ELEGIA DÉCIMOCUARTA.
ARGUMENTO.
A su señora.
Yo no te prohibo, bella como eres, tener algunas debilidades; lo que yo no quiero, es el dolor y la necesidad para mí de saberlas. No, yo no exijo censor rígido, que seas casta y púdica; lo que yo te pido es que procures parecerlo. No es culpable la que puede negar el hecho que se le imputa; la confesion que hace es la que la deshonra. ¿Qué manía es esa, de revelar cada mañana los secretos de la noche, y proclamar á la luz del dia lo que no haces más que en la sombra?
La cortesana antes de abandonarse al primero que llega, tiene cuidado de poner entre ella y el público una puerta bien cerrada. ¡Y tú, tú divulgas en todas partes tus vergonzosos extravíos, orgullosa de ser á la vez la delatora y la culpable! Sé en adelante más casta, ó al menos imita á las mujeres púdicas. Que yo te crea honesta aunque no lo seas. Culpable ayer, sé culpable hoy; pero no lo confieses, y no te avergüences en público de hablar un lenguaje modesto.
Un apartado retiro provoca el desarreglo; que sea el solo teatro de todos tus placeres, desterrado de allí el pudor. Pero desde que salgas, no conserves nada de la cortesana, y en tu lecho queden sepultados tus crímenes. Allí, no te ruborices de quitarle la túnica y sostener otro muslo apoyado sobre el tuyo. Allí, recibe hasta el fondo de tu encarnada boca una lengua amorosa, y que para tí el amor invente mil especies de voluptuosidades. Allí ninguna tregua á los dulces coloquios, á las palabras halagüeñas, y que tu cama cruja con los vivos apretones del placer. Toma en seguida, con tus vestidos, la modesta postura de una virgen tímida, y que el pudor de tu frente niegue la lascivia de tu conducta. Engaña al público, engáñame; pero permite al menos que yo lo ignore, y déjame gozar de mi tonta credulidad.
¿Por qué delante de mí, tantos billetes enviados y recibidos? ¿Por qué tu lecho está batanado á la vez por todos lados? ¿Por qué veo sobre tus hombros tus cabellos en un desórden que no ha causado el sueño, y sobre tu cuello la marca de un diente? No te falta más que hacerme testigo ocular de tu vida licenciosa. ¡Oh! si tú te cuidas poco de atender á tu reputacion, cuídate de mí al menos. Mi alma me abandona, y me siento morir todas las veces que tú te reconoces culpable; y en mis venas corre una sangre helada. Entonces amo, entonces me esfuerzo en vano en aborrecer lo que me veo forzado á amar; entonces yo quisiera morir, pero contigo.
No haré yo ninguna averiguacion; no insistiré, desde que te vea pronta á negar: tu denegacion solo equivaldrá á inocencia. Si no obstante llegara yo á sorprenderte en flagrante delito, si mis ojos hubieran de ser un dia testigos de tu vergüenza, lo que yo hubiera visto demasiado bien, niega que lo haya visto, y mis ojos tendrán menos autoridad que tus palabras. Así te será fácil vencer á un enemigo que no pide más que ser vencido. Que solamente tu lengua se acuerde de decir: «No soy culpable.» Cuando puedes tan fácilmente triunfar con estas dos palabras, triunfa, si no por la bondad de tu causa, al menos por la indulgencia de tu juez.
ELEGÍA DÉCIMOQUINTA.
ARGUMENTO.
Dice adios á su Musa lasciva, para seguir otra más severa.
Busca un nuevo poeta, madre de los tiernos Amores; yo no tengo más que tocar la meta de mi carrera elegíaca. Estos cantos que he compuesto, yo, hijo de los campos pelignos, han hecho mis delicias y mi nombradía. Si este honor es alguna cosa, yo he heredado, del primero como del último de mis antepasados, el título de caballero, y no lo debo al tumulto de las armas. Mántua está envanecido de Virgilio, Verona de Catulo: se me llamará á mí, la gloria del pueblo Peligno, de este pueblo cuyo amor por la libertad le impuso el santo deber de combatir, en la época en que Roma inquieta tembló delante de las armas reunidas para su ruina. Un dia, viendo la pantanosa Sulmona encerrada en el estrecho circuito de sus muros, el viajero exclamará: «Villa que has sido cuna de tal poeta, tan pequeña como eres, te proclamo grande.»