Quedó ella sin sentido con el rostro descolorido y blanco como el mármol de Páros. He visto sus nervios inanimados y sus miembros temblando como la hoja del álamo agitada por el viento, como la débil caña mecida por el blando céfiro, como la onda rizada por el Noto. Sus lágrimas, retenidas por mucho tiempo, corrieron sobre sus mejillas, como fluye el agua de la nieve que se deshiela. Entónces comencé á reconocerme culpable: las lágrimas que ella derramaba, eran mi propia sangre. Tres veces quise arrojarme suplicante á sus piés, y tres veces rechazó mis temidas manos.
No lo dudes, la venganza disminuirá tu dolor: araña mi rostro con tus uñas, no perdones mis cabellos. La ira ayude tus débiles manos, ó por lo ménos, para borrar las tristes señales de mi crímen arregla y peina tus cabellos.
NOTAS AL PIE:
[5] Diómedes.
ELEGIA OCTAVA.
ARGUMENTO.
Contra una alcahueta que intentaba enseñar á la querida del poeta las artes de la prostitucion.
Oiga, quien quiera conocer una alcahueta: hay cierta vieja Dipsas; su nombre lo toma de su oficio[6]; jamás vió en ayunas á la madre del negro Memnon[7], en su carro de púrpura. Conoce las artes mágicas y los versos de encantamientos, y con su poder hace volver hácia su orígen las rápidas aguas. Conoce bien la virtud de las yerbas, la del lino arrollado sobre el torno cabalístico y la del hipomanes. Cuando ella quiere, se llena el cielo de nubes; cuando ella quiere, brilla la luz del dia en el puro firmamento. Yo he visto, ¿lo creereis? las estrellas destilando sangre, y la faz de la luna estaba tambien ensangrentada.
Sospecho que suele volar viva entre las sombras de la noche y cubrir con plumas su viejo cuerpo. Lo sospecho y así es fama: en sus ojos brilla una doble pupila de donde nace la luz más viva. Evoca á los antepasados, que yacen en los sepulcros, y al són de su plañidero canto, se abre el duro suelo. Se complace en profanar el casto tálamo, y no carece de elocuencia su corruptora lengua. La casualidad me hizo testigo de su enseñanza, á favor de una doble puerta que me ocultaba, mientras decia así: «¿Sabes, luz de mis ojos, que prendaste ayer á un rico jóven? Te vió y no cesó de fijar sus ojos en tu rostro. ¿Y á quién no has de gustar? No cedes en belleza á ninguna otra. Pero ¡ay de mí! faltan galas dignas de tan bellas formas. ¡Quisiera yo que fueses tan rica como hermosísima eres! No seré pobre cuando seas rica. Has tenido que sufrir la adversa estrella de Marte, pero Marte ha cesado y ahora Vénus te es favorable. Mira cómo te es propicia su llegada: un rico amante te quiere y desea saber qué es lo que te haga falta. Su cara no desdice de la tuya, y si no te quisiera comprar los suyos, habrias tú de comprarle tus encantos.»
La jóven se sonrojó. «El pudor, continuó la vieja, sienta bien á las blancas mejillas; si lo finges, aprovecha; pero cuando tengas tus ojos con arte inclinados sobre tu seno, no mires á nadie sino á proporcion de lo que te ofrezca. Quizá, bajo el reinado de Tacio, las rudas Sabinas no hubiesen querido entregarse á muchos hombres. Ahora escita Marte los ánimos contra las armas extranjeras, y Vénus reina en la ciudad de su querido Eneas. Divertíos, hermosas jóvenes, solo es casta aquella á quien nadie solicita, y aun si su rusticidad no lo impide, ella misma busca. Desarruga el entrecejo; ¡cuántos crímenes se ocultan á menudo debajo de una arruga! Penélope probaba las fuerzas de los jóvenes con un arco, y para el que quiera saber más este arco era de cuerno. El tiempo vuela sin sentir y engaña la voluble edad, como se desliza el agua del rio, renovada incesantemente. El acero brilla con el uso: un buen trage quiere ser llevado. Los palacios deshabitados se arruinan bajo la yerba. La belleza, si nadie la regocija, envejece. Y no son bastantes uno ó dos amantes; ¡cuantos más, es más seguro y fácil el provecho! Los lobos viejos buscan su presa en un rebaño entero. Dime, ¿qué te dá ese tu poeta, fuera de nuevos versos? De tu amante muchos miles lees. El mismo dios de los poetas, cubierto con un manto recamado de oro, pulsa las cuerdas de una dorada lira. Quien te dé oro sea á tus ojos más grande que el grande Homero. Créeme, el dar es cosa ingeniosa. Ni desdeñes al redimido por merced; pues el tener el pié marcado con la señal de la esclavitud, no es un crímen; pero tampoco te dejes engatusar por rancios títulos de nobleza. Váyase con sus abuelos el amante pobre. ¿Qué? porque sea guapo, ¿querrá el otro pasar una noche sin pagar? Que busque antes el oro de su amigo.
No seas demasiado exijente mientras tiendes las redes, por miedo de que te se escape la presa: una vez apresados, remátalos á tu antojo. Ningun efecto hace un amor fingido, deja creer que tu amante es amado, pero cuida de que este amor no sea cierto. Rehusa muchas veces pasar la noche juntos, finge para ello un dolor de cabeza ó la abstinencia que requieren los dias consagrados á Isis; pero recíbele á menudo para que no se habitúe á la privacion, ó que no se enfrie el amor frecuentemente rechazado. Sean tus puertas sordas al que ruega y blandas al que dá; oiga el amante recibido las palabras del desdeñado. Y no dejes nunca en cualquier desavenencia de quejarte como primeramente ofendida. Desvanece tus culpas con tus inculpaciones; pero no te abandones demasiado tiempo á la cólera: una cólera prolongada ha engendrado á menudo el odio.—Aprendan tambien tus ojos á derramar lágrimas forzadas, y á humedecer tus mejillas—y con tal de engañar á alguno, no temas ser perjura: Vénus hace que los Dioses sean sordos á las lágrimas de los ilusos. Toma á tu servicio un siervo y una criada hábiles que sepan indicar lo que se haya de comprar para tí, y para sí pidan cortos regalos. Si entre muchos, piden un poco á cada uno, de muchas migajas se hará grande monton. Y tu hermana y tu madre y tu ama de leche, hagan contribuir á tu amante. Pronto se hace buen botin cuando muchas manos ayudan á ello. Cuando te falte un pretesto, celebra tu cumpleaños.