Cansado en fin de los numerosos desprecios de su señora, el poeta hace aquí el juramento de no volver á amar.
Mucho y por mucho tiempo he sufrido: tu perfidia ha puesto á prueba mi paciencia. ¡Huye de mi fatigado corazon, vergonzoso amor! Esto es hecho, me he sustraido al yugo, y he quebrantado mis cadenas: estos hierros que llevé sin vergüenza, tengo vergüenza al presente de haberlos llevado. Triunfo y pisoteo al Amor vencido. Es muy tarde, es verdad, que el bochorno me sube á la cara. ¡Vamos, valor y energía! Estos males tendrán un dia su recompensa. Los enfermos han debido frecuentemente su curacion á los venenos más amargos.
¡Qué! ¡yo he podido, yo, despues de tantas humillaciones, olvidarme hasta el punto de dormir en el suelo de tu puerta! ¡Qué! ¡yo he podido, yo, para no sé cuál amante que tú estrechabas entre tus brazos, hacerme, como un esclavo, el guardian de la casa que me estaba cerrada! Yo mismo lo he visto salir fatigado de tu casa, con el paso de un veterano gastado por el servicio. Aun he sufrido menos de verlo que de ser visto. ¡Ojalá semejante afrenta sea reservada para mis enemigos!
¿Cuándo has paseado tú sin encontrarme á tu lado, á mí, tu guardian, á mí, tu amante, á mí, tu inseparable compañero? mucho agradabas á las gentes, acompañada por mí; y mi amor te ha valido buen número de amantes. ¿Por qué recordaré los vergonzosos engaños de tu mentirosa lengua, y los dioses testigos de tantos juramentos violados para perderme? ¿Por qué diré aquellas señas de inteligencia, dirigidas durante la corrida, á jóvenes amantes, y aquellos términos convencionales para disfrazar el sentido de nuestras palabras? Un dia se me dijo que ella estaba enferma: yo corro á su casa enteramente perdido, enteramente fuera de mí; llego y no estaba enferma para mi rival.
Vé ahí, sin hablar de otras muchas, las afrentas que he tenido que sufrir frecuentemente. Busca hoy dia otro que pueda soportarlas en mi lugar. Ya mi popa, adornada de una corona votiva, vé, sin conmoverse, el fracaso de las olas que se levantan tras ella. Basta de caricias y de palabras otras veces poderosas: es trabajo perdido: no soy tan loco como lo fuí. Siento luchar en mi corazon, muy lijero y diversamente agitado, el amor á la vez y el ódio: y si no me engaño es el amor quien le enoja. Yo aborreceré, si puedo; si no yo amaré únicamente mi defendido cuerpo. El toro tampoco ama el yugo: lo aborrece y sin embargo lo lleva.
Huyo de su perfidia: su belleza es la que vuelve mis pasos hácia atrás. Aborrezco los vicios de su alma; amo los hechizos de su cuerpo. Así yo no puedo vivir ni sin tí, ni contigo; y yo mismo no sé lo que deseo. Yo querria que tú fueses ó menos bella ó menos pérfida. Tantos hechizos se aunan mal con tanta perversidad. Tu conducta escita el ódio, tu belleza encomienda al amor. ¡Desgraciado soy! sus atractivos pueden más que sus defectos.
Perdóname, yo te conjuro por los derechos de aquella cama que nos fué comun, por todos los dioses (¡pudiesen frecuentemente dejarse engañar por tí!), por tu semblante que adoro como una divinidad poderosa, por tus ojos que han cautivado los mios: como sea, siempre serás mi amiga. Escoje solamente si quieres que te ame por gusto ó por fuerza. ¡Ah! despleguemos cuanto antes las velas y aprovechemos los vientos favorables; porque á pesar de mis esfuerzos, no me veria yo menos obligado á amar.
ELEGIA DUODÉCIMA.
ARGUMENTO.
Siente que sus escritos hayan dado demasiado á conocer á su bella.
Decidme, lúgubres aves, ¿qué dia fué aquel en que no me augurásteis sino amores desgraciados? ¿Qué astro supondré sea hostil á mis deseos? ¿Qué dioses debo acusar de hacerme la guerra? Aquella que no há mucho se llamaba toda mia; aquella de quien fuí el primero y solo amante, temo no poseerla sino con mil rivales.