Poned ya los cuchillos botos, y pelead con otros más agudos aunque yo deba ser herido con mis propias saetas. Que el nuevo amante, caído en vuestros lazos, se crea solo señor de vuestro cariño; mas luego después haced que teme un rival, y sospeche partida la posesión del lecho. Si no usáis de estas estratagemas, envejecerá su amor. Corre mejor el vigoroso caballo, cuando, abierta la barrera, tiene caballos que preceder y que seguir. Por apagado que esté el fuego, le reanima la injuria. Aquí estoy yo (lo confieso) que no amo sino con este aguijón. Sin embargo no sea muy manifiesta la causa de sus penas, y quede a su inquietud algo que imaginar y temer de más de lo que sabe.

Excitadle con la fingida vigilancia del mentido siervo, y con el cuidado en extremo molesto del riguroso marido. Es de menos quilates el deleite que se goza sin obstáculo. Aunque estéis en más libertad que la cortesana Tais, aparentad sobresaltos. Aun cuando sea más fácil por la puerta, admitidle por la ventana fingiendo en el semblante muestras de temor. La astuta sierva échese fuera diciendo, somos perdidas: vosotras meted en algún escondrijo al asustado galán. Disfrute empero sin sobresalto a Venus, temiendo no le parezcan demasiado penosas unas noches sin cesar inquietadas.

Pasaba por alto el modo de engañar al marido celoso, y la vigilancia de su custodia. La mujer tema al marido: sea escrupulosa la guarda de la casada. Así conviene: así lo prescriben las leyes, y la justicia y el pudor. Pero ¿quién sufrirá que también seáis guardadas vosotras, a quienes la pretórica varilla acaba de redimir[36]? Para engañar, venid a mi escuela. Aunque os observen tantos ojos como tenía Argos, los burlaréis, queriendo de veras. ¿Os impedirá el celador escribir, en el tiempo que toméis para bañaros? ¿Os impedirá dar a la confidente las cartas amatorias, y que esta las lleve ocultas con la ancha corbata en el templado seno, o atadas en las ligas, o finalmente en la suela de los zapatos? Si esto precave el guardador, la espalda de la tercera suplirá la carta, escribiendo allí concisamente cuanto ocurra. También se forma letras con leche fresca, las cuales no se pueden leer sino echando en ellas polvos de carbón. Tampoco podrán leerse las que se hagan con la caña de lino verde, y el papel en blanco contendrá ocultos los caracteres.

[36] Las esclavas declaradas libres por el pretor, cuya declaración se hacía dándoles el lictor con la vara en la cabeza.

Nada omitió Acrisio para guardar a Dánae, y ella sin embargo con su delito le hizo abuelo. ¿Qué hará un celador, cuando hay tantos teatros en la ciudad? ¿Cuando vaya de buena gana al espectáculo de los uncidos caballos? ¿Cuando asista afanosa al concierto de los sistros en el templo de Isis? ¿Cuando vaya adonde está prohibido ir al que la acompaña? ¿Cuando se libre de la vista de su centinela en el templo de la buena diosa, cuya entrada está prohibida a los hombres, excepto a los que ella manda entrar? ¿Cuando el custodio esté fuera guardando los vestidos de su señora, y los seguros baños encubran los furtivos varones? ¿Cuando cuantas veces sea necesario se finja enferma, y quede en cama todo el tiempo que quiera? ¿Cuando una llave adúltera enseñe con su nombre lo que se haya de hacer, y con sola una puerta franquee las entradas que se desean? ¿Cuando burle los cuidados de su guardián, emborrachándole con mucho vino, o con el selecto que se cría en la montuosa España? ¿No hay también drogas que causan soporoso sueño, cargando sobre los ojos la oscuridad del Leteo? ¿No podrá la confidente divertir al enojoso con lentos deleites, para que la otra se divierta entretanto a todo vagar?

¿Pero por qué me canso en rodeos y pequeños consejos, cuando el celador puede comprarse con un cortísimo regalo? Creedme, las dádivas atraen a los hombres, y a los dioses. El mismo Júpiter se aplaca con ofrendas. ¿Qué hará el sabio, si el insensato se alegra también con los dones? El marido mismo enmudecerá, recibiendo dádivas. Pero al celador se le ha de ganar una vez para siempre, porque prestará siempre las manos que una vez haya prestado.

Acuérdome: me he quejado de que se han de temer los compañeros; y esta queja no habla solo con los hombres. Si fuereis confiadas, otras arrebatarán vuestros deleites, y levantaréis la liebre para otras. La que os presta generosa su lecho y habitación, ha estado conmigo no una vez sola. Ni os sirváis de sierva hermosa en demasía, pues regularmente estas alternaron conmigo en la suerte de su señora.

¿Adonde me lleva mi furor? ¿Por qué con pecho descubierto me arrojo sobre el enemigo, y con mi delación me vendo a mí mismo? No muestran las aves al cazador los medios de ser cogidas: ni enseña la sierva a correr a los dañinos perros. Pero no importa, dictaré fielmente mis preceptos. Daré contra mí mismo los cuchillos de Belona.

Haced que nos creamos amados: es fácil, porque la fe del deseoso le inclina en consentir en sus deseos. Mirad con más amabilidad al joven, suspirad íntimamente, y preguntadle por qué ha tardado tanto. Sobrevengan las lágrimas, y la simulada aflicción de que ama a otra; y lastimad con las uñas su semblante. Al punto quedará persuadido, se sentirá enternecerse, y dirá, esta muere de amor por mí. Especialmente si es lindo, y satisfecho de sí por el espejo, creerá que puede interesar a las diosas.

Cualesquiera que seáis, tolerad con moderación las ofensas del amante. No perdáis el seso, cuando oyereis que tenéis competidoras. No creáis de ligero: cuanto daña creer de ligero os lo dirá el no leve ejemplo de Procris.