¿Por qué despojar á la viña fecunda del racimo que crece? ¿Por qué, con mano cruel, arrancar el fruto antes de su madurez? muerto caerá por sí mismo; una vez nacido, déjale crecer; la vida es bastante buen premio para algunos meses de paciencia.

Mujeres, ¿por qué manchais vuestras entrañas con un hierro homicida? ¿Por qué presentais el cruel veneno al niño que aun no existe? Se maldice á la madrastra de Colquida, que se manchó con la sangre de sus hijos y se compadece á Itis degollado por su madre. Sí, estas dos mujeres fueron bárbaras; pero su barbarie tenia un motivo: se vengaban de sus esposos en los hijos que tenian de ellos. ¿Os escita, decidme, algun Tereo, algun Jason á despedazar vuestras entrañas con sacrílega mano?

Jamás se ha visto tanta crueldad en los tigres de las cuevas de la Armenia; jamás la leona se atrevió á procurar el aborto. Á las tiernas bellezas estaba reservado el intentarlo, pero no impunemente. Ahogando á su hijo en su seno, perece muchas veces la madre. Perece, y se lo lleva toda desmelenada en su lecho de dolor; y todos exclaman al verla: «¡Lo tiene bien merecido!»

Pero que mis vanas palabras se pierdan en el aire; ¡que mis presajios queden sin efecto! Dioses clementes, sufrid que Corina haya cometido impunemente una primera falla, es todo lo que pido. Que el castigo sea reservado para la segunda.

ELEGÍA DÉCIMAQUINTA.
ARGUMENTO.

Al anillo que él habia enviado como presente á su señora.

Anillo, que vas á ceñir el dedo de mi bella señora, tú que no tienes otro precio que el amor de aquel que te dá, sé para ella un presente agradable: ojalá te reciba con placer, ¡y te coloque desde luego en su dedo! Sé hecho para ella, como ella para mí; que tu círculo abrace cómodamente su dedo, sin lastimarlo.

Dichoso anillo, tú vas á ser tocado por mi señora. ¡Ay! yo envidio ya la suerte de mi presente. ¡Oh! que no pueda yo de un golpe transformarme en tí, por el arte del májico de Ea ó del viejo de Carpthos. Entonces yo querría que tú tocaras su cuello, ó te introdujeses con su mano izquierda bajo su túnica. Yo me escaparia de su dedo, por muy apretado y ajustado que estuviese, y me libertaria por encantamiento para ir á caer sobre su seno. Yo tambien, cuando ella querria sellar sus tabletas misteriosas, é impedir á la cera adherirse á la piedra muy seca, yo tocaria ante todo los húmedos lábios de mi bella señora, con tal solamente de no sellar jamás un escrito doloroso para mí. Si ella quiere hacerme colocar en su joyero, rehusaré dejar su dedo; me encojeré para sujetarle más fuertemente.

Que jamás, oh tú que eres mi vida, sea yo para tí un motivo de vergüenza, una carga muy pesada para tu delicado dedo. Llévame, ya te zambullas en un baño tibio, ya te bañes en el agua corriente. Pero quizá entonces viéndote desnuda, el amor despertará mis sentidos, y ese mismo anillo tomará de nuevo su papel de amante.

¡Ay! ¿qué significan estos avisos inútiles? Parte, débil presente, y que mi señora no vea en tí más que la prenda de mi fidelidad.