Pero tú, que estás tan seguro á la vista de tu bella compañera, comienza desde hoy á cerrar tu puerta desde la caida del dia; comienza á preguntar á quien viene tan frecuentemente á golpearla furtivamente; lo que hace ladrar á tus perros en el silencio de la noche; entérate de los billetes que lleva y vuelve á llevar una diligente sirvienta; y por qué tu bella, tan á menudo, quiere dormir sola en su cama. Deja en fin estos cuidados roedores penetrar alguna vez hasta la médula de tus huesos, y dame lugar para recurrir á la astucia.
Ha nacido para hurtar la arena de las riberas desiertas, quien puede ser amante de la mujer de un tonto. Te prevengo, que si no vigilas más á tu mujer, no tardará en cesar de ser mi señora. Yo esperaba que llegaria dia en que tu atenta vigilancia me obligase á más astucia. Tú no te mueves, tú sufres lo que no sufriria ningun marido. ¡Ah, bien! soy yo quien pondrá fin á un amor que tú permites.
¡Qué desgraciado soy! ¿No es esto lo mismo que decir que jamás me impedirás la entrada en tu casa? ¿Que no estaré durante la noche expuesto á tu venganza? ¿Que jamás tendré nada que temer de tí? ¿Que jamás encontrará mi sueño un suspiro tímido? ¡Qué! ¿no harás nada que me dé el derecho de desear tu muerte? ¿Es á mí á quien conviene un marido fácil, un marido que prostituye á su mujer? Tú acabas de emponzoñar mis placeres con tu complacencia. ¿Por qué no buscas á otro, que se avenga á una tan prolongada paciencia? Si te conviene que yo sea tu rival, prohíbeme serlo.
LIBRO TERCERO.
ELEGÍA PRIMERA.
ARGUMENTO.
La Tragedia y la Elegía se disputan la posesion de Ovidio.
Existe una antigua selva, que durante largos años ha permanecido virgen, y se la cree el santuario de una divinidad. En medio hay una fuente sagrada, que domina una gruta cortada en la roca: el aire resuena al alrededor, con el dulce murmullo de las aves. Paseándome un dia en los espesos sotos de este bosque, pensaba sobre qué género de obra ocuparia mi musa.
Ví venir hácia mí la Elegía con los cabellos olorosos y atados con arte; y, si no me engaño, uno de sus piés era más largo que el otro. Su aire era decente: su ropa, del tisú más lijero; su aspecto, el de una amante. El defecto mismo de sus piés aumentaba su gracia. Ví venir tambien á la Tragedia avanzándose á grandes pasos, la mirada feroz, los cabellos dispersos, la ropa talar. En su mano izquierda llevaba con arrogancia el cetro de los reyes; sus piés calzaban noblemente el coturno Lydio.
La primera, dirigiéndose á mi, me dijo: «¿Cuál será, cuál será el término de tus amores, poeta infiel á mi culto? En los festines licenciosos cuéntanse tus locuras, cuéntanse en las encrucijadas. Casi siempre que pasas te señalan con el dedo, y dicen: «Ved ahí ese poeta á quien consume el cruel Amor.» Tú eres, sin duda, la fábula de la capital cuando cuentas sin pudor tus espansiones amorosas. Tiempo es ya de que, cediendo á los impulsos del thyrso, trates asuntos más elevados. Por largo tiempo has estado reposado; emprende una nueva obra. El asunto de tus cantos apoca tu génio: celebra los grandes hechos de los guerreros. ¿Soy yo, dirás tú, para servir en esa carrera? ¿Pero tu Musa no ha prodigado bastantes canciones á las bellas? Tu primera juventud está enteramente entregada á esas bagatelas. Sé conmigo ahora; que yo te debo el nombre de Tragedia romana. Tu génio puede bastar para esta noble tasca.» Dijo ella, y, apoyándose con altanería en sus coturnos bordados, sacudió tres ó cuatro veces su cabeza sombreada por una espesa cabellera.
La Elegía, si no recuerdo mal, sonrió mirándome de soslayo. Tenia, si no me engaño, un ramo de mirto en la mano. «¿Por qué, dijo, orgullosa Tragedia, me tratas con tan pocos miramientos? ¿no puedes jamás dejar de ser severa? Esta vez no obstante has tenido á bien combatirme en versos desiguales con mi propia rima. No comparo mis cantos á tus sublimes acentos: tu soberbio palacio aplasta mi humilde morada. Lijera como soy, me deleito con Cupido, no menos lijero que yo. No tengo la vanidad de creerme superior á mi papel. Sin mí, la madre del voluptuoso Amor no tendria tantos encantos: soy la auxiliar y la compañera de esta diosa. La puerta que no sabria forzar tu duro coturno, se abre á los dulces acentos de mi voz; y sin embargo, si mi poder es superior al tuyo, lo debo á la paciencia con la cual sufro bien las cosas que sublevarian tu orgullo. De mí aprende Corina á engañar á su guardian, á forzar la cerradura de una puerta rigurosamente cerrada, á salir furtivamente de su lecho, vestida de una túnica arremangada, y á avanzar con paso sordo, en las tinieblas de la noche.