Pero es menor cualidad el saber jugar expeditamente que la de conducirse en el juego con juicio correspondiente a las buenas costumbres. Cuando el espíritu no está sobre sí, sino preocupado con un mismo estudio, como sucede jugando, los interiores se descubren manifiestamente. Aparece la ira, pasión terrible, y la codicia de la ganancia; las disputas, las querellas, y el solícito sentimiento. Se dicen improperios: el aire retumba con los gritos; y cada uno invoca para sí a los dioses airados. Nada se espera en el juego si no se implora con votos: he visto yo muchas veces correr de rabia lágrimas por las mejillas de los jugadores. Preserve Júpiter de tan abominable vicio a las que viven con el cuidado de propiciar los hombres.

Débil naturaleza asigna estos juegos a las mujeres, mientras los hombres se recrean con más nobles ejercicios. Tienen el de la ligera pelota, el del dardo, y el del disco, el de la esgrima, y el de obligar a los caballos a correr en giros: las faenas del Campo Marcio, las de la frigidísima fuente virgen, y las del nadar en el Tíber de sosegadas corrientes.

Conviene y aprovecha a las mujeres solazarse a la sombra del pórtico de Pompeyo, cuando el signo de la virgen lanza sobre nosotros el fuego del estío. Visitad el Palatino, consagrado al laureado Apolo: el que sumergió en el hondo mar las naves egipcias[33]. Paseaos en los pórticos construidos por Octavia y Livia, hermana y mujer de César; y en el de Agripa, su yerno, cuya cabeza ciñó la honorífica corona naval en testimonio de valor. Visitad las aras donde se queman inciensos en loor de Isis, vaca de Menfis. Visitad los tres teatros de aquel lugar insigne en monumentos. Presenciad las luchas de los gladiadores, cuya sangre mancha la arena, y los juegos circenses, donde la hervorosa rueda volteará en derredor de la meta.

[33] Otra alusión a la batalla de Accio.

Lo oculto no se conoce, ni se desea lo desconocido. Es sin fruto la hermosura que carece de testigos. Vosotras, aunque aventajéis en el canto a Tamiris y Amebeo, no granjearéis aplauso teniendo en retiro la lira. Si Apeles no hubiera pintado a Venus, aún la esconderían sumergida las aguas del mar. ¿Qué ambicionan los divinos poetas sino la celebridad? Este deseo lleva a la cima sus trabajos. En otro tiempo eran los poetas delicia de los dioses y de los reyes; y los antiguos cantos premiados con grandes galardones. Santo respeto y nombre venerable tenían entonces los vates, y muchas veces se les prodigaban riquezas. Ennio, nacido en los montes de Calabria, mereció ser sepultado en tu sepulcro, grande Escipión. Mas hoy la yedra que corona a los poetas vegeta sin honor: y las arduas y afanosas vigilias de las doctas musas tienen nombre de ociosidad. Pero a la fama se sube por vigilias: ¿quién conociera a Homero, si estuviese oculta la Ilíada, inmortal poema? ¿Quién conocería a Dánae, si hubiera estado siempre en prisión, y se hubiese escondido vieja en la torre?

Os convienen, mujeres hermosas, las concurrencias. Vagad a menudo con suelto pie fuera de vuestros umbrales. El lobo acecha muchas ovejas para depredar una; y el águila se precipita en la banda de aves. Así salga al mundo a ser vista la mujer hermosa, pues entre muchos por ventura habrá alguno a quien atraiga.

Hállese en parajes de concurso con el conato de agradar, y ostente con todo esmero su belleza. La casualidad rueda en todas partes, llevad siempre echado el anzuelo; caerá el pez en el agua en que menos se piense. Muchas veces los perros buscan inútilmente caza en los montañosos bosques, y el ciervo da en las redes sin ser perseguido. ¿Cómo podría esperar Andrómeda enamorada ser sus lágrimas eficaces para insinuarse en Perseo? Tal vez en los funerales del marido se encuentra otro marido: todo consiste en la gracia de ir desmelenadas y anegadas en llanto.

Evitad a los hombres ocupados solo en su hermosura y atavío, y a los que ordenan artificiosamente sus cabellos. Son voltarios; su amor no se fija en ninguna, y os dicen a vosotras lo que dijeron a mil mujeres. Qué hará la mujer, siendo hombres más livianos que ella. Apenas me creeréis, pero creedme: que aún no se hubiera arruinado Troya, si hubiera atendido a los consejos de su Príamo. Hay hombres que estafan con la apariencia de falso amor, y por los medios tales consiguen vuestra deshonra. No os deslumbre la cabellera empapada en olorosas esencias, ni la angosta faja formada en pliegues. No os seduzca la toga de finísima tela, ni el ver en los dedos anillos y más anillos. Por ventura el más compuesto de estos es un ladrón, y arde en deseo de vuestras ropas. Vuélveme lo mío, vocean con frecuencia las mujeres robadas, vuélveme lo mío, resonando con sus gritos todo el foro. Venus desde el reluciente dorado templo, ve indolente estas pendencias, y los lupanares de las calles Apias[34].

[34] En estas calles vivía la chusma plebeya y meretricia de Roma.

Otros hay cuyos nombres, marcados en la opinión, señalan las maldades de esos amantes embusteros. Escarmentadas con los duelos ajenos, aprended a evitar la misma suerte, cerrando la puerta a semejantes bribones. Oh hijas de Cécrope, no creáis a los juramentos de Teseo, porque hará después de haber jurado lo que hizo antes. Ni a ti, Demofonte, heredero de la perfidia de Teseo, te ha quedado fe alguna desde que engañaste a Filis. Si prometen mucho, prometedles con otras tantas palabras: si dieren, dadles vosotras también los placeres contratados. La que, recibida la dádiva, niega las prometidas noches, es capaz de extinguir el fuego eterno de Vesta, profanar los sacrificios de Isis, y emponzoñar al hombre con cicuta triturada mezclada con acónito. Pero mi fantasía vuela muy lejos: tira, musa mía, las riendas, no abandones el carro a la impetuosidad de su carrera.