Esto os vedo: veda la sorprendida Dione usar de las asechanzas en que ella misma cayó. No arméis lazos a vuestro rival, ni interceptéis sus cartas para saber sus secretos. Intercéptenlas, si juzgaren que deben interceptarse, los varones que legitima maridos[25] el agua y el fuego. Otra vez lo afirmo: nada hay en mis versos de contrario a la leyes, y la decencia ha de ser respetada en nuestros juegos. ¿Qué atrevido divulgó a profanos los misterios de Ceres, y los venerables sacrificios hallados en Samotracia? Pequeña virtud es la de guardar silencio en las cosas, y al contrario es grave la culpa de revelar lo digno de callarse. ¡Oh cuán justamente es castigado el locuaz Tántalo entre aguas y frutas, esforzándose en vano a gustarlas!
[25] El agua y el fuego eran materia del rito matrimonial por sus significaciones emblemáticas.
Citerea manda principalmente callar sus obras: yo aconsejo que ningún hablador asista a ellas. Si no se ocultan en cestas[26] los misterios de Venus, ni sonando el desconcierto ruidoso de broncíneas trompas; si, para celebrarlos, se abren a todos sus templos, sean a lo menos entre nosotros escondidos. La misma Venus, cuantas veces se despoja de sus vestiduras, resguarda retirada hacia atrás su desnudez con la izquierda mano. A cada paso se parean los animales delante de todos, y las mujeres apartan regularmente los ojos. A los amorosos latrocinios convienen aposentos y puerta; quedando la pudorosa parte velada con las ropas caídas. Y si no buscamos tinieblas, busquemos alguna opacidad como de nube, o menos claridad que la luz patente. En el tiempo en que los techos no guarecían a los hombres del sol y de la lluvia, sino que las encinas les suministraban albergue y alimento, tomaban el deleite no a cielo descubierto, sino en los bosques y grutas. ¡Tanto curaba del pudor aquella tosca gente!
[26] En cestas se ocultaban los misterios de Ceres y Baco, y con estrépito de trompetas y otros instrumentos musicales.
Mas hoy se divulgan todos los nocturnos amoríos, y nada se aprecia tanto como el pasatiempo de hablarlos. De cualquiera mujer que encontréis, aquella fue mía también, diréis: no faltarán otras que podáis señalar con el dedo, diciendo sobre cada una cuentos vergonzosos. Pero de poco me quejo: algunos mienten lo que siendo verdad negarían, y ninguno hay que no se jacte de haber logrado los últimos favores. Ya que no pueden manosear los cuerpos, manosean los nombres, y sin haberlas tocado, denigran a las mujeres. Anda ahora, enfadoso portero, y ciérralas con cien fuertes llaves. ¿Qué hay seguro contra el maldiciente, que con su lengua fabrica adulterios, pretendiendo crédito en lo que no sucedió? Nosotros empero seamos discretos en nuestros amores verdaderos, y ocultemos con inviolable secreto los misteriosos robos. Sobre todo no echéis en cara a las mujeres defectos que a muchas es útil disimular. Perseo no habló a Andrómeda de su moreno cutis, Perseo que en ambos pies calzaba nobles alas. Andrómaca parecía a todos desmesuradamente larga, y solo Héctor decía que era mediana. Acostumbraos a lo que sufrís mal, y se os hará sufrible. El amor naciente repara en todo, pero el tiempo dulcifica las cosas. Una rama tierna que brota del verde tronco cae al menor viento que la sacuda; más robustecida con el tiempo resiste el soplo de aquilón, y enriquece al árbol con flores y frutas. El tiempo mismo atenúa las faltas corporales, y lo que fue tacha no parece tal con la continuada vista. Las narices al principio repugnan el olor de los bueyes; habituadas con el tiempo lo aguantan sin molestia.
Paliad sus faltas con el modo de expresarlas. Llamad fusca a la que es más negra que pez de Iliria. Si es bizca, comparadla a Venus: si es roja, a Minerva. Sean de talle delgado las que por su magrez carecen de frescura. Llamad ágil a la pequeña, y a la obesa alabadla de buenas carnes. En fin desfigúrense las imperfecciones con nombre de cualidades buenas que se les acercan. Ni preguntéis cuántos años cumplen, ni bajo qué consulado nacieron; oficio propio del rígido censor.
Tened especialmente estas consideraciones con las que no están en la flor de su edad, con las que pasaron sus mejores años, en cuya cabellera empiezan a blanquear las canas. Útil es, oh jóvenes, esta más provecta edad. Este campo se ha de sembrar; este fructificará mieses. Endurad fatigas mientras os asisten juventud y vigor; porque ya vendrá con silenciosos pasos la encorvada vejez. Surcad el mar con los remos, o la tierra con la esteva; o aumentad belígeras manos a las matadoras armas; o dad vuestras fuerzas al obsequio y acompañamiento de las mujeres; porque esto es también una milicia; esto os enriquecerá también.
Añádese que las provectas son más peritas en las labores de amor: tienen experiencia, la sola que hace maestros. Reparan con sus atavíos el detrimento de la juventud, y ponen su esmero en borrar las huellas de los años. Se presentan a Venus en mil actitudes, y en más que el pincel no inventaría. Con ellas se gusta deleites más suaves, y el varón y la hembra llevan por igual el premio. Aborrezco el trato en que el interés no es recíproco; aquel en que uno solo disfruta el placer. Aborrezco a la que se presta solo porque es necesario prestarse, e insensible piensa entonces a su rueca. No me es de satisfacción lo que se da por oficio, y sin inclinación de la contribuyente. Me place oír en sus voces indicios de su contento, cuando ruega me pare en el juego sin dejarlo; y enajenada y con caídos ojos desfallece, y queda en la desgana de la saciedad.
No concede naturaleza estos placeres al primer fervor de la juventud, ni vienen cuando más pronto hasta después de los siete lustros. Los que se dan prisa, beban vino mosto; a mí me sabe bien el vino de mis abuelos en vasija reservada desde los prístinos cónsules. Ni el plátano, si no es viejo, puede impedir los rayos del sol, y los pies se hieren en las praderías cuando empiezan a retoñar. ¿Preferiríais acaso Hermione a Elena? ¿Y será mejor Gorge que su madre Altea? En resolución los que queráis gozar de la Venus tardía, sacaréis dignas recompensas, siendo perseverantes.
He aquí el lecho que recibe confidente a dos amantes. Defiende, musa, las cerradas puertas del tálamo: sin ti hablaran espontáneamente afectuosísimas cosas. Ni la siniestra mano estará inerte, pues los dedos hallarán industria en aquellas partes en que calladamente clavó sus flechas el amor. Holgose así con Andrómaca el corajoso Héctor, tan útil en las troyanas guerras. Holgose así con la cautiva Briseida el grande Aquiles, cuando cansado de la pelea tornaba al reposo del mullido lecho. Permitías, Briseida, ser tocada de aquellas manos siempre repletas de muertes frigias. ¿O era lo que te deleitaba, lasciva, el que llegasen a tus carnes las vencedoras manos?