Tentará el vado el amante con cartas, que ha de recibir la confidencial sirvienta. Examinadlas; y por su contenido colegiréis si fingen, o si ruegan con solícitas veras. Responded con breve demora; la demora estimula siempre a los amantes, como sea de corto espacio. Pero no os prometáis fácil al joven que ruega; ni tampoco deneguéis con obstinada boca su petición. Haced que tema y espere juntamente; y que a cada repulsa que le haréis vea más cierta la esperanza, y menor el temor.
Escribid, mujeres, en términos puros y usados, aunque ambiguos: el estilo llano es el que conviene. ¡Cuántas veces inflamó al amante irresoluto un billete bien escrito, y perjudicó a las beldades el lenguaje bárbaro! Y puesto que, sin afectar maneras de gazmoña, ponéis vuestro cuidado en engañar a los maridos, no confiéis vuestras cartas sino a manos de una sierva fiel o de un muchachito: guardaos de dar vuestro recado a un joven bisoño. Vi yo mujeres consternadas sufrir por este miedo una esclavitud miserable toda la vida. Pérfido ciertamente es aquel que guarda tales prendas, para servirse de ellas como de un rayo del Etna. En mi entender es lícito repeler el fraude con el fraude, y el derecho permite tomar las armas contra los armados. Acostumbrad pues vuestra mano a formar letras de muchos caracteres. ¡Ah, perezcan aquellos por cuya causa doy este consejo! Ni se ha de escribir sobre el mismo papel, afín de que no se vean en él letras de dos puños. Escribid al amante como a una mujer, y firmad siempre las cartas con su nombre.
Conviene empero trasladar el pensamiento de pequeñas a mayores cosas, y desplegar toda la vela en anchurosa ensenada; digo pues que las hermosas han de reprimir las violentas pasiones. A los hombres conviene la candorosa paz, a las bestias la rabiosa furia. El semblante se hincha con la ira; las venas negrean con la sangre; los ojos arden en más impetuoso fuego que los de Gorgona. Anda lejos de aquí, flauta, que no te aprecio en tanto, dijo Palas, cuando vio en los cristales del río sus infladas mejillas. Si las mujeres se mirasen también al espejo en medio de la ira, apenas conocería ninguna su semblante.
No menor perjuicio hace a vuestra cara el orgullo. Solo el halagüeño aspecto convida al amor. Son aborrecibles (creed a la experiencia) los fastuosos modales. Por lo regular un semblante callado siembra odio. Mirad al que os mire: reíd dulcemente al que os ría. Si os hacen señas, volved también las aceptas señas. Luego que se ensaya así, empieza el vendado rapaz a sacar de su aljaba los dardos agudos, dejando los embotados.
Las adustas son también aborrecibles. Ame Áyax a Tecmesa, pero con nosotros, gente de buen humor, solo se insinúan las hembras alegres. Nunca te rogaría yo, Andrómaca, ni a ti, Tecmesa, que fueseis amiga mía ni una ni otra. Si la prole no me obligara, me persuadiría apenas que os hubieseis ayuntado con vuestros maridos. ¿La tristísima mujer diría a Áyax: corazón mío, u otras ternezas que suelen lisonjear a los hombres?
¿Quién me impedirá citar, en menores asuntos, ejemplos de cosas grandes? Un buen general da el mando de un batallón al uno, al otro el de un escuadrón, y confía de otro la guarda de las banderas. Del mismo modo habéis de mirar vosotros también cuál de nosotros es útil, y emplear a cada uno según su disposición. El rico alargue dones; el jurisconsulto desembrolle los negocios; el elocuente defienda la causa de la que litigue. Nosotros los que componemos versos ofreceremos solamente versos. Los de este gremio somos los que antes de todos merecemos vuestro amor. Hacemos célebres en todas partes las beldades que obsequiamos. Némesis tiene nombradía; Cintia es famosa; el oriente y occidente conocen a Licoris; y muchos con curiosidad preguntan quién es mi Corina. Demás de que en los sublimes vates no caben insidias; y nuestra arte acomoda a sí nuestras costumbres. Ni la ambición nos incita, ni nos contagia la sed de atesorar: despreciando el foro, cultivamos el lecho y la sombra[35]. Pero nos prendamos fácilmente, y ardemos con llama durable, y sabemos amar con fe demasiado segura. Ciertamente sazonamos el ingenio con la plácida arte; y al estudio van conformes las costumbres. Sed propicias, mujeres, a los aonios poetas, pues dentro de ellos se halla la divinidad, y las musas los protegen. Está dios en nosotros, y comerciamos con el cielo; nuestro ingenio nos viene de las etéreas regiones. Es pues maldad exigir nada de los sabios poetas; mas, ¡ay de mí!, ninguna mujer teme esta maldad.
[35] Expresión poética que denota las comodidades de la vida privada.
Disimulad empero; no os mostréis a deshora interesadas; porque el nuevo amante se retira viendo la trampa. El escudero no maneja con bridas iguales al potro que poco ha siente el freno, que al ya adiestrado caballo. Ni se ha de seguir una misma senda para captar a los de edad ya sentada, que a la lozana juventud. El inexperto aprendiz, venido por primera vez a los estandartes del amor, presa nueva que arribó a vuestro tálamo, conozcaos a sola vos, y esté siempre a vuestro único lado. Esta mies se ha de cercar con altos setos. Huid de tener rival: reinaréis mientras poseáis solas. El cetro y el amor quedan poco tiempo en poder de dos compañeros.
El veterano en esta milicia amará poco a poco y con prudencia, y sufrirá muchas cosas intolerables para el bisoño. No romperá la puerta, ni la incendiará colérico, ni lastimará con las uñas las tiernas mejillas de su señora, ni rasgará la ropa de ella, ni la ropa suya; ni arrancando sus cabellos la dará motivo de llorar. Estas cosas son propias de mancebos en la efervescencia de la edad y del amor. Los otros soportarán los graves sentimientos sin desmandarse: los otros se abrasarán con fuego lento, como la húmeda tea, como el árbol poco ha cortado que permanece en la montaña. Este amador es más firme: más inconstante y fecundo el otro. Coged con presta mano una fruta que se conserva poco. Franqueadle todo: abrid las puertas al enemigo, y poned fe en su misma fidelidad.
Alimenta mal un largo amor lo que se da fácilmente. Mezclad alguna rara repulsa con los deleitosos juegos. Tenedle a la puerta: quéjese allí de vuestro rigor, diciendo humilde muchas cosas, y muchas amenazando. Fastidiados de los dulces manjares despertemos el apetito con agrios jugos. Naufraga a veces el bajel oprimido con excesiva calma. He aquí lo que impide a las casadas ser amadas, es que los maridos se juntan a su albedrío con ellas. Si les cerraran la puerta, y el portero les dijese broncamente: no se puede entrar; la exclusión renovaría también en ellos el amor.