Hacia mucho calor; era el medio dia, y yo me recosté en la cama para descansar. Las ventanas estaban entreabiertas, dando paso á una media luz semejante á la que suelen dejar los árboles del bosque, ó á la que destella el crepúsculo cuando el sol se pone, ó bien la que se distingue cuando acaba la noche, pero aun no ha principiado el dia. Tal es la luz que ha de prepararse á las niñas vergonzosas, para que su tímido pudor pueda cohonestarse con la penumbra.

Hé aquí que llega Corina, con la túnica recojida y con el cabello dividido sobre su blanco cuello, cual se dice iba al tálamo la hermosa Semíramis, ó como Lais se presentaba á sus numerosos amantes. Le separé la túnica, que por lo fino no perjudicaba gran cosa, pero luchaba por cubrirse con ella, y así luchando, como quien no quiere vencer, fué vencida sin gran pena.

Cuando se descubrió ante mis ojos sin velo alguno, no apareció ni una imperfeccion en todo su cuerpo. ¡Qué hombros, qué brazos ví y toqué! ¡qué seno formado para las caricias! ¡Qué liso vientre bajo su preeminente pecho! ¡Qué esbelto talle! ¡Qué juvenil pierna! ¿Por qué descender á detalles? No he visto nada tan perfecto, y desnudo oprime su cuerpo con el mio. ¿Quién ignora lo demás? Fatigados, descansamos los dos. ¡Así pueda yo pasar á menudo las calurosas horas del medio dia!

ELEGÍA SEXTA.
ARGUMENTO.

Imprecaciones contra el portero que rehusaba abrirle la puerta.

Portero, indignamente cargado de hierros, abre, haciendo rodar los goznes la rebelde puerta. Poco es lo que te pido: entreábrela solo lo suficiente para que pueda yo pasar de lado. La prolongada pasion amorosa, ha extenuado mi cuerpo y ha puesto mis miembros á propósito para ello. El amor me enseña á insinuarme suavemente á los guardianes, y dirije, protegiéndolos, mis pasos.

En otro tiempo, empero, yo temia la noche y sus vanos fantasmas, y me admiraba de que álguien se aventurase entre tinieblas. Se burló á mis oidos Cupido con su tierna madre, y díjome por lo bajo: «Tú tambien te volverás valiente.»

La hora del amor ha llegado sin tardanza y no temo las sombras que vagan durante la noche, ni las manos dirigidas contra mi persona. No temo mas que tu lentitud; solo á tí te halago; tú tienes el rayo con que puedes perderme. Para que mejor lo veas quita estas crueles barreras, y mira cómo esa puerta está regada con mis lágrimas. Cuando desnudo estabas para recibir azotes, intercedí por tí ante tu señora. Así, pues, mis súplicas que entónces pudieron alcanzar gracia en favor tuyo, ¿no podrán ¡oh infamia! alcanzarla hoy en mi favor? Págame lo que me debes, hé aquí la ocasion de mostrarte agradecido, como deseas. La noche avanza: descorre los cerrojos. Hazlo, y ¡así seas libertado de la larga cadena y no bebas perpétuamente el agua de los esclavos!

Duro como el hierro, no me oyes, portero, cuando te suplico, y la puerta de fuerte roble permanece cerrada. Que las cerradas puertas sirvan á las ciudades sitiadas; pero en medio de la paz, ¿por qué temes las armas? ¿Qué harás con un enemigo, si así resistes á un amante? La noche avanza; descorre los cerrojos.

No vengo con armas y soldados, yo estaria solo si el cruel Amor no viniese conmigo. Aunque quiera, no puedo alejarle. Me acompañaria aunque me dividiese en dos. El Amor, un poco de vino que se me sube á la cabeza, una corona que se desprende de mis perfumados cabellos, es lo que llevo conmigo: ¿quién temerá tales armas? ¿quién no correrá á su encuentro? La noche avanza, descorre los cerrojos.