ELEGIA DÉCIMASEXTA.
ARGUMENTO.
Á Corina, induciéndola á que vaya á verle en su casa de campo de Sulmona.
Estoy en Sulmona, tercer canton del territorio de los Sabinos[9]. Este canton es pequeño, pero el aire es saludable, gracias á frescas fuentes de agua viva. Aunque los rayos más cercanos del sol hienden aquí la tierra, aunque se sienten los ardores funestos de la canícula, límpidos arroyos serpentean á través de los campos Pelignos, y una vejetacion vigorosa cubre el suelo de fresco césped. El pais es fértil en trigo, más fértil aun en uva: produce alguna vez ademas la almendra que viene del árbol de Palas. Las aguas que corren por las praderas las tienen al instante cubiertas de una yerba nueva, y el suelo, siempre refrescado, presenta un espeso tapiz de verdura.
Pero allí no se encuentra mi amor; me engaño de una palabra: allí no se encuentra el objeto de mi amor, mi amor se encuentra solo. Aunque se me colocase entre Castor y Pollux, sin tí yo no querria habitar el cielo.
¡Que la muerte sea cruel y la tierra pesada á aquellos que han trazado los primeros, en sus carreras, lejanos surcos en el globo! Al menos debian mandar á las jóvenes bellezas á acompañar á sus amantes, si fuera menester surcar la tierra por caminos interminables. Por lo que á mí toca, si habia de trepar, helado de frio, los Alpes expuestos á todos los vientos, este viaje, penoso como es, me pareceria dulce con mi señora; con mi señora, no dudaria en atravesar los Sirtes de la Libia, en presentar mi vela al pérfido Noto; con ella no temería ni á los mónstruos marinos que ladran á los lados de Scila, ni tus estrechas gargantas, tortuosa Malea, ni las aguas que el infatigable Caribdis, hartada sin cesar de navíos sumergidos, vomita y engulle de nuevo.
Que si los vientos son más fuertes que Neptuno, si las olas se llevan los dioses que nos protejen, enlaza á mis hombros tus brazos tan blancos como la nieve, yo llevaré fácilmente tan dulce peso. Frecuentemente, para ir á ver á Hero, su jóven amante habia atravesado los mares á nado; no hubiese perecido, sin la oscuridad que ocultó el camino á sus ojos.
Yo, aquí solo sin mi señora, tengo agradable vista de ricos viñedos, de campos en todas partes bañados por límpidos rios; veo al agua, obedeciendo al cultivador, dividirse en numerosos arroyos, y las hojas de los árboles suavemente agitadas por el fresco aliento de los vientos; mas no creo habitar el bello pais de los Pelignos; no encuentro la heredad de mis antepasados, el lugar que me ha visto nacer; me creo en medio de la Scythia, de los bravos cilicianos, de los Bretones con el rostro pintado de verde y entre peñascos teñidos con la sangre de Prometheo.
El olmo ama la viña, la viña se une al olmo; ¿por qué estoy tan á menudo lejos de mi señora? Sin embargo, tú debias no separarte nunca: tú me lo habias jurado, y por mí y por tus ojos que son mis astros tutelares. Más lijeras que las hojas de otoño, las vanas promesas de la belleza huyen siempre á merced de los céfiros y de las aguas.
Si por tanto eres aun sensible á mi desamparo, comienza en fin á cumplir tus promesas; sube sin más tardar en un carro lijero tirado por dos veloces caballos, y sacude tú misma las riendas sobre su clin flotante. Y vosotros, montes orgullosos, humillaos á su paso; y vosotros, tortuosos valles, abridle fácil camino.