¿Y qué diré del vestido? No hablo de las ropas franjeadas, ni de las dos veces teñidas con tiria púrpura. Pues que hay tantos colores de menor coste, ¿qué furor es el de echarse a cuestas toda la hacienda? He allí el color del cielo cuando está exento de nubes, y el templado austro no concita las aguas llovedizas. He allí el leonado color del carnero que libró a Frixo e Íole del cuchillo de Ino. El que imita al mar, y tiene nombre de verdemar, es el color que yo diría amado de las nereidas. Otro hay parecido al de la húmeda aurora, cuando unce los lucientes caballos. Otros figuran el mirto de Pafos, la violada amatista, las albas rosas, la grulla traciana. Ni falta para ti, Amarilis, el color de castaña, ni el de almendra; y hasta la cera da su color a los vellones. No matizan a los campos tantas flores, cuando en la apacible primavera la vid se cubre de vástagos y muere el perezoso invierno, cuantos colores recibe la tejida lana. Escoged el que os cuadre, porque no todos son propios para todas las mujeres. El negro conviene a las de nevado cutis; a Hipodamía le estaba bien el negro, y negro vestía cuando fue robada; el blanco cae bien a las morenas: el blanco era tu adorno, hija de Cefeo, y de blanco andabas vestida cuando morabas en Serifos.

No exhalen los sobacos olor chotuno, ni las piernas estén ásperas con el duro vello. Pero no dirijo preceptos a mujeres del peñascoso Cáucaso, ni a las que beben las aguas del Caico[29]. ¿Os advertiré que no ennegrezcan por desidia los dientes, y que de mañana lavéis la cara con agua? Sabéis buscar la blancura en el barniz de la cera, y arrebolar con afeites lo que naturaleza no arrebola. Alcoholáis los desnudos confines de las cejas, y emplastáis con delicadas membranas las descarnadas mejillas. No tenéis rubor de marcar los ojos con ceniza sutil, o con azafrán traído de Cilicia. Tengo escrito un libro, pequeño volumen, pero grande en sustancia, el cual contiene medicamentos para vuestra hermosura. En él hallarán refugio las de figura desfavorecida; porque no es indolente en vuestras cosas mi ingenio.

[29] Esto es, a mujeres sin civilización ni limpieza, como las de países salvajes.

Con todo eso, no hallen los amantes encima de la mesa expuestos los botes de ungüento: ayude a la hermosura el arte simulado. ¿A quién no repugnará un rostro embadurnado de adobos, que fluyen disueltos hasta el caliente seno? Aunque venido de Atenas, ¿a quién no ofenderá el olor del jugo oleoso de la grasienta lana? Delante de gente no os sirváis de las médulas de cierva ni delante de gente frotéis los dientes. Todo esto os hermoseará, pero sería desagradable el verlo. Muchas cosas hay feas cuando se hacen, y gratas después de hechas. Las estatuas ahora célebres del laborioso Mirón fueron en algún tiempo informe y pesada masa. Para hacer una sortija, primero se bate el oro: y los vestidos que lleváis, fueron sucia lana. Cuando se esculpía era bruta piedra, y ahora es excelente figura Venus en desnudez exprimiendo el agua de los mojados cabellos.

Hacednos creer que estáis durmiendo el tiempo que tardéis en adobaros; con más ventaja os mirarán enteramente tocadas. ¿Para qué he de saber yo de donde proviene la blancura de vuestra tez? Cerrad la puerta del tocador, ¿a qué manifestar todo el mal vistoso material? Importa que los hombres ignoren muchas cosas; y la mayor parte de ellas les chocará, si no las guardáis con cuidado. Las figuras sobredoradas que adornan el teatro, veréis que son madera cubierta de una tenue lata de oro; pero no se exponen a la vista del pueblo, sino cuando están compuestas: tampoco la hermosura se ha de afeitar sino a escondidas de los hombres.

No prohíbo que delante de gente dejéis peinar vuestros cabellos, ni que ondeen esparcidos por las espaldas. No seáis entonces descontentadizas, ni manoseéis muchas veces la desatada madeja. No maltratéis a la camarera: me enoja ver arañar con las uñas su cara, y picar con la aguja su brazo. Ella peina maldiciendo la cabeza de su señora, y juntamente llora sangrienta sobre su detestable cabellera.

La que sea mal crinada, ponga centinela a la puerta, o aderécese siempre en el templo de la buena diosa. Dijeron a cierta señora que entraba yo repentinamente, y perturbada se puso al revés la cabellera. Acontezca a nuestros enemigos la causa de tan fea vergüenza, y recaiga tal corrimiento en las nueras de los partos. Una res descornada parece deforme: deforme el campo sin verdura, y el árbol sin frondosidad, y la cabeza sin cabello. No vinisteis vosotras, Sémele y Leda, a ser por mí enseñadas; ni tú, Europa, que vadeaste el mar en el lomo del fingido toro: ni tú, Elena, a quien con razón reclamaba Menelao, y a quien con razón retenía el robador troyano. Venga a ser enseñada la turba de mujeres hermosas y feas, aunque las feas son en más número que las hermosas. Tampoco el auxilio de mi arte y preceptos cumple tanto a las hermosas, pues la hermosura sin arte es poderosa para suplir la dote. Cuando el mar es bonancible, el piloto descansa en seguridad, cuando está embravecido, recurre a su ciencia.

Es raro el semblante en que no se advierten tachas. Encubrid las tachas y los defectos del cuerpo, según podáis. Si sois de breve estatura, sentaos, para que no parezcáis sentadas estando en pie: y para que echadas no parezcáis poquita cosa, ocultad los pies con la ropa: y así no podrán tomaros medida. Las demasiadamente flacas usen vestimentas de telas gruesas, y caiga ancho el vestido desde los hombros. Las pálidas retoquen su cara con colorete; las más morenas acudan por remedio al estiércol de cocodrilo. Los mal formados pies disimúlense siempre con calzado blanco, y las piernas enjutas no se ciñan con ligaduras: la giba se disimula con almohadillas, y el pecho hundido con la corbata.

Gesticulad poco cuando habléis las que tenéis gordos los dedos y las uñas desiguales. Las que exhalan mal olor en el aliento, nunca hablen en ayunas, y siempre distantes de la cara de los hombres. Si tenéis los dientes negros o grandes, o mal colocados, riendo a carcajadas grandísimos perjuicios cogeréis.

¿Quién lo creería? También aprenden a reírse las mujeres. Hasta en esta gracia buscan su embellecimiento. Abrid pues módicamente la boca, haced pequeños hoyos en las dos mejillas, y el labio inferior cubra los dientes de arriba. No oprimáis los ijares con destempladas risas, y suene en ellas un suave y femenil no sé qué. Las hay que tuercen la boca con un descompasado reír: otras riendo alegres parece que lloran. Algunas hacen un bronco sonido y un estridor desapacible, como rebuzna la lerda pollina atada a la escabrosa tahona.