¿Es tu inercia ó es el sueño, contrario del que ama, la causa de que sin que las atiendas se lleve el viento mis palabras? Pero yo me acuerdo que en otro tiempo cuando me queria ocultar de tí, te hallaba en pié y vigilando á media noche. Tal vez á estas horas duerme á tu lado tu compañera. ¡Ah, cuánto mejor es tu suerte que la mia! Así pasasen á ese precio á mis manos tus duras cadenas. La noche avanza, descorre los cerrojos.
¿Me engaño? ¿no ha crujido la puerta sobre sus goznes, como en señal de que está franca la entrada? Me he engañado; el impetuoso viento habrá impulsado las puertas. ¡Ay de mí! ¡cuán lejos el viento se ha llevado mi esperanza! Por poco que te acuerdes, Borcas, del rapto de Oritia, llega aquí y con tu violencia derriba estas puertas, sordas á mi ruego. Todo calla en la ciudad, y humedecida con trasparente rocío avanza la noche: descorre los cerrojos, ó yo mismo, más activo que tú, fuerzo á hierro y á fuego, la puerta que se me niega.
La noche, el Amor y el vino nada moderado me aconsejan. La noche no conoce el pudor, el Amor y el vino no conocen el miedo. Todo lo he probado; pero ni con súplicas, ni con amenazas te he podido mover, ¡oh portero más sordo que tu misma puerta! Tú no sirves para guardar la casa de una hermosa jóven; eres más digno de estar guardando un calabozo. Ya el lucero de la mañana aparece en el horizonte y el gallo llama á los pobres al trabajo. Pero tú, corona arrancada á mi triste frente, queda por el resto de la noche sobre los duros umbrales; serás testimonio ante su señora, cuando mañana te vea por tierra, del tiempo tan lastimosamente perdido. «Adios;» á pesar de todo, «¡Adios!» Ojalá experimentes lo que siente su amante despedido. Y vosotras tambien, crueles puertas con inalterables goznes, «Adios;» y tú tambien, umbral cruel como tu guardian, «¡Adios!»
ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.
Contra sí mismo, por haberle pegado á su querida.
Ata mis manos, merecedoras de cadenas, ahora que ha pasado la furia, si te muestras amigo mio. El furor fué causa de que levantase contra mi señora mis temerarios brazos, y llora herida por mi mano. Era yo capaz entónces de maltratar á mis caros padres y de golpear á los santos dioses.
¡Mas qué! ¿Ayax, dueño de un impenetrable escudo, no degolló rebaños á través de los campos? El desgraciado Orestes, que no pudo vengar á su padre sino con la sangre de su propia madre, ¿no armó sus manos contra las misteriosas deidades? ¡Yo, pues, he podido maltratar su peinado! Ni el desarreglo de sus cabellos la ha desfigurado, sino que aun así estaba hermosa. De tal modo la Scheneida, dicen que con el arco perseguia las fieras Menalias. De tal modo lloraba la hija del rey de Creta viendo á los raudos vientos llevarse á la vez las promesas y los bajeles del perjuro Theseo; de tal modo, sin la venda que ceñia sus cabellos, se tendió Calandra sobre el pavimento, casta Minerva, de tu templo.
¿Quién no me hubiese tratado de demente? ¿quién no me hubiese llamado bárbaro? Ella nada dijo, paralizada su lengua por el pavoroso temor. Pero sin palabras, su rostro expresaba sus reproches, y, callando su boca, me acusaba con sus lágrimas como reo. Hubiera yo querido que mis brazos se hubieran desprendido de mis hombros. Mejor me hubiera sido carecer de alguna parte de mi cuerpo. Contra mí mismo se volvieron mis fuerzas y mi delirio, y fuí vigoroso para mi suplicio. ¿Qué tengo que ver con vosotros, ministros del asesinato y del crímen? Sufrid, manos sacrílegas, las merecidas cadenas. Si hubiese herido al último de los romanos, seria castigado; ¿tengo mayor derecho contra mi señora? El hijo de Tideo[5] ha dejado un afrentoso monumento de su maldad; fué el primero que pegó á una Diosa; yo he hecho otro tanto, pero aun fué él menos culpable, pues yo he maltratado á la que decia amarme y aquel fué cruel con su enemiga.
Ve ahora, vencedor, á gozar de tu triunfo; ¡ciñe tu frente con el laurel de la victoria, cumple tus votos á Júpiter! Y la turba que seguirá tu carro, clame «Vítor al valiente vencedor de una niña!» Vaya delante tu pobre víctima, suelto el cabello, y blanca desde los piés á la cabeza, á no ser por las lesiones de sus mejillas.
Más á propósito era su boca para marcarla con mis lábios y su cuello para tener la señal de un diente acariciador. En fin, si yo me desencadenaba como un torrente impetuoso y estaba ciego de coraje, ¿no era bastante dar gritos á una tímida niña, sin amedrentarla con demasiado fuertes amenazas ó despojarla torpemente de su vestido hasta la cintura? Al menos hubiese osado no más contra la mitad de su cuerpo; pero despues le he arañado las mejillas, agarrándola por los cabellos.