Se está mucho tiempo sin ver la tierra, cuando, una vez apartado de la ribera, la nave voga á velas llenas en el vasto mar. El navegante inquieto teme el furor de los vientos, y vé la muerte tan cerca como las olas. ¿Qué vendrás á ser tú si Triton levanta con furia sus agitadas ondas? ¡Cómo entonces palidecerá tu semblante! Invocando á los compasivos hijos de la fecunda Leda, exclamarás: «¡Dichoso aquel que vive en su tierra natal!» Es mucho más seguro dormir en buen lecho, leer algun libro, hacer resonar bajo sus dedos la lira de Thracia.

Pero si el viento de las tempestades se lleva mis vanas palabras, ¡que al menos favorezca Galatea á la nave que te conduce! Si llega á perecer tal belleza, vuestro seria el crímen y de vuestro padre, Diosas y Nereidas. Parte pensando en mí para volver al primer viento propicio, y que su soplo más fuerte hinche entonces tus velas. Que el poderoso Nereo vuelva la mar inclinada sobre esta ribera; que el viento empuje las naves hácia aquí: y por aquí el flujo precipite las aguas. Tú misma ruega á los céfiros soplen de lleno en tus velas, que tus propias manos ayudarán á hacer mover.

Yo seré el primero en descubrir desde la ribera tu nave querida; y diré: «esa nave trae otra vez mis dioses.» Te recibiré en mis brazos, tomaré rápidamente desordenados besos; la víctima ofrecida para tu regreso caerá al pié de los altares. Extenderé en forma de lecho la lijera arena de la playa, y el primer otero nos servirá de mesa. Allí con el vaso en la mano me contarás todas tus aventuras; me describirás tu navío medio engullido por las oleadas; me dirás que viniendo hácia mí no temias ni al frio ni á la noche, ni á los austros impetuosos. Todo esto, aunque fuese fingido, será verdad para mí; lo creeré todo. ¿Y por qué no he de creer yo con complacencia lo que más deseo? ¡Ojalá pudiese la estrella de la mañana, brillando en un cielo sin nubes, traerme desde luego este dichoso dia!

ELEGIA DUODÉCIMA.
ARGUMENTO.

Se goza de haber por fin obtenido los favores de Corina.

Ceñid mi frente, laureles de la victoria. Soy vencedor: Corina está en mis brazos; aquella que un marido, que un guardian, que una puerta de encina, ¡que tanto antemural ponian al abrigo de una sorpresa! La victoria que, ante todas las otras, merece los honores del triunfo, es seguramente aquella que no está manchada por la sangre del vencido. No son humildes murallas, no son plazas cercadas por estrechos fosos, una bella es la que he sabido tomar por asalto.

Cuando Pérgamo cayó, despues de diez años de guerra, ¿qué parte de honor, entre tantos sitiadores, alcanza el hijo de Atreo? Mi gloria, es mia, me es toda personal: ningun soldado puede reclamar su parte, ninguno tiene título para pretenderla. Como jefe y soldado á la vez he logrado mis fines: yo mismo fuí á la vez caballero, infante, abanderado, y en mis hechos no tuvo lugar la casualidad. ¡Para mí, pues, mi triunfo que es premio de mis esfuerzos!

No seré tampoco la causa de una nueva guerra. Sin el rapto de la hija de Píndaro, la paz de Europa y del Asia no se hubiese alterado. Una mujer es quien, con el vino, arma vergonzosamente, unos contra otros, á los salvajes Lapithas y la raza monstruosa de los Centauros. Una mujer es quien en tu reino, justo latino, obligó á los Troyanos á empezar de nuevo desastrosas guerras. Una mujer es quien, desde los primeros tiempos de Roma, fué causa del sangriento combate en que los Romanos tuvieron que defenderse contra sus suegros. He visto pelearse los toros por una blanca vaquilla, que, espectadora de la lucha, animaba su valor. Yo tambien soy uno de los numerosos soldados del Amor; pero es sin efusion de sangre como me hace seguir sus estandartes.

ELEGÍA DÉCIMOTERCIA.
ARGUMENTO.

A Isis: le pide proteja la preñez de Corina.