Creedme, no se ha de apresurar el placer de Venus, sino saborearlo pausadamente con moroso vagar. Cuando halléis partes en cuyo contacto goza la mujer, no obste el pudor para que las toquéis. Brillarán sus ojos con trémulo resplandor, como regularmente reluce el sol en las cristalinas aguas. Vendrán las quejas, vendrá el dulce murmullo, y los gratos suspiros, y las expresiones convenientes a la amorosa lucha. Pero no apuréis en esto su ardorosa fuerza, ni la dejéis antecederos en la carrera. Corred juntos al término: entonces es lleno el deleite cuando yacen rendidos a la par los dos agentes. Observad este precepto cuando estéis en libre ocio, y el temor no apremie la furtiva diversión. Mas cuando urge el tiempo, es fuerza bogar con todos los remos, y apretar las espuelas al caballo desbocado.
Finalizó mi obra. Dame la palma, alegre juventud, y enlaza en mis perfumados cabellos guirnaldas de mirto. Tan buen amador soy yo, como Podalirio fue perito en el arte médica, como valiente Aquiles, prudente Néstor, como Calcas fue hábil presagiador de las víctimas, como guerrero Áyax, como Automedonte director de la cuadriga. Celebrad, hombres, a vuestro poeta; cantad mis alabanzas, y suene mi nombre por todo el orbe. Os he dado armas, como Vulcano dio a Aquiles: venced como él venció con los preceptos dados. Pero cualquiera que con mi espada domeñare a las soberbias amazonas, escriba en sus trofeos, Ovidio fue mi maestro.
He aquí a las graciosas muchachas que me piden también reglas de amar. Vosotros seréis el objeto de mis cuidados en siguiente libro.
LIBRO TERCERO.
Armas di a los griegos contra las amazonas; armas me sobran para darte a ti, Pentesilea[27], y a tus tropas. Id al combate iguales: venzan los que protegiere alma Dione y el muchacho alado. No era justo guerrear sin armas con armados; y hubiera sido para vosotros, varones, sin gloria el triunfo.
[27] Pentesilea, reina de las amazonas.
Dirame alguno, ¿para qué añades ponzoña a la serpiente, y entregas el aprisco a la hambrienta loba? No confundáis a todas en la malicia de algunas, y mirad a cada una por sus buenas cualidades. Si el menor atrida tuvo por que culpar a Elena, y el mayor atrida a su hermana Clitemnestra: si, por traición de Erifile, descendió en caballos vivos Anfiarao vivo al Averno; Penélope ha sido fiel al marido dos lustros que hizo la guerra, y otros tantos que peregrinó países. Ved a Laodamía acompañar a su marido, y fallecer tempranamente. Alceste redimió el hado de Admeto, sufriendo por su esposo la funeral ventura. Recíbeme, Capaneo, mezclaremos nuestras cenizas, dijo Evadne, y se arrojó en la hoguera. La virtud misma toma el vestido y nombre de mujer, y no es de extrañar que favorezca a su sexo. Mas no necesitan de mi arte las virtuosas: solo las menos buenas se embarcan en mi esquife. Allí nada se aprende sino lascivos amores: enseñaré pues a las mujeres el arte de amar.
La mujer ni enciende la llama, ni dispara los crueles arcos. Raramente veo dañar sus tiros a los hombres. Los hombres regularmente engañan; no las tiernas mujeres regularmente: y si se averigua, las amancillan pocos crímenes de perfidia. El falaz Jasón repudió a Medea, hecha ya madre; y en otras nupcias estrechó en su seno a Creúsa. ¡Cuánto no amedrentaron las aves marinas a Ariadna, abandonada por ti, Teseo, en la inhóspita ribera! Inquirid por qué Filis hizo nueve veces un viaje; y oíd que lloraron a Filis las selvas despojadas de sus galas. Renombre tiene de piadoso, tu huésped Eneas, pero te dio la causa y la espada, Dido, para tu muerte. ¿Diré, mujeres, lo que os pierde? El no saber amar. Os falta el arte, y con el arte se encadena el amor.