Ya la liza se abre de nuevo, la barrera está levantada, y los rivales, á quienes distingue su color, lanzan sus caballos en la arena. Esta vez al menos sé vencedor, y vuela por el espacio que se abre ante tí. Haz que mis votos, y los de mi señora se vean cumplidos. Lo son efectivamente los de mi señora y aun más los mios. Ha conquistado la palma; me resta ganar la mia.» La bella ha sonreido, y su chispeante mirada ha prometido alguna cosa. Por ahora es bastante: en otra parte darás el resto.
NOTAS AL PIE:
[10] Carro de dos ruedas con cuatro caballos. (N. T.)
ELEGÍA TERCERA.
ARGUMENTO.
A su amiga, que habia faltado á sus juramentos.
¿En adelante creeré que hay dioses? ¡Ella ha hecho traicion á la fé jurada, y su belleza es la misma que antes! Tan larga como era su cabellera antes que tomase por testimonio á los dioses, tan larga es hoy día en que los ha engañado.
Las rosas se mezclaban á la blancura de su color, y su tez ostenta aun el matiz de las rosas.
Tenia un pequeño pié, y su pié es aun lo que tiene de más lindo. Su talle era á la vez noble y gracioso; noble y gracioso es aun su talle. Los ojos relumbrantes que tan frecuentemente me han engañado, los ojos, semejantes á dos astros, lanzan aun los mismos fuegos.
Así los mismos dioses permiten el perjurio á las bellas, y la misma belleza es una diosa. No há mucho, no lo he olvidado, ella juraba por sus ojos y los mios; y los mios han vertido lágrimas. ¡Oh dioses! si la perfidia ha podido abusar de vosotros impunemente, decid, ¿por qué me habeis penado de su crímen? pero no temeis en hacer condenar á muerte á la hija de Cefea, para castigar en ella el orgullo de su madre. Si no es bastante que yo haya encontrado en vosotros testigos sin valor, y que ella triunfe hoy dia de haberos engañado, al mismo tiempo que á mí; ¿será menester aun que sufra yo la pena de su perjurio, que yo sea á la vez víctima y responsable de su perfidia?
Ó la divinidad no es más que un nombre sin realidad, una quimera imaginada para espantar la necia credulidad de los pueblos; ó si hay un Dios, no es favorable más que á las bellas y les dá muy exclusivamente el derecho de atreverse á todo. Solo contra nosotros se arma Marte con homicida espada; solo contra nosotros Pálas vuelve su formidable lanza. Contra nosotros solo dirije Apolo sus flechas: contra nosotros amenaza el rayo en la mano soberana de Júpiter. Los dioses no osan penar las ofensas de las bellas, y, no habiendo sabido hacerse temer, son los que las temen. ¿Y aun irán á quemar incienso en sus altares? No, los hombres deben tener más corazon.