Aun ahora lo ignoraríais, pero Citerea me ordenó enseñároslo. Apareciéndoseme puesta en pie: ¿En qué pecaron, me dijo, las infelices mujeres? Has entregado la grey inerme a los varones armados. Dos libros tuyos adiestraron a estos; instruye pues la otra parte con tu doctrina. Estesícoro, que antes con versos contumeliosos difamara a Elena, cantó después sus alabanzas con más próspera lira. Si mal no te conozco, no desairarás a todas las mujeres. Este beneficio imploran de tu agudeza. Dijo: y del mirto que ceñía sus cabellos me dio una hoja y algunas bayas.
Sentí en mi cuerpo un fuego divino, el aire resplandeció más puro, y en mi mente cesaron las dificultades.
Mientras alumbra mi ingenio, escuchad mis preceptos, jóvenes, vosotras a quienes no coartan las leyes, el pudor ni las prerrogativas. Acordaos desde ahora de la venidera senectud, y así ningún momento pasaréis en balde. Mientras es dado, ya que ahora devoráis los juveniles años, holgaos; pues los años corren como el agua deleznable. Ni las corrientes que pasan retroceden; ni las horas que pasan pueden volver. Gozad de la edad, pues se desliza la edad con veloces pies: ni es tan buena la que sigue como fue buena la primera. Yo vi en su verdor a estos arbolillos, que ya se secan: tejí coronas con rosas de estos rosales, ya solo erizados de espinas. Tiempo será en que vosotras, que ahora despreciáis los amantes, dormiréis viejas frías en solitaria noche. No golpearán a vuestra puerta con nocturna bulla, ni por la mañana hallaréis colgados en los umbrales ramilletes de rosas. ¡Cuán presto, ay de mí, se afea la cara con arrugas, y perece la tez en las tersas mejillas! Esas canas que juráis tener desde la infancia, blanquearán bien presto toda vuestra cabeza. Con la tenue piel desnudan su vejez las serpientes, y descargando sus cuernos no se hacen viejos los ciervos. Nuestros días huyen sin remedio: coged las flores, que a no ser cogidas, tristemente se caerán. Añadid que los partos abrevian el espacio de la juventud: envejece el campo con las continuas cosechas.
No fue ruboroso para ti, Luna, adormecer a Endimión; ni la rosada aurora se corrió de amar a Céfalo. Aunque Venus se apasionase de Adonis, al que llora todavía, ¿de quién proceden su Eneas y Hermione? Bellezas mortales, pisad las huellas de las diosas; no neguéis placeres a los apasionados hombres. Puesto que os engañen, ¿qué perdéis? Todo os queda. Aunque tomen mil favores, de allí nada se menoscaba. Consúmese el hierro, y los pedernales se desgastan con el uso: pero subsiste, y no hay miedo de que se aniquile aquella parte. ¿Quién se opondría a dejar tomar luz de otra luz, o quién economizaría las vastas aguas del abismoso mar? Decís no convenir que la mujer tenga tratos con hombres; mas respondedme ¿qué es sino echar agua de abundante fuente? No os prostituye mi voz, pero os prohíbe temer vanos daños, en que no os inducen vuestros favores.
Navegaré con recio viento, pues mientras estoy en el puerto, blando céfiro sopla. Empiezo por la compostura: abunda el vino en las viñas bien cultivadas, y solo el cultivo produce fecundas mieses. La hermosura es don del cielo; pero ¿quiénes y cuántas descuellan en hermosura? La mayor parte de vosotras carece de esta joya. La tez se hermosea con el cuidado: la tez descuidada se deteriora, aunque sea semejante a la de Idalia. Si las mujeres antiguas no se aderezaron así, ni los antiguos tuvieron hombres así adornados. Si Andrómaca vestía ropas burdas, ¿de qué nos maravillamos? Era mujer de un soldado feroz. ¿Acaso la mujer de Áyax se engalanaría para parecer bien a aquel, cuyo escudo era reforzado con siete cueros de buey?
Antiguamente reinaba entre nosotros una grosera simplicidad; mas ya la dorada Roma posee las exorbitantes riquezas del orbe conquistado. Mirad lo que fue, y lo que es ahora el Capitolio; diríais que parece consagrado a otro Júpiter. La curia, que ahora es digna del augusto congreso, se atechaba con paja, reinando Tacio. El refulgente Palatino, asiento ahora de Apolo y de los Césares, ¿qué era sino pastos para los bueyes de labranza? Alaben otros la antigüedad: yo finalmente me congratulo de haber nacido ahora, pues esta edad es conforme a mi genio: no porque ahora se saca de las entrañas de la tierra el codiciado oro, ni porque vienen las perlas cogidas en diversas costas: no porque se allanan los montes extrayendo mármol, ni porque se enfrena con diques el salobre mar; sino porque reina la cultura, ni permaneciendo en nuestro siglo, la rudeza de nuestros antepasados.
No carguéis las orejas con las costosas pedrerías que el macilento indio envía de sus remotas costas: no os presentéis orgullosas con vestiduras recamadas de oro, con cuyo brillo pensáis atraernos, y más bien nos ahuyentáis. El aseo nos cautiva: no traigáis en desorden el cabello, porque la buena figura la dan y la quitan las manos que lo componen. No es uno solo el género de tocado: escoged el que os convenga, consultando antes el espejo. A las de cara larga les prueba la crencha partida sin ornato: así se peinaba Laodamía. Las de cara redonda quieren el pelo atado en un rizo pequeño encima de la frente, enseñando las orejas. Algunas dejan flotar sus cabellos por los hombros, al modo del dios de las artes, cuando tañe la lira. Otras los añudan detrás de la cerviz, dejándolos tendidos, imitando a la ágil Diana, cuando a su costumbre persigue las espantadas fieras. Cuadra a muchas llevar el pelo inflado flojamente: y a otras les agracia apretadamente atado. A algunas les sienta bien el peinado en figura de tortuga; y a otras llevar un rizado undulante a semejanza de las olas. Pero así como son innumerables las bellotas de las copudas encinas, las abejas del Hibla y las fieras de los Alpes, así no podré yo reducir a número los diferentes peinados, porque cada día aumentan las modas.
Agracia a muchas el cabello descompuesto: al verlas pensaremos que se peinaron ayer, y acaban de tocarse. Parezca el arte efecto del acaso: así, en Ecalia conquistada, se mostró Íole a Hércules, quien dijo al verla: ¡Oh amada mujer! Así pareciste, Ariadna, a los ojos de Baco, cuando te llevó en su carro en medio de los gritantes sátiros.
¡O cuán indulgente es para vosotras la naturaleza! ¡Cuántos medios os deja para disimular los daños que padece vuestra hermosura! El hombre no puede encubrirlos: sus cabellos arrebatados por los años caen como las hojas sacudidas por el aquilón. La mujer tiñe los suyos con hierbas de Germania, que les dan un más bello color; o no repara en adornar su cabeza con otros, comprados públicamente: la vemos ajustarlos en presencia de Hércules y del coro de las musas[28].
[28] Eran plazas con estos nombres.