Puesto que esta es mi suerte, me limito á profesar el arte de amar; y soy el primero ¡ay! abrumado bajo el peso de mis preceptos. O escribo una carta de Penélope á Ulyses, ó pinto tus lágrimas, Phyllis, cuando te ves abandonada. Escribo á Páris y á Macarea, y al ingrato Jason, y al padre de Hippólyto, y al mismo Hippólyto. Repito los lamentos de la infortunada Didon, armada de su amenazante espada, y los suspiros de la heroina de Lesbos, amiga de la lira Eolia.
¡Con qué velocidad mi amigo Sabino ha recorrido el mundo, y traido de mil diversos lugares la respuesta á estas letras! La casta Penélope ha reconocido el sello de Ulyses, y la suegra de Hippólyto ha leido los reproches que él le dirije. Ya el piadoso Eneas ha respondido á la muy desgraciada Elisa; y Phyllis, si con todo eso ella respirara, tambien tiene su respuesta. Las tristes despedidas de Jason han llegado á Hypsipyle; y Safo, querida de Apolo, no tiene mas que depositar á los piés del Dios la Lyra que le tiene consagrada.
Pero tú tambien, Macer, cantando los combates y los trabajos de Marte, tú tambien has hablado, tanto como has podido, del amor y de sus tesoros. En tu poema figuran Páris, y aquel adúltero cuyo crímen ha hecho tanto ruido, y Laodamia acompañando á su esposo que ya no existe. Sí, te conozco bien, tratas estos asuntos tan de buena gana como los combates, y pasas frecuentemente de tu campo al mio.
ELEGIA DÉCIMANOVENA.
ARGUMENTO.
A un hombre cuya mujer amaba.
Insensato, si para tí tú no tienes necesidad de vigilar tu mujer, vigílala al menos para mí á fin de hacérmela desear más. Lo que nos está permitido nos es insípido; lo que nos está prohibido excita más fuertemente nuestra pasion.
Aquel que ama lo que otro le permite amar, tiene un corazon de hierro. En cuanto á nosotros, los que sabemos amar, nos falta esperar y temer á la vez, y, para desear más vivamente, tener que sufrir algunas repulsas.
Que no se me hable de una fortuna que me pondria al abrigo de toda decepcion. No sabria amar lo que no pueda inquietarme en ningun tiempo. Este es mi flaco; bien lo habia visto la astuta Corina: demasiado sabia ella por dónde podíaseme cojer. ¡Cuántas veces, ay le tengo visto ¡la mentirosa! fingir un violento mal de cabeza, á fin de despedirme! ¡Cuántas veces he debido, aunque me costase, alejarme á paso lento! ¡Cuántas veces me ha supuesto culpas, y, culpable ella misma, se ha supuesto la inocente! Despues de haberme atormentado, despues de haber así reanimado mis fuegos medio apagados, volvía á estar dulce y sensible á mis deseos. ¡Qué de caricias, qué de ternuras entonces me prodigaba! ¡Cuántos besos y ¡grandes dioses! qué besos!
Tú tambien, que recientemente has embelesado mis ojos, recurre frecuentemente á la astucia, seas á menudo sorda á mis súplicas; déjame tendido en el umbral de tu puerta, sufrir el penetrante frio de una larga noche de invierno. Mi amor no tiene fuerza, únicamente á este precio tiene duracion. Vé ahí lo que le falta, vé ahí lo que alimenta mi pasion. Un amor llano y sin dificultad me llega á ser insípido: es como un manjar muy dulce, que no puede excitarme el corazon. Si nunca Danae hubiese estado encerrada en una torre de metal, jamás Júpiter la hubiese hecho madre. Juno, haciendo vigilar á Io, con la frente cargada de cuernos, la volvió á los ojos de Júpiter más graciosa que antes.
Aquel que limita sus deseos á lo que es fácil y permitido, vaya á cojer la hoja sobre los árboles, y beba en plena ribera. Bellas, si quereis aseguraros un largo imperio, sabed abusar de vuestros amantes. ¡Ay! ¿Para qué es menester que yo dé lecciones contra mí mismo? No importa; ame quien quiera una complacencia sin límites: á mí me sirve de molestia. Yo huyo de quien se detiene á mi paso, y me detengo al paso de quien de mí huye.