[9] Abruzo.

ELEGIA DÉCIMASÉPTIMA.
ARGUMENTO.

Se compadece de Corina, demasiado engreida de su belleza.

Si hay alguno que piense que es vergonzoso el ser el esclavo de una bella, acepto su condenacion. Que me declare pues infame, con tal que la diosa que reina á Paphos y á Cytheres me trate con un poco más miramiento. ¿Por qué no he sido el esclavo de una amante sensible y dulce, puesto que yo habia nacido para ser el esclavo de una bella? La belleza dá orgullo: la belleza de Corina la vuelve intratable. ¡Ay! ¡por qué se conoce tan bien! De su espejo saca su arrogancia; aunque no se mira en él mas que despues de componerse.

Si tu belleza, nacida para hechizar mis ojos, te asegura el imperio de todos los corazones, no debes, comparándome á tí, despreciarme; la inferioridad puede asociarse con la grandeza. Se sabe que la ninfa Calipso, ardiendo en amor por un simple mortal, le retiene contra su voluntad para hacerle su esposo. Se sabe que una de las Nereidas no se abochornaba por tener comercio con el rey de Phthia, Egeria con el justo Numa, Vénus con Vulcano, cojo, y todo sucio como está al dejar su yunque. Estos versos no son de un metro igual, y por tanto el verso heróico se combina muy bien con un verso de más pequeño corte.

Tú tambien, oh alma mia, acójeme á cualquier título que sea. Que de lo alto de tu lecho te plazca dictarme leyes. No verás nunca en mí un acusador pronto á vengarse de su desgracia: no tendrás que negar nuestro amor.

Que cerca de tí mis versos suplan en mí la riqueza. Más de una bella quiere deberme su celebridad. Sé de una que en todas partes va haciéndose pasar por Corina: ¿por serlo efectivamente qué no daria ella? Pero como no se vé correr por un mismo cauce al fresco Eurotas y al Pó guarnecido de chopos, del mismo modo ninguna otra que tú será el objeto de mis cantos: solo á tí está reservado inspirar mi genio.

ELEGIA DÉCIMAOCTAVA.
ARGUMENTO.

A Macer: se justifica de entregarse enteramente á cantos eróticos.

Mientras que juntas en tus versos la cólera de Aquiles, y revistes de sus primeras armas á los héroes encadenados por sus juramentos, yo, Macer, gozo del reposo á la sombra de la indolente Vénus, y el tierno Amor viene á parar el vuelo audaz de mi genio. Más de una vez he dicho á mi señora: «Basta ya, retírate,» y al punto ella se sienta sobre mis rodillas. Frecuentemente le he dicho: «En verdad estoy avergonzado;» y ella, reteniendo con pena sus lágrimas, exclamaba: «¡Qué desgraciada soy! ¡ya te avergüenzas de amarme!» Entónces estrechándome entre sus brazos, me prodigaba mil besos de aquellos que hacen mi perdicion. Estoy vencido; mi espíritu no sueña en los combates: lo que yo canto son mis hazañas domésticas y mis guerras privadas. No obstante he manejado el cetro; mi pluma ha osado abordar la trajedia, y la empresa no era superior á mis fuerzas. El Amor se echó á reir al ver mi noble manto, mi coturno pintado y mi cetro tan bien llevado por manos para las cuales está hecho. Las exigencias de una señora imperiosa me han arrancado de este trabajo, y el poeta de coturno es batido por el Amor.