueño! ¡Insensato! ¿Qué es el sueño sino la imágen de la fria muerte? Los destinos te reservan un largo reposo.