¿Hasta dónde no alcanza el arte? Aprenden también a llorar graciosamente. Lloran cuando quieren y como quieren. ¿Y qué diré de las que no pronuncian ciertas letras necesarias, y constriñen la lengua a tartamudear algunas palabras? Cifran la gracia en el vicio de articular mal, y hablan menos bien para hablar con mayor garbo. Aplicaos pues a estas arterías, que os son provechosas.

Aprended a llevar el cuerpo con paso femenil: en el andar hay una parte de agrado no despreciable, y que atrae o ahuyenta a los hombres desconocidos. Unas mueven blandamente los costados, dejando flotar sus ropas a discreción del viento, y tendiendo los pies con aire brioso. Otras andan como las bermejas mujeres de Umbría, dando desmedidos pasos con las piernas abiertas. Pero en esto guardad medio, como en otras cosas: porque la una manera de andar es tosca, y la otra demasiado muelle.

Llevad desnuda la parte inferior de los hombros, y superior del morcillo del brazo, que se ha de ver por el lado izquierdo. Esto conviene especialmente a las de nevada blancura. Cuando yo veo esto, me siento incitado a besar el hermoso hombro que se descubre.

Monstruos del mar eran las sirenas, las cuales con canora voz detenían irresistiblemente las naves veleras. Oídas por Ulises, pudo apenas permanecer ligado al mástil, y a sus compañeros les tapó con cera las orejas. Dulcísima cosa es la melodía: aprended pues a cantar, porque la sonora voz excusa para muchas el incentivo de la hermosura. Repetid ya las composiciones oídas en los marmóreos teatros, ya las cantilenas acompañadas con tonos egipcios[30]. Ni por mi Consejo ignore la mujer culta tañer la lira con la diestra, y la cítara con la siniestra mano. Orfeo con el son de su lira movió en el Ródope las fieras y peñascos, el tartáreo lago, y el trifauce cerbero. Y tú Anfión, justísimo vengador de tu madre, edificaste los tebanos muros con las consonancias de tu canto. Suspendieron a los mudos peces los acordados acentos de la lira de Arión. Aprended también a revolver con ambas manos la festiva nabla[31], pues conviene a los placenteros juegos.

[30] Eran canciones desenvueltas y provocativas.

[31] Instrumento músico de cuerdas a manera de salterio.

Leed las poesías de Calímaco y de Filetas, y del vinoso viejo de Teos[32]. Leed a Safo; ¿qué mujer más lasciva que ella? No olvidéis al lépido Terencio; ni los versos del tierno Propercio, ni los de Galo y Tibulo. Ande en vuestras manos el poema sobre la conquista del famoso vellón, en el que deplora Varrón la suerte de Frixo y su hermana. Leed al prófugo Eneas, origen de la soberbia Roma: la más excelsa obra de las musas latinas. Acaso algún día se mezclará entre estos mi nombre, y mis escritos no serán abismados en las aguas del Leteo. Y dirá alguno, leed los numerosos versos de nuestro maestro, con los cuales instruyó en artes eróticas a hombres y a mujeres. De sus tres libros elegid el que mejor explique los amores, y los más fluidos y dulces versos. O cantad con modulado acento sus Heroidas, género que él inventó y los demás desconocieron. ¡Quiéraslo así, Apolo: queraislo así, númenes tutelares de los poetas, Baco de insignes cuernos, y las nueve musas!

[32] Porque Anacreonte era natural de Teos, ciudad de la Jonia.

¿Dudárase de que han de saber bailar las mujeres, para lucir su agilidad en los vinolentos convites? Se aman las escénicas pantomimas del histrión; y solo aquella movilidad se tiene por decoro.

No omitamos cosas menos importantes. Sepa la mujer echar los dados, y conocer la fuerza de las jugadas. Y ya lleve tres suertes, ya piense cautelosa el peligro que la amenaza, y cuántos puntos le faltan para ganar. Juegue con destreza las guerras del ajedrez, particularmente cuando una pieza es acometida por dos enemigas. El rey pelea separado de la reina; y el contrario repite muchas veces el camino. Aprenda el juego de damas, que es un tablero cubierto de ligeros peones, y del cual ninguno se quita sino el que se come al adversario. Hay otro juego reducido a otras tantas bolas, como meses tiene el fugitivo año. Cada uno pone en el tablero tres piedrecitas, y para ganar se han de colocar todas en fila. En fin hay mil juegos: que el ignorarlos sería demérito en la mujer, porque muchas veces jugando nace el amor.