Quiero que mi señora me engañe alguna vez con promesas falaces: la esperanza por lo menos será para mí una verdadera dicha; quiero que ella ya me acaricie, ya me riña: que frecuentemente se me entregue, que frecuentemente me rechace. Si Mario, (Marte), es inconstante, lo es por tí, Cupido; el amante de tu madre, imitándote, lleva de aquí para allá sus armas. Eres veleidoso, eres cien veces más lijero que tus alas, y, siempre inconstante, dás y rehusas el placer á medida de tu capricho. Si no obstante, tu graciosa madre y tú os dignais atender mis súplicas, ven á reinar como dueño en mi corazon y no lo abandones jamás. Que las hermosas, en veleidoso tropel, acudan bajo tu imperio: tú serás, á este precio, adorado de los dos sexos á la vez.

ELEGIA DÉCIMA.
ARGUMENTO.

A Grecino: se puede muy bien, dígase lo que se quiera, amar á dos mujeres á la vez.

Tú eras, Grecino, lo recuerdo, quien me negaba que pudiese amar á dos mujeres á un mismo tiempo. Gracias á tí he sucumbido; gracias á tí he sido apresado sin defensa, y vé aquí que tengo vergüenza, vé aquí que amo á dos mujeres á la vez, bellas las dos, las dos en estado de buen servicio: seria imposible decir cuál tiene más talento. La primera aventaja en belleza á la segunda, esta á la primera: tan pronto es una como otra la que más me place. Mi corazon, como el esquife batido por los opuestos vientos, marcha á la ventura, dividido entre estos dos amores. ¿Por qué, diosa del monte Erycino, multiplicar así mis eternos tormentos? ¿No era bastante tener que ocuparme de una sola querida? ¿Por qué añadir hojas á los árboles, estrellas al cielo, y nuevas aguas á las olas del inmenso Océano?

Prefiero, no obstante, amar así, á consumirme sin amor. ¡Para mis enemigos una vida sin voluptuosidad; para mis enemigos el sueño en una cama solitaria y la facilidad de descansar contentos en medio de un lecho no dividido! Para mí, quiero que el cruel amor me arranque á las dulzuras del sueño; no quiero ser solo en estrujar el plumon de mi cama. Que solo una mujer apure sin obstáculo mi amor, si una sola puede hacerlo; y si no es suficiente una, que sean dos. Mi cuerpo seco, pero no débil, me dará fuerza; es la gordura y no el vigor lo que le falta. Por otra parte la voluptuosidad me animará con su poder: jamás he quedado en falla junto á una hermosa. Frecuentemente, despues de una noche consagrada al placer, me he encontrado por la mañana lleno de vigor y dispuesto á la accion. ¡Dichoso quien muere en los dulces combates de Vénus! ¡Hagan los dioses que yo encuentre ese dia la muerte!

Que el soldado presente su pecho á los dardos del enemigo, que compre al precio de su sangre una gloria inmortal; que el avaro busque lejos las riquezas, y que, sumergido en los mares que ha cansado su nave, trague las aguas con su boca perjura: por lo que á mí toca, quiero encanecer bajo la bandera de Vénus, quiero morir en medio de la lucha, y que puedan decir llorando sobre mi sepulcro: «Ha muerto como ha vivido.»

ELEGIA ONCENA.
ARGUMENTO.

Trata de disuadir á Corina de su proyecto de ir á las bayas de Campania.

El Argo, despojado del monte Peliaco, es el primero que se abrió en las olas embravecidas un camino peligroso y sembrado de escollos, para traer el toison de oro. ¡Oh! ¡quiera el cielo que Argo haya sido absorbido en los profundos abismos del mar, á fin de que ningun mortal fatigue con su remo la inmensidad de las olas!

Vé aquí que, abandonando su cama acostumbrada y sus penates domésticos, Corina se va á confiar al falaz elemento. ¿Por qué obligas á tu desgraciado amante á temer para tí el Zéfiro y el Euro, el viento glacial de Borea y el caliente aliento del Noto? No verás en tu camino ni villas ni selvas dignas de ser admiradas. Por todo espectáculo no tendrás más que la vista de un mar azulado y pérfido. No es lejos donde se encuentran lijeros mariscos y guijarros ricamente matizados, sino en las claras aguas de la ribera. La ribera es, pues, solamente la que debeis, jóvenes bellezas, hollar con vuestros delicados piés: solo allí hay seguridad: más allá existen escondidos escollos. Que otros os cuenten los combates que libran los vientos, qué mares son infestados por Carybdis y Scyla, sobre qué rocas están asentados, amenazantes, los montes Ceranios, en qué lugar están escondidas las Syrtes ó Malea. Que otros os instruyan, cualesquiera que sean sus relaciones, creedlas: creer en la relacion de una tempestad, no es correr riesgo alguno.