Corina, la bella Corina, semejante á Lais y á Semíramis, y principal objeto de las elegías amorosas de Ovidio, es á este poeta lo que Delia á Tibulo, lo que Lesbia á Catullo, lo que Cynthia á Propercio, lo que Lycoris á Galo, lo que Lydia, Gliceria, Cloris, Phyllida, Licia, Phillis, Neera, Tyndaris y Pyrrhe al voluble Horacio[1].
Del mismo modo á Ovidio, que públicamente ama á Corina, tampoco le son indiferentes la camarera Cypassis, la peinadora Nape y otras que no nombra, pero que tambien le inspiran bellos versos como protectoras de sus intrigas amorosas, á cuya sombra se ocultan.
Al desaparecer estos pasajeros amores, no queda en el pecho del poeta otro afecto más íntimo que el recuerdo de la amistad consagrado á su inolvidable compañero Tibulo, á cuya sentida muerte dedica una de sus más bellas elegías de este libro, en la que evoca los queridos nombres de Calvo, Catullo y Galo, cantores del amor, cuyos nombres figuran juntamente en el Eliseo.
Solo otra de las elegías iguala tal vez á esta en fuerza de conviccion y de sentimiento, y es la XV del libro I, dirigida contra los detractores de la poesía.
La poesía, la amistad, el amor, hé aquí la trilogia que comprende toda la vida de Ovidio; tales son la delicia, el consuelo y la necesidad de su alma. ¿Dónde, pues, ha podido reflejarse mejor esta, que en las elegías dedicadas á sus más íntimos afectos?
Leyendo las Metamórfosis se puede apreciar la erudicion mitológica, el ingénio para elegir, la facultad para poetizar de Ovidio; en Arte de amar hace gala de su aptitud didáctica; pero para conocer á Ovidio como poeta y como hombre, es necesario leer sus Amores.
Verdad es que nada tienen de honestos tales Amores, que no serian dignos de leerse, á no estar engalanados con toda la mágia de la poesía y de la originalidad. En efecto, los Amores de Ovidio, que no tienen la tristeza de Tibulo, ni el buen humor y sencillez de Horacio; que están lejos de los arrebatos de Catulo, y aun más lejos del insulso platonismo de la mayor parte de los poetas eróticos, son la expresion del placer y de la voluptuosidad en toda su desnudez, pero presentada con el decoro del arte.
Si es digna de condenarse á perecer esta clásica obra, cuya traduccion presentamos, no deben por igual razon quedar en pié las clásicas estátuas de Vénus, que tambien con toda su desnudez, pero con el decoro del arte, nos legó la antigüedad, como representacion de la voluptuosidad, del placer y de la belleza, si es que otra cosa no representa la infiel esposa de Vulcano y lasciva amante de Adónis.
NOTAS AL PIE:
[1] Ello, no obstante, dice de él el Sr. Alarcon en su discurso de recepcion por la Real Academia Española, que fué constantemente moral y muchas veces moralista en sus inmortales versos.